Propiedad privada, mercado y dogma

El día de Reyes, el no siempre políticamente correcto, pero agudísimo comentarista -y blogero- del The Guardian  George Monbiot, publicó un artículo titulado Why Libertarians Must Deny Climate Change. En él comenta un pequeño escrito de  Matt Bruenig. Según las explicaciones del mismo Montbiot, Bruening argumenta que a los libertarios (que yo traduciría por ultra-neo-liberales) no les queda otra opción que la de negar la existencia misma de un cambio climático, ocasionado por un modelo energético carbopetrogasístico.

Lo interesante de su argumentación es que pone el foco en la estructura de propiedad de la industria energética, no en sus fuentes. Según ambos polemistas, para los libertarios negar la contaminación ocasionada por la industria energética es una cuestión de principios, pues su concepción de la propiedad privada es tal, que consideran que nada ni nadie puede interferir ni en ella ni en lo que se hace dentro de sus límites. De este modo, si un/a libertario/a es, pongamos por ejemplo, propietario de una mina de carbón, de un yacimiento de petróleo, de una refinería o de una fábrica de coches, intelectualmente no puede concebir que su actividad sea contaminante, pues si lo hiciera, admitiría que aquello que se realiza en su propiedad tiene efectos -además, en este caso perniciosos- sobre la propiedad de otro u otra; hecho que es una “contradicción en términos” del significado libertario de “propiedad privada”.

Cuando se hace referencia a cambio climático, el conflicto conceptual-intelectual de los libertarios sobre la propiedad privada se resuelve de dos maneras: a través del mercado y a través del dogma.

La solución del mercado, es la de los economistas, que hemos creado propietarios de CO2. Hemos llamado externalidad negativa al efecto contaminante para poderlo “regular” a través de la oferta y la demanda;  hemos medido la contaminación en unidades de CO2, les hemos asignado un propietario; les hemos puesto un precio y hemos creado un mercado, para que el propietario del CO2 pueda decidir entre vender o comprar la contaminación. Así, la contaminación mercantilizada está bien, pues funciona de forma acorde a las leyes del mercado y respeta la “propiedad del CO2”.

La solución dogmática, simplemente, niega los efectos ambientales de la industria energética, por principio. Es un dogma, que se basa en un falso axióma: el de que la actuación del individuo necesariamente conduce al Bien. Ante el dogma, no hay razones que valgan para refutar o matizar tal creencia. No hay discurso posible para hacerles cambiar de opinión. Así, la negación del cambio climático carbopetrogasístico es infalible. De hecho, no sorprende que una de las principales corrientes de este dogma sean los miembros del Tea Party que, con la misma guisa, niegan a la vez, las teorías evolucionistas y las del cambio climático.

En términos lógicos no debería haber coincidencia entre los neo-liberales que propugnan que el mercado es la solución a los efectos contaminantes del modelo energético carbopetrogasístico y los libertarios que directamente lo niegan. Sin embargo, existe el riesgo de una alianza mútuamente beneficiosa entre ellos, pues gracias a que los dogmáticos niegan una posible relación entre energía fósil y cambio climático, dejan de adoptarse medidas que limiten la expansión de la industria carbopetrogasística y, consecuentemente, aumenta la cantidad de CO2 negociable en el mercado. En el contexto actual, ello, puede acabar convirtiendo el “regulado mercado del CO2” en un paraíso más para los ladrones de CO2 y especuladores privados de todo aquello que vamos mercantilizando.

Así, por conveniencia, la defensa montaraz de la propiedad privada, podría conducir a una alianza entre mercado, dogma y los poderosos de la tierra. Aunque esta no fuere la intención, en el caso del cambio climático, crear un mercado como forma de regular la contaminación, favorece los discursos no racionales y la codicia. Hay que tener mucho cuidado con ello, pues la defensa a ultranza del mercado y del beneficio privado, nos puede llevar, más de dos siglos después, a los tiempos en los que la Razón humana poco tenía que decir a la Fe divina, o a los tiempos en los que la Ciencia poco tendrá que decir a los think-tanks que nos gobiernan.

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5 pensamientos en “Propiedad privada, mercado y dogma

  1. Podría ser una nueva entrada o una addenda a lo ya dicho, así que he optado por introducirlo como comentario.
    En una línea muy similar a lo planteado en esta entrada, hoy, el periódico El Público, en su línea de pensamiento crítico, en su apartado ciencias habla sobre los negacionistas del cambio climático en Estados Unidos. Aconsejo su lectura. El enlace es: http://www.publico.es/ciencias/417400/la-batalla-del-cambio-climatico-llega-a-las-aulas

  2. Me parece muy interesante tanto lo de George Monbiot, como tu entrada del blog. Es el porqué que estaba buscando, cuando veo que tod@s l@s reaccionari@s niegan el cambio climático. Pensaba hacer algún comentario inteligente pero, la muy aguda ‘NOTA AL MARGEN’ de Paco me intimida un poco 😉

  3. NOTA AL MARGEN. Además de su peligroso delirio sobre el cambio climático, estos extremistas se han apoderado de la palabra “libertario” contra la FAI o Kropotkin, contra Bakunin y contra la lógica histórica, contra las mujeres libres y contra Noam Chomsky. Dan la razón a Proudhon porque roban también el término con el que pretenden definirse. Estos ultraneoliberales y codiciosos, como dices, nada saben de “nuestros” libertarios del pasado. Y no hace falta compartir toda aquella ideología para contradecirlos hasta en esa denominación primigenia con la que tratan de definirse. Decía el difunto Jacek Kuron que en Polonia el Estado “socialista” les había arrebatado todo, hasta el lenguaje de la liberación, porque el régimen lo había convertido en jerga de los opresores. Así que contra estos ultras vinculados a la religión de los mercados (malditos) vamos a parafrasear -en un sentido muy diferente- las pintadas de la Praga invadida por los tanques soviéticos. En las paredes de sus palacios “libertarios” vamos a escribir: “Durruti, despierta, que nos están volviendo locos”.

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