El final B de ¡Qué bello es vivir!

Cualquier persona del “Oeste” nacida después de 1946 habrá pasado algún momento de las fiestas navideñas viendo este clásico del cine que es ¡qué bello es vivir!. Es la imagen buena e ingénua, wilsoniana, de los Estados Unidos de América. Esta película es una metáfora de lo que las actuaciones de los pequeños pueden lograr frente a los poderosos. James Stewart y la pequeñísima cooperativa de crédito de su familia, gracias a su fraternidad y ausencia de codicia, sobreviven a la crisis de 1929 y evitan que su localidad se convierta en Potersville: ciudad sin personalidad y de perdición del Sr Poter, banquero codicioso y sin escrúpulos, que ha ido acumulando propiedades y capital, no por su propio trabajo, sino por las desventuras de sus congéneres.

Estoy segura que si se le pregunta a cualquiera opinará que el Sr. Poter es malo, malo, y George Bailey, bueno, bueno. Pero en el mundo de la industria energética las cosas parecen funcionar al revés. De hecho, en el mundo energético vamos hacia el el final B de ¡qué bello es vivir!: el Sr Poter se ha quedado con todos; por su maldad, sí, pero también porque en ese mundo han desaparecido los aspirantes a ángel, como el simpático Clarence de la película -que, atentos al dato, lee a Mark Twain-, mientras en la realidad, a los señores Poter energéticos les ayudan unos aprendices de brujo, tan zafios, pero mucho más malos que los de la obra de George Dukas.

Hoy, ¿qué multiplican estos aprendices de brujos? Multiplican simultáneamente dos tipos de propuestas: las de “tecnología puente” (libres de CO2, pero con fuentes convencionales), como el crear carbón limpio, seguir invirtiendo en la fusión nuclear o el shale gas, con las propuestas “verdes” de futuro, aptas para señores Poter: Desertec o el Roadmap2050 -del los que ya dimos noticia-, Seatec -cuya idea es similar a la de Desertec, pero con grandes plataformas eólicas en el Mar del Norte y Báltico, en vez de placas termosolares en el Sahara- y el Transgreen.

Basta una rápida mirada por las “tecnologías puente” para descubrir que, en plena crisis económica, el shale gas, además de otras cuestiones es una nueva excusa para crear una nueva burbuja en un sector en el que las inversiones no van a ser rentables;  los proyectos nucleares, se llevan miles de millones de los consumidores y contribuyentes, aunque abiertamente ya se diga que no hay dinero suficiente pare ello -ya cité lo que nos decía el tribunal de cuentas de Francia, a lo que ahora añado el informe de Citigroup sobre las nucleares en el Reino Unido-; y desde Estados Unidos hasta el Reino Unido se apoyan los proyectos para separar y esconder el CO2 proveniente del carbón -lo que se conoce como CCS. Es más, no se cuestiona que el “mundo nuclear” venga avalado por organismos internacionales como la europea Euroatom o la AIEA  o el recientemente creado “mundo del carbón limpio” vea prosperar las iniciativas gubernamentales europeas, de los países de la OCDE, o de Estados Unidos.

Todo ello induce a pensar que la actual transición energética es la recuperación de lo que las eléctricas, por culpa de algunos agudos, pero “blandos”, moralistas como Frank Capra o, antes, el Presidente Wilson, perdieron. Siempre, en una línea de continuidad. Venimos, como nos dice Hermann Scheer, de un mundo de abastecimiento energético organizado por un consorcio de gran tamaño con multiples dependencias, y ahora nos desplazamos por un mundo de “tecnología puente”, también, de abastecimiento centralizado como es el nuclear y lo será -si existe- el del CCS,  para irnos hacia el mundo de las super-redes centralizadas verdes y faraónicas, que, dicho sea de paso, también  están siendo consideradas de forma positiva por grandes ONGs ambientales como Greenpeace.  Es decir -¡y da risa, sino fuera de llorar!- como podemos leer en ese utilísimo libro que es El imperativo energético, con las energias renovables (…) se les presenta (a los monopolios eléctricos) la ocasión de volver a adoptar un papel de productores del que fueron desplazados en el transcurso de las últimas décadas.

Lo más plausible es que, como el caso de la eterna quimera nuclear, nunca veamos realizados tales proyectos, tal vez, técnicamente posibles, pero, por lo demás imposibles. Sin embargo, mientras destinamos recursos -económicos, humanos, políticos…- a ellos y los iniciamos, habremos perdido unas preciosas décadas para construir un mundo mejor. Habremos eliminado cualquier posibilidad de supervivencia para los pequeños Bailey energéticos. Reduciendo posibilidades y actores, vamos concentrando poder, reducimos la diversidad de las fuentes y nos encadenamos a unos prometeos energéticos, que. finalmente, después de perder comba en el orden del mundo que se inició el mismo año que la estrena de ¡Qué bello es vivir!, saltan con fuerza en el que, con Yalta definitivamente muerta, se está imponiendo.

De ahí, la importancia del Imperativo energético que nos propone Hermann Scheer. Imperativo que es categórico, pues, moralmente, no tenemos otra opción que la de apostar por la descentralización energética. De ahí que, como ya hizo el desaparecido Scheer desde su condición de parlamentario del SPD en Alemania, nuestra obligación sea la de definir inmediatamente una ética -una política- energetica.

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