1093 km. y 66 años

Hoy, 11 de marzo de 2012 se cumple un año de la tragedia nuclear de Fukushima. Lo he pensado muchas otras veces, pero ante la profusión de artículos conmemorativos en la prensa del día, y el goteo de opiniones sobre la no sostenibilidad de las nucleares, la última la del The Economist, me pregunto cómo puede ser que en el mismo país, con tan sólo 66 años de diferencia y a escasos 1000 km. de distancia se hayan producido dos de las mayores barbaries -nucleares- de la humanidad.

¿Cómo puede ser que el país que sufrió las consecuencias de una de las mayores aberraciones de lo más sofisticado y extraordinario de la civilización occidental -la Física-; después, apostara por la seguridad -energética- que le proporcionaba la energía nuclear? La única explicación lógicamente plausible es que su debilidad de vencidos les hiciera creer en la superioridad de la ciencia y la técnica occidental y en su capacidad de dominar el mundo físico.

Mirado desde otro punto de vista, hoy, sólo se me ocurren cinco razones, para que después del horror de Hiroshima y Nagasaki el proyecto nuclear siguiera adelante:

1) la soberbia del ser humano que se cree que, cual demiurgo, dominará y moldeará a su antojo el universo físico (lograremos la energía nuclear segura y domeñaremos los residuos radioactivos )

2) la soberbia de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial que pensaron que siempre controlarían el destino del mundo (decidiremos quién tiene energía nuclear y quién no y no habrá problema con los residuos pues siempre estarán bajo nuestra supervisión)

3) la voluntad de poder de los “ganadores” que pensaron que por tener una tecnología y un arma nuclear dominarían para siempre el destino del mundo (la estrategia de disuasión nuclear)

4) la perversión del sistema que necesita de la destrucción para seguir “progresando”. Una vez más, la enseñanza de la metáfora del “ángel de la Historia” de Walter Benjamín, el ángel que no puede deshacer el caos ocasionado por la destrucción porque en el Paraíso sopla una tormenta tan poderosa que le enreda las alas y le obliga a seguir avanzando, en vez detenerse. Como es bien sabido, esa tormenta, es el progreso.

5) la codicia del conglomerado nuclear que presiona para que se siga manteniendo la fuente de sus jugosos beneficios.

En resumen, cinco cuestiones sobre las que, hoy, en el primer aniversario de la tragedia nuclear de Fukushima, deberíamos reflexionar. Cinco cuestiones que, una vez más, nos llevan a pedir la remoralización de la política energética.

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