Creación y destrucción del Oriente Medio petrolero occidental (1)

Desde hace unos par años que me ronda una idea por la cabeza. Me dedico a ella en mis ratos libres, pero como conseguir encontrar la información, leer y metabolizar es un proceso largo y laborioso, no sé si alguna vez seré capaz de desarrollar este pensamiento hasta el final. Por ahora, empiezo con el número uno de la serie.

Repasando entradas antiguas del blog, veo que en junio del 2014, ya hice un primer pinito sobre esta cuestión. Cuestión, que no es otra que la de la relación entre cómo se fijaron las fronteras de Iraq en 1925 y cómo se otorgaron las concesiones petrolíferas a la Turkish Petroleum Company (TPC) , antecesora de la Iraq Petroleum Company (IPC), y núcleo fractal del posterior reparto que las Siete hermanas y la Compañía Francesa de Petróleos (CFP) realizaron en Oriente Medio.

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Deseo, en entradas sucesivas de esta serie que hoy inicio, ir desgranando algunos de los pormenores de la compleja historia de la creación de la TPC y de cómo Oriente Medio se convirtió en región petrolera. Ahora, sin embargo, para empezar me gustaría explicar por qué este tema me interesa.

Cuando en 2003, la coalición liderada por Estados Unidos invadió Iraq, derrocó a su Presidente, Saddam Hussein, e impulsó una nueva constitución en 2005, internamente, abrió la puerta a la desintegración de una frágil, pero estable, arquitectura institucional. Y, externamente, marcó un punto de inflexión -para mi definitivo- en la industria petrolera internacional, que ha supuesto el fin del orden energético internacional del Siglo XX. Muestras de ello las tenemos en el mismo Iraq, donde nunca hasta esa fecha habían entrado inversores o se realizaban contratos con empresas fuera del ámbito de las grandes empresas petroleras internacionales privadas y occidentales, mientras que  desde el segundo lustro del Siglo XXI, más del 60% del petróleo se exporta hacia Asia, un 20% de los yacimientos están bajo control de empresas petroleras Chinas y otro tanto bajo el control de empresas no occidentales, al tiempo que se ha producido un florecer de la producción de petróleo y de gas de la mano de empresas petroleras medias de diversas nacionalidades, en un norte de Iraq, prácticamente seccionado, kurdo y que incluye la Región de Mosul, de la que hoy hablaremos en esta entrada. (Por cierto, que haciendo un paréntesis en este relato, recomiendo, a este respecto, el excelente y bien documentado artículo Under the Mountains: Kurdish Oil and Regional Politics de Robin Mills para el Oxford Institute of Energy Studies).

La creación del Iraq contemporáneo es el resultado de la desintegración del Imperio Otomano y de los tratados posteriores a la Primera Guerra Mundial. El trazado definitivo de sus fronteras fue un proceso largo y complejo que se inició en la Conferencia de Paz de París, cuando se estableció que a la espera de los tratados definitivos, Mesopotamia -como Siria y Palestina- quedaría bajo el mandato de las potencias Europeas. Estos mandatos se otorgaron en La Conferencia de San Remo (1920) y se estableció que Siria quedaría bajo protección francesa, mientras que Palestina y Mesopotamia, quedarían bajo el manto británico. Luego, en el Tratado de Sèvres, también del año 1920 se fijaron unas fronteras, que por lo que al norte de Iraq se refiere, incluían a la región de Mosul “con ciertas variaciones”.

La cuestión de Mosul ya era espinosa entonces, pues en el acuerdo de reparto del territorio del Imperio Otomano, el Acuerdo Sykes-Picot, que británicos y franceses realizaran en 1916, con la guerra todavía en marcha, previendo la extinción del Imperio, esta región quedó bajo área de influencia francesa. Pero, en el Tratado de Sèvres, que nunca se llegó a aplicar, esta región quedara “con ciertas variaciones” bajo mandato británico.

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Este problema territorial se complicó todavía más, cuando después de que en 1921, la Sociedad de Naciones dictaminara que un sólo monarca, el Rey Faisal, gobernaría todo el territorio de Mesopotamia, ya reconvertido a Iraq, los británicos, en 1922, firmaron un acuerdo con él según el cual ambos, el Rey Faisal y los británicos, se comprometían a no ceder ni un palmo de territorio iraquí, al que se le sumaba la región de Mosul, a pesar de que años después Lord Curzon, el negociador británico en Lausana, aceptara que el único punto minado es el trazado de la frontera norte de Iraq, cuyos límites no han sido todavía legalmente fijados por las Potencias aliadas.

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La Conferencia de Lausana celebrada en los años 1922 y 1923, infructuosamente, se centró en el trazado de las fronteras, no de Iraq, sino de Turquía, puesto que el nuevo gobierno de Kemal Atatürk -posteriormente padre fundador de la Turquía laica moderna, que hoy también se tambalea- no sólo no reconocía los acuerdos del Tratado de Sévres, sino que reclamaba la inclusión de la región de Mosul en la nueva Turquía. En toda esta negociación de dos años, al menos por lo que se deduce de la correspondencia de Lord Curzon durante la misma, el escollo -insalvable- fue Mosul.

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Al final, la cuestión de las fronteras se resolvió en el año 1925, con un laudo de la Sociedad de Naciones, que más que laudo, parece mercadeo, puesto que Turquía renunció a sus aspiraciones sobre la región de Mosul, a cambio de recibir durante 25 años el 10% de los royalties del petróleo que la Turkish Petroleum Company -que convenientemente se renombró entonces, Iraq Petróleum Company- extraería en esa región.

Así, la existencia territorial de Iraq, como la de la mayoría de países surgidos por la desintegración del Imperio Otomano, se debe a un diseño, que a veces pareciera improvisado, de los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Estas son las fronteras que, hoy, se desintegran.

La cuestión, sin embargo, va mucho más allá, pues como se puede intuir por la existencia del trueque de territorio por royalties del petróleo, queriéndolo o no, estas fronteras, especialmente las de Iraq, están intrísecamente enlazadas con el mapa de las concesiones petroleras que reclamaba para sí la TPC. Éstas, al final quedaron en el seno del flamante Iraq, dejando a Turquía sin una una gota de crudo.

Leyendo la documentación depositada en los archivos es muy difícil -al menos con lo que llevo visto y leído- afirmar que las fronteras de Iraq se fijaron exclusivamente para satisfacer los intereses de la TPC, pero sí que es cierto que estas fronteras no se fijaron definitivamente, hasta que un laudo de la Sociedad de Naciones incluyó a la región de Mosul en ellas . Como también es cierto que hay una coincidencia cronológica entre la fijación de estos límites territoriales y la adjudicación definitiva de las concesiones petrolíferas en las regiones de Bagdad y Mosul a la TPC.

Como veremos en la siguiente entrada de esta serie, dedicada a la historia de la TPC, esta concesión fue prometida, pero nunca otorgada, pocas semanas antes de que se declarara la guerra. Quedó en el aire, como lo quedaron las fronteras de Mosul, pero como se puede leer en la primera edición del Iraq Petroleum Company Handbook (1948), fue también en 1925 (mismo año del laudo), cuando después de unas largas negociaciones iniciadas en 1923 (mismas fechas que la Conferencia de Lausana), la promesa realizada por el Visir antes de la contienda bélica se convirtió en una concesión definitiva para la TPC.

Sin entrar ahora en el jugoso relato de estas concesiones, sólo con el relato de estos hechos queda patente  que en Iraq se establecieron a la vez, las fronteras, las concesiones petrolíferas y el germen de su principal instrumento de intervención pública: la IPC. Pues, aunque todavía tuvieran que pasar unos años para su completo funcionamiento, desde que en 1927, brotara petróleo de un pozo cercano a Kirkuk, las bases de la unidad política -un presupuesto centralizado que distribuyera por todo el territorio los ingresos obtenidos con el pago de royalties o venta del petróleo- quedaron establecidas.

Por todo ello, desde el mismo momento del nacimiento de Iraq, en él, unidad territorial, compañía petrolera nacional -privada o pública- y unidad política son los tres vértices de una misma cosa. De ahí, que en todos los casos, destruir uno de los vértices, lleva a hacer tambalear a los otros dos. Como de hecho, ocurrió.

Desde el punto de vista de la historia de la industria del petróleo internacional, el caso de Iraq, como se entenderá cuando se explique el papel jugado por la TPC, es muy relevante, pues en su territorio se gestó el núcleo de lo la industria petrolera internacional (anglo-americana-occidental) del Siglo XX. Y, por ello, el desmembramiento de Iraq, también ha de suponer su fin; al menos, en su forma actual. Esto va más allá de la despopepización de la que he hablado en otras entradas, es un cambio mucho más radical, que implicará -o ya está implicando- una transformación profunda del orden petrolero internacional.

 

En Davos, ni las crónicas son buenas

Hoy he leído una cosa que me ha dejado helada, y no por el frío que estos días hace en esta ciudad, sino por lo que en el artículo se dice y, sobre todo, por quién lo dice. Por un momento me he dicho a mi misma, “no hay nada que hacer, la batalla está perdida”. Pero no; no ha de ser.

El artículo en cuestión es una crónica de Daniel Yergin desde Davos. Se titula US vs. Europe: Energy battle heats up y en ella se sostiene que EE.UU. ha ganado la batalla de la competitividad a Europa, gracias a la “revolución energética”, que en el otro lado del Atlántico ha supuesto el shale gas. Yergin nos dice que Estados Unidos va bien por su abundancia en gas low cost, mientras que en Europa, por causa de las renovables, los costes son elevados y no se crean puestos de trabajo. Que esto lo diga un neocon de un think tank de quinta, vale, pero que lo diga un prominente miembro del IHS Cambridge Energy Research Associates, además de ganador de un Pulitzer y autor de una de las historias del petróleo, The Prize, más vendidas y citadas del mundo, tiene tela (Por cierto, que si no quieren leer unas 1000 páginas, se puede ver la versión cinematográfica en YouTube). Eso es lo que da miedo, que una de las personas que más sabe del monopolio, poder, marrullerías y perversidades de la industria petrolera internacional, acabe definiendo lo que ocurre con el shale gas -que sin yo tener su talla y fama, sigo pensando que es un bluf– como una “revolución energética”. Es más, no contento con ello, apunta otras lindezas como que la energiewende alemana puede llevar a Alemania a una “dramática desindustrialización”. Supongo que sólo pareja a la extraordinaria re-industrialización de los Estados Unidos (Sic!)

Lo dicho, no doy crédito. Durante dos años, en este mismo blog, he argumentado porqué ese debate de los costes es artero; cómo he dicho que no me vale que me digan que el shale gas, como Yergin dice, ha creado 2,1 millones de puestos de trabajo, si no me dicen también cuántos se hubieran creado con una alternativa y si no se comparan las categorías laborales y la calidad de las tareas en ambos casos. No hace falta recordar que no es lo mismo trabajar como extractor en una mina, yacimiento o pozo de un recurso fósil, que ser un técnico, un ingeniero o un instalador; como tampoco es igual el valor añadido que se genera en un caso u otro. Pero, supongo que para Yergin entrar en esos “pequeños matices sin importancia”, sería una pérdida de tiempo que sacaría fuerza a su discurso.

Estoy muy enfadada. Pero, si digo la verdad, creo que estoy más asustada que enfadada. Si alguien como Daniel Yergin dice estas cosas, sólo hay dos posibles explicaciones: o se cayó del caballo, pero dándose un golpe en la cabeza que lo dejó sin sentido; o fue abducido por aquellos que durante años observó. La verdad, da miedo. En mi caso, lo primero es imposible, pues no sé montar a caballo, así que es difícil que me suba a uno de ellos; pero lo segundo…nadie está libre de la tentación.

Puede que no caiga en ella, pero si lo hiciera poco sería el impacto. En cambio, el efecto legitimador, para “la industria” y para nuestros gobernantes, de las palabras de un Pulitzer como Yergin será funesto. En fin, un golpe bajo o malos tiempos para la lírica

Cien años de industria “libre”, petrolera y occidental

Ahora que se acerca 2014, año en el que se celebrará la efemérides del inicio de la “Gran Guerra”, he estado buscando información sobre cómo cambió energéticamente el mundo, entonces. Es curioso, para una persona de mi generación, el mundo del petróleo es el de después de la Segunda Guerra Mundial. En mi mente, este mundo era un universo occidental, cuyo espacio abarcaba, en horizontal desde el Ecuador hasta el paralelo 66, y en vertical desde el meridiano 165 a algún punto entre el 45 y el 60, dejando fuera, claro está, a los territorios europeos del Bloque soviético. En este mundo, exceptuando a Estados Unidos, el Sur, desde el Ecuador hasta el paralelo 30, aproximadamente, era el de los territorios productores; el resto el de los consumidores. Todo aquellos territorios fuera de este recuadro, no formaban parte de la escena energética internacional.

Ante ello, una se pregunta, ¿cuándo se creó este espacio energético, que considerábamos universal? Para mi, su germen se creó en la Primera Guerra Mundial. Antes de ella, la incipiente industria petrolera internacional, de una manera u otra, formaba parte de los tres imperios que desaparecieron en los años de la Gran Guerra. Desde la segunda mitad del Siglo XIX, la industria del petróleo, que hoy llamaríamos internacional, estaba en el Cáucaso Ruso, especialmente en Bakú, donde la familia Nobel y la rama francesa de la familia Rothschild, tenían prósperas compañías petroleras. Entonces, estos dos grupos empresariales eran la gran competencia de la Standard Oil de Rockefeller, todavía muy centrada en Estados Unidos.

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Con el tiempo, y  favorecidas por la apertura del Canal de Suez (1869), se desarrollarían dos empresas que comercializarían el petróleo de, y en, el lejano Este -la Royal Dutch y la Shell. Éstas acabarían convertidas en una única empresa anglo-holandesa. La actual British Petroleum no surgió hasta el inicio del Siglo XX, cuando, a resultas de la extravagante concesión que el Sha de Persia concediera en 1901 a William Knox d’Arcy, surgió su antecesora, la Anglo-Persian Oil Company.

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Años después, casi sobre las cenizas del Imperio Otomano, se creó la última compañía en discordia, la Compañía Turca de Petróleo (TPC,1912), predecesora de la Compañía Iraquí de Petróleo, bajo la dirección del carismático Calouste Gulbenkian (Mr. 5%), y participada por los otomanos y empresas alemanas y británicas.

Estos eran los jugadores de la industria del petróleo antes de la Primera Guerra Mundial. Estos conformaban una industria floreciente, pero incipiente, que se desarrolló a la luz del keroseno y que, gracias a la revolución en el transporte que supuso el motor de combustión interna, salió como una de las grandes vencedoras de la contienda bélica. Pero, aunque la industria ganó, no lo hicieron por igual todos sus jugadores. De hecho, en pocos años, los tratados de después de la Primera Guerra Mundial, cambiaron el panorama y sentaron las bases de lo sería la industria petrolera internacional del Siglo XX.

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La revolución soviética, y la Conferencia de Génova (abril-mayo 1922), “acabaron” con el petróleo de Bakú, pues éste salió del mercado internacional, mientras los soviéticos privilegiaban los yacimientos de Siberia Occidental; el Tratado de Versalles (1919) y los Conferencia de San Remo (1920) repartieron los activos petroleros entre los ganadores de la contienda bélica, expulsando a alemanes y turcos del juego, para dar entrada a la Compañía Francesa de Petróleo (actual TOTAL); el Tratado de Sèvres (1920) repartió los despojos del Imperio Otomano, despedazando a la TPC y cediendo Iraq y Siria al Reino Unido y a Francia; y, por último, aunque ocurriera antes, la Conferencia de París (1919), impuso el “principio de puertas abiertas”, que favoreció que las empresas estadounidenses entraran en Arabia Saudí, lo que en pocos años catalizó la creación de ARAMCO (Arabian America Company of Oil)

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Desde entonces, hasta la Segunda Guerra Mundial, sólo quedarían los ajustes en las participaciones y el reparto de cuotas entres estas pocas empresas y las estadounidenses, pero ya quedó establecido qué empresas venderían productos derivados del petróleo y cuáles serían los territorios de los que se extraería el petróleo. La Segunda Guerra Mundial, sólo añadió quienes serían los consumidores: los países de la OCDE.

Mirado con cierta retrospectiva, aunque es cierto que se han producido ciertos cambios de propiedad y de régimen, se podría decir que el primer cambio significativo experimentado la industria petrolera internacional en el último siglo es el de la ampliación del espacio petrolero fuera del recuadro que se ha esbozado al inicio. Es decir, lo que en entradas anteriores he calificado de la desatlantización de la relaciones energéticas internacionales. Este cambio, en sí mismo, es una cuestión a pensar. Pero, para mi, la moraleja de esta entrada es que, si todo lo que digo es cierto, se hace patente las “grandes ayudas” que han recibido las empresas y la industria petrolera para sobrevivir tantos años. Lo dicho, otras veces, poco natural me parece a mí, este monopolio.

Fue necesaria una guerra, años de negociaciones de alto nivel y varios tratados, para que una empresas privadas obtuvieran acceso al suministro energético y a las rutas de transporte y comercialización del mismo. Por lo mismo, otras, que eran tan “competitivas” como estas, las de los hermanos Nobel o de los Rothschild, fueron expulsadas del “mercado”. El coste de todo ello, en vidas humanas, años, injusticias, impuestos y dinero invertido es incalculable. Huelga decir que esto es lo más alejado a las supuestas virtudes de la empresa privada y del mercado, que nos podamos imaginar. Así cuando se nos dice que tal o cual forma de capturar, generar y emplear energía es o no “rentable” o “competitiva”, deberíamos recordar nuestra historia, pues lo que ocurrió entonces, son los fundamentos de la actual industria energética.  

Sinceramente, no creo que nadie entonces se preguntara si era más eficiente una cosa u otra, pues se estaba construyendo un “nuevo” mundo  y un orden asociado a él. Así que se ayudó y protegió a aquellos que más lo podían favorecer. Como siempre ha sido. Por tanto, hoy que este “nuevo” mundo del Siglo XX está desapareciendo, esto es lo que hoy deberíamos pensar, qué mundo queremos y qué tipo de industria energética lo puede favorecer. Todo lo demás, son pamplinas o estrategias de resistencia de aquellos que se sienten amenazados por lo que podría ser el “novísimo” mundo. 

Quo Vadis Europa

El mismo joven amigo que hace unas semanas me mandó un par de artículos del The Economist, hace unos días me mandó un artículo de Karel Beckman, editor en jefe de la European Energy Review, cuyo título es How unconventional oil and gas are turning 2013 into the Year (Even more) Uncertainty (no adjunto enlace, pues hay que estar suscrito a la revista, para poder acceder a sus artículos). El título del mensaje de mi amigo es “gran overview”. Y, desde luego, lo es. En siete páginas, el autor hace un recorrido extremadamente ilustrativo de los cambios geo-políticos, que la irrupción de la energía fósil no convencional, está suponiendo a escala mundial. Se esté, o no, de acuerdo con su visión sobre la energía fósil, es un artículo muy lúcido.

La tesis del artículo se resume en:

1) La irrupción del shale gas y la apuesta que Estados Unidos ha hecho por él, está implicando un cambio trascendente en las relaciones internacionales y, por tanto, en la geo-política mundial.

2) Ello -aunque no estaría claro qué va primero- ha ocasionado un cambio en la estructura de gobernanza internacional de la energía. Es decir en las relaciones -de poder – que se daban entre los tradicionales países productores (la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP), las grandes compañías energéticas internacionales (fueran las privadas, International Oil Companies, o las nacionales), y los países consumidores (los que se agrupan en torno a la Agencia Internacional de la Energía, IEA)

3) Este cambio en la estructura de gobernanza internacional ha ocasionado que todos estos actores “muevan ficha”, intentándose adaptar a las nuevas circunstancias, salvo Europa.

Esta es la idea general. Sacando punta a la explicación que da Karel Beckman, personalmente, extraigo alguna conclusión adicional que, creo, es bueno descollar, pues ayudará a interpretar algunas de las claves de los acontecimientos contemporáneos.

1) La política que Estados Unidos -y las Américas, en general- están haciendo en relación a la explotación de energías fósiles no convencionales es el fin del Atlantismo en las relaciones energéticas internacionales. Las razones:

a) si el primer importador de petróleo del mundo considera que depende en menor medida de las reservas de petróleo de Oriente Medio, el vínculo histórico entre los consumidores europeos, los productores del Golfo Pérsico y la economía de Estados Unidos de América, se rompe, y

b) si como declaraba Hillary Clinton en Foreign Policy, ha llegado el momento de hacer inversiones similares en el Pacífico que las que se hicieron en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, es más que plausible que ello se convierta en “ayudas” energéticas equivalentes a las que se hicieron en Europa, entonces, vinculándonos, a través de la OCDE, a la Agencia Internacional de la Energía. De hecho, el propio Beckman podría apuntar en esa dirección cuando escribe China is unlikely to be able and willing to take over from the US as yet. Although Bejing knows it can’t keep getting a free energy lunch off the US military table

En definitiva, el espacio geo-energético Europeo, está perdiendo peso en -lo que será- la nueva estructura de gobernanza internacional de la energía. Está perdiendo poder en ella y está perdiendo poder la institución energética que era su paraguas, la Agencia Internacional de la Energía, pues esta es una agencia. creada en el marco de la OCDE, que es la sucesora de la OECE (Organización Europea para la Cooperación Económica), resultado del Plan Marshall.

2) El revuelo que la irrupción de los fósiles no convencionales puede ocasionar en los “tradicionales” espacios de intercambio internacional de energía, y con ello sobre los precios del petróleo y del gas, puede suponer una gran mutación -no el fin, pues son como el Ave Fénix- en las tradicionales compañías energéticas occidentales o atlánticas (ExxonMobil, Royal Dutch Shell, British petroleum….), que podrían pasar a vender a China o invertir en el transporte del gas y petróleo no convencional, para no perder su hegemonía en las actividades aguas abajo.

Es plausible que ante el giro hacia el Pacífico de Estados Unidos y unas inversiones más que inciertas -no por los atentandos terroristas, sino por la competencia de sus “hermanos” menores en Dakota del Sur-,  las grandes de la industria internacional se dejen de proyectos quiméricos de transporte y almacenamiento, que en la mente de los promotores debían cruzar vastos espacios terrestres y marinos para abastecer el mercado atlántico-occidental.

Para mi esta idea se refuerza viendo el bonito gráfico que el Transnational Institute nos ofrece a través de The Finance and Fossil web, en la que claramente se ve que las majors energéticas están controladas -y controlan- por los grandes grupos financieros internacionales. Desde este lógica es muy improbable que un accionista financiero haga una apuesta a riesgo, y a muy largo plazo, para construir unas infraestructuras cuya rentabilidad a corto plazo es nula y, a la largo, imprevisible.

Una vez más, las consecuencias para Europa son preocupantes, pues si “nuestras” empresas cambian de estrategia ¿quién se ocupará de la seguridad de nuestro suministro? ¿quién construirá esos extraordinarios fueloductos como el Nabucco?…Piénsenlo, no es banal.

Hay mucho más que pensar, pero para una entrega basta. Sólo añadir que si aplicamos este pensamiento del fin del atlantismo energético -internacional- podemos empezar a entender algunas cosas que, con nuestro esquema interpretativo habitual, nos parecen muy raras. Por ejemplo, porqué China es la gran beneficiaria del crudo resultante de la invasión de Iraq, o porque Francia ha acudido rauda a Mali.

Lo dice implícitamente Hillary Clinton cuando escribe lo siguiente, As the war in Iraq winds down and America begins to withdraw its forces from Afghanistan, the United States stands at a pivot point. Over the last 10 years, we have allocated immense resources to those two theaters. In the next 10 years, we need to be smart and systematic about where we invest time and energy, so that we put ourselves in the best position to sustain our leadership (…) over the next decade will therefore be to lock in a substantially increased investment — diplomatic, economic, strategic, and otherwise — in the Asia-Pacific region. Y, lo dice explícitamente mi amigo y colega Robert Prince en su blogThe Obama Administration (…) with its eye on an Asian-Pacific military buildup, Washington, itself, is unwilling to send U.S. troops (other than some Special Forces types we have to assume are involved) to Mali. Hollande’s willingness to act as the Sahara’s Netanyahu suits the Obama Administration (…) If this part of the scenario is accurate then there is another way to consider French military actions in Mali: little more than a pre-emptive, defensive military maneuver meant to keep China out of Mali (and Niger and Chad among other places)…

Con todo ello, mi interpretación es:

1) Estados Unidos ya no va a invertir directamente en “asegurar” la estabilidad en el territorio MENA (Middle East and North Africa), pues el petróleo le interesa menos y sus ojos están en el Pacífico

2) Tiene una mentalidad de super-potencia y, aunque esté dispuesta a hacerles favores a los Chinos, tales como facilitarles el petróleo del territorio MENA, no está dispuesto a que China ocupe los lugares que va dejando vacíos

3) Algunos países europeos, intentando asegurar su suministro energético -o el control de recursos vitales en el Norte de África- se están convirtiendo en los gendarmes de Estados Unidos en el vasto territorio del Sahara.

El problema de ello, es que esta actuación individual, subordinada a una estrategia de “retirada” de Estados Unidos de esta parte del mundo, sólo se ha hecho para dejar a un peón in situ. El peón, sin embargo, se equivocó, pues, tal como yo lo veo, en ese contexto de desatlantización de las relaciones internacionales, su presencia en Mali sólo conducirá a una mayor fragmentación de Europa. Pues, sea o no sea verdad, desde Europa no se entiende que en un momento como el actual se inicien “cruzadas” neo-coloniales que, cada vez más, se interpreta, Francia ha realizado para defender “su uranio”.

Honestamente, si esta es la forma como Europa, o algunos de sus países se adaptan al cambio del que nos habla Karel Beckman, mejor,  lo dejamos, ¿no?.

Enlace

Sólo cito una frase del enlace que propongo.. la pregunta que muy poca gente está planteando es la siguiente: ¿qué consecuencias tiene enmarcar el cambio climático como un problema de seguridad y no como un problema de justicia o de derechos humanos?

Hasta que no le dé alguna vuelta, no tengo nada más que añadir. Como reza su título, militarizando la crisis climática o como ya algunos hace tiempo que lo piensan, ecofascismo. En fin, que me parece que, una vez más, la sección de Justicia Ambiental del Transnational Institute nos ofrece un sugerente artículo.

Como en él se nos dice que para hacer frente a la creciente securización de nuestro futuro, debemos seguir luchando para poner fin a nuestra adicción a los combustibles fósiles lo antes posible, sumándonos a movimientos como los que se oponen a la explotación de las arenas bituminosas en Norteamérica y formando amplias alianzas ciudadanas que presionen a municipios, estados y Gobiernos…, aprovecho, pues, la ocasión para, desde este blog, pedir que se participe activamente en la encuesta impulsada por la Comisión Europea sobre los hidrocarburos no convencionales y el uso de la fractura hidráulica en Europa. Yo ya lo he hecho.

Celebrando un año de nuevas cartografías de la energía

Esta semana, en mi más estricta intimidad, he celebrado el primer aniversario de Nuevas cartografías de la energía. El 14 de diciembre de 2011, el blog se estrenó con una entrada sobre la fallida Cumbre de Durban. El azar ha querido que, un año después, en esta semana se celebrara, casi sin pena ni gloria, la también fallida Cumbre de Doha. En esa primera entrada ya expresé mi opinión sobre estas cumbres. A lo largo de este año, ésta no se ha modificado ni un ápice: las cumbres energéticas-ambientales eran, y son, la perfecta coartada para el inmovilismo de todos, bajo la excusa de que no se alcanzan acuerdos globales.

Mientras nos movíamos de cumbre fallida a cumbre fallida, ¿qué he ido aprendiendo, entrada tras entrada? Creo que no me equivoqué en querer hablar sobre las relaciones de poder en las relaciones energéticas, pues espero, entrada a entrada también, haber aportado argumentos a favor de la idea de que lo que nos impide cambiar de modelo energético no son ni las fuentes, ni la tecnología, ni los costes; son determinados grupos de poder que entorpecen y paralizan cualquier propuesta que les pueda menguar su posición de privilegio en el sistema.

Sin embargo, lo que no pensé hace un año es que para justificar mis opiniones, en vez de hablar de macro-proyectos centralizados de producción y comercialización de energía renovable, como los de Desertec o Roadmap 2050, que ocuparon mis primeras entradas; acabaría hablando cada vez más de tres cuestiones que, admito estaban fuera de mi imaginación cuando Nuevas cartografías…inició su singladura. Estas tres cuestiones son el poder de los monopolios eléctricos en España; el creciente peso del carbón en las relaciones energéticas internacionales y el giro que, en éstas, está suponiendo la insensatez de la explotación de los petróleos y gases no convencionales, en cualquier país en el que los hubiere, con el fin de lograr una supuesta autonomía energética.

La última muestra de esta insensatez me ha llegado hace un rato, bajo la forma de una petición de Avaaz para que en España se prohíba la extracción de gas mediante fractura hidráulica (fracking en su término en inglés).

No quiero, en una entrada de aniversario, transmitirles mi pesimismo sobre los cambios que estamos experimentando en el modelo energético, pero cada vez me temo más que lo único que estamos haciendo es adaptar al capitalismo del Siglo XXI el modelo energético de finales del Siglo XIX y de inicios del XX. Por ello, tiendo a pensar que en el segundo año de Nuevas cartografías de la energía, de una manera u otra, la minería del carbón, los “nuevos” petroleros no convencionales y la re-nacionalización de las políticas energéticas de los países consumidores serán, todavía más, protagonistas de las futuras entradas.

Sin embrago, ahora, en el presente, me gustaría hacer un pequeño balance de los 12 meses de actividad blogera. En total, han sido 42 entradas, lo que, si hiciéramos una media, equivaldría a 3,5 entradas por mes. Mis lectores saben que no he tenido esta regularidad, ya que a veces he publicado varias entradas en pocos días, y otras, como ahora, llevo un mes sin escribir nada nuevo. Intentaré mejorar mi regularidad.

Por lo que se refiere a los comentarios, he tenido 69. Me hubiera gustado tener algunos más, pero estoy bastante esperanzada, pues en los dos últimos meses, he tenido comentaristas, que han inyectado savia nueva al blog. Veremos cómo va, pero ya, a día de hoy, agradezco a todos aquellos y aquellas que han participado en la aventura de Nuevas cartografías…¡Ojalá se consolide la tendencia del último mes! y este blog se convierta en un foro de debate sobre cómo lograr un modelo energético más justo.

En este balance, lo mas curioso es la distancia entre las entradas más populares entre mis lectores y lectoras y las que a mi me gustan más. Ello me lleva a replantearme, aunque no he adoptado ninguna decisión al respecto, la función de este blog, pero, lo más probable es que siga con la más tónica de ahora: la de buscar un equilibrio entre la actualidad energética y las reflexiones más morales-conceptuales, pues las entradas de más éxito han sido del primer tipo, mientras que a las que, yo, a las que más cariño les tengo, son del segundo tipo.

Por si alguien siente curiosidad, las entradas más populares han sido aquellas vinculadas a la serie de Intentando entender la factura eléctrica, aunque la que tuvo más entradas en un día, con un récord absoluto y nunca más alcanzado -256 entradas en un día-, fue la de Repsol perdió una ficha en el casino global. En cambio, si tuviera que escoger, mis cinco entradas predilectas, por orden de publicación, son la de Propiedad privada, mercado y dogma; la de El final B de ¡qué bello es vivir!; la de Negro futuro; la de Democracia y energía y la de la Lección de la tragedia de Fukushima. No creo que sea, porque son las mejores, sino porque reflejan mucho mejor mis “neuras”.

Bueno, no quiero aburrirles, pero si agradecerles profundamente haber sido lectores, lectoras o comentaristas, esporádicos o fieles, del este blog. Se lo agradezco porque gracias a mi empeño de transmitir ideas u opiniones a internautas diversos, egoistamente, he pensado y he aprendido más de política y relaciones energéticas en un año que en toda mi vida anterior ¡Gracias y espero encontrarles aquí cuando Nuevas cartografías de la energía celebre el segundo aniversario!

El final B de ¡Qué bello es vivir!

Cualquier persona del “Oeste” nacida después de 1946 habrá pasado algún momento de las fiestas navideñas viendo este clásico del cine que es ¡qué bello es vivir!. Es la imagen buena e ingénua, wilsoniana, de los Estados Unidos de América. Esta película es una metáfora de lo que las actuaciones de los pequeños pueden lograr frente a los poderosos. James Stewart y la pequeñísima cooperativa de crédito de su familia, gracias a su fraternidad y ausencia de codicia, sobreviven a la crisis de 1929 y evitan que su localidad se convierta en Potersville: ciudad sin personalidad y de perdición del Sr Poter, banquero codicioso y sin escrúpulos, que ha ido acumulando propiedades y capital, no por su propio trabajo, sino por las desventuras de sus congéneres.

Estoy segura que si se le pregunta a cualquiera opinará que el Sr. Poter es malo, malo, y George Bailey, bueno, bueno. Pero en el mundo de la industria energética las cosas parecen funcionar al revés. De hecho, en el mundo energético vamos hacia el el final B de ¡qué bello es vivir!: el Sr Poter se ha quedado con todos; por su maldad, sí, pero también porque en ese mundo han desaparecido los aspirantes a ángel, como el simpático Clarence de la película -que, atentos al dato, lee a Mark Twain-, mientras en la realidad, a los señores Poter energéticos les ayudan unos aprendices de brujo, tan zafios, pero mucho más malos que los de la obra de George Dukas.

Hoy, ¿qué multiplican estos aprendices de brujos? Multiplican simultáneamente dos tipos de propuestas: las de “tecnología puente” (libres de CO2, pero con fuentes convencionales), como el crear carbón limpio, seguir invirtiendo en la fusión nuclear o el shale gas, con las propuestas “verdes” de futuro, aptas para señores Poter: Desertec o el Roadmap2050 -del los que ya dimos noticia-, Seatec -cuya idea es similar a la de Desertec, pero con grandes plataformas eólicas en el Mar del Norte y Báltico, en vez de placas termosolares en el Sahara- y el Transgreen.

Basta una rápida mirada por las “tecnologías puente” para descubrir que, en plena crisis económica, el shale gas, además de otras cuestiones es una nueva excusa para crear una nueva burbuja en un sector en el que las inversiones no van a ser rentables;  los proyectos nucleares, se llevan miles de millones de los consumidores y contribuyentes, aunque abiertamente ya se diga que no hay dinero suficiente pare ello -ya cité lo que nos decía el tribunal de cuentas de Francia, a lo que ahora añado el informe de Citigroup sobre las nucleares en el Reino Unido-; y desde Estados Unidos hasta el Reino Unido se apoyan los proyectos para separar y esconder el CO2 proveniente del carbón -lo que se conoce como CCS. Es más, no se cuestiona que el “mundo nuclear” venga avalado por organismos internacionales como la europea Euroatom o la AIEA  o el recientemente creado “mundo del carbón limpio” vea prosperar las iniciativas gubernamentales europeas, de los países de la OCDE, o de Estados Unidos.

Todo ello induce a pensar que la actual transición energética es la recuperación de lo que las eléctricas, por culpa de algunos agudos, pero “blandos”, moralistas como Frank Capra o, antes, el Presidente Wilson, perdieron. Siempre, en una línea de continuidad. Venimos, como nos dice Hermann Scheer, de un mundo de abastecimiento energético organizado por un consorcio de gran tamaño con multiples dependencias, y ahora nos desplazamos por un mundo de “tecnología puente”, también, de abastecimiento centralizado como es el nuclear y lo será -si existe- el del CCS,  para irnos hacia el mundo de las super-redes centralizadas verdes y faraónicas, que, dicho sea de paso, también  están siendo consideradas de forma positiva por grandes ONGs ambientales como Greenpeace.  Es decir -¡y da risa, sino fuera de llorar!- como podemos leer en ese utilísimo libro que es El imperativo energético, con las energias renovables (…) se les presenta (a los monopolios eléctricos) la ocasión de volver a adoptar un papel de productores del que fueron desplazados en el transcurso de las últimas décadas.

Lo más plausible es que, como el caso de la eterna quimera nuclear, nunca veamos realizados tales proyectos, tal vez, técnicamente posibles, pero, por lo demás imposibles. Sin embargo, mientras destinamos recursos -económicos, humanos, políticos…- a ellos y los iniciamos, habremos perdido unas preciosas décadas para construir un mundo mejor. Habremos eliminado cualquier posibilidad de supervivencia para los pequeños Bailey energéticos. Reduciendo posibilidades y actores, vamos concentrando poder, reducimos la diversidad de las fuentes y nos encadenamos a unos prometeos energéticos, que. finalmente, después de perder comba en el orden del mundo que se inició el mismo año que la estrena de ¡Qué bello es vivir!, saltan con fuerza en el que, con Yalta definitivamente muerta, se está imponiendo.

De ahí, la importancia del Imperativo energético que nos propone Hermann Scheer. Imperativo que es categórico, pues, moralmente, no tenemos otra opción que la de apostar por la descentralización energética. De ahí que, como ya hizo el desaparecido Scheer desde su condición de parlamentario del SPD en Alemania, nuestra obligación sea la de definir inmediatamente una ética -una política- energetica.