Después de Hinkley Point, dejémonos de hipocresías

Esta mañana estaba escribiendo otra entrada, una más acorde a mis filias del momento, pero, hoy, en este lugar del mundo en el que ahora me encuentro viviendo, la radio y la prensa, supongo que también al televisión, no han dejado de anunciar que por primera vez en casi tres décadas (la última creo que fue de 1987) se había llegado a un acuerdo para construir una nueva central nuclear en el Reino Unido. Así que he cambiado el rumbo. No me extenderé mucho, pero es tal la barbaridad, que hasta George Montbiot –un pragmático pro-nuclear, desde que la tragedia de la planta Daichii en Fukushima volviera a dar protagonismo al carbón- en su comentario de hoy, hablaba en contra del proyecto. E, incluso, el conservador Financial Times matiza la apuesta nuclear actual.

En El País de hoy, en algo que suena elogioso se puede leer la siguiente frase: por encima de todo, el proyecto de Hinkley Point tiene el potencial de dar un vuelco a la industria nuclear porque propone un nuevo modelo… Les cuento el nuevo modelo, previsto a día de hoy. Es el resultado de una mente tan bellaca como la de los de UNESA. El nuevo modelo es, vamos a construir una central nuclear -parece, según Montbiot, tecnología no de última generación-, cuyos miles de millones de € serán pagados por eléctricas. A cambio, pero, el gobierno asegura un acuerdo de 35 años según el cual el MwH se pagará a 92,5£. Según lo que he escuchado hoy, este importe es más del doble de lo que actualmente cuesta la misma cantidad de energía. Según nos dice el The Guardian, ello supone un coste de unos 4,2 millones de € al día. Aquí no se acaba la cosa, para evitar menoscabo en la rentas futuras, se asegura a las eléctricas que el precio del KwH se indexará (a lo largo de 35 años) en función de a inflación. Es decir, el gobierno neoliberal del Reino Unido acaba de firmar un contrato para la construcción de una nuclear que vale un Potosí, mucho más que cualquier otra opción; fija unilateralmente el precio -de mercado, se entiende, ¿no? (Sic!)- y lo mantiene indexado por 35 años, para que los contribuyentes, cuyos salarios no corren la misma suerte, lo vayan pagando, generación tras generación. Creo que este es uno de esos casos, que habla por si mismo, máxime cuando esta central nuclear, en el mejor de los casos, empezará a funcionar de aquí diez años, lo que es un lapso de tiempo enorme para el desarrollo -o mejora- de otras tecnologías.

De todo este desaguisado, dos cosas me dan una rabia terrible. La primera, es que este es un caso “de manual”, pues después de una inversión tal, los británicos quedarán 40 años más prisioneros de la amortización de esta central; pues se les dirá, como se nos dice ahora, “que sí, que claro, que son mejores otras opciones, pero que ahora que ya están construidas y funcionando, nada es ya más barato que el KwH generado en ellas”. Es decir, entre los 10 años de puesta en marcha y los 40 de funcionamiento, perdemos 50 años para apostar por un nuevo modelo energético. Esto da mucho coraje, pero lo que ya es colmo es el cinismo y la hipocresía: el Gobierno del Reino Unido -y entiendo que la industria energética del país- apuesta por las nucleares porque les gustan más, porque casan mejor con su forma de pensar y de ver el mundo, porque casan mejor con su ideología y mantienen las estructuras de poder vigentes. Es así, y no hay otra razón. Lo he dicho muchas veces, no soy ingeniera y hay muchos aspectos técnicos que soy incapaz de valorar, pero mi sentido común, más que mi formación de economista, sí que me permite ver que esta es la opción menos “competitiva” de todas: es la más cara y la que lleva más costes asociados a largo plazo.

Mi único consuelo, es que ya nadie me discutirá que cuando se opta por una forma u otra de producir energía, el coste es lo de menos. Este ejemplo lo demuestra. La casualidad ha querido que, hoy, mientras escuchaba los comentarios sobre este descabellado proyecto nuclear, fuera leyendo una historia sobre la red eléctrica en este mismo país, el Reino Unido. En ella, queda claro que a finales del Siglo XIX se optó por el alumbrado eléctrico, a pesar de que costaba más del doble del, ya vigente, alumbrado de gas. Entonces, todavía quedaban muchos aspectos técnicos por resolver, pero así se hizo. Costaba el doble y no se sabía cómo evolucionaría la industria, pero se optó por el nuevo sistema, porque se pensó que sería mejor. En este caso, la historia puede haberles dado la razón, pero eso no quita el hecho de que la decisión no viniera determinada por “el coste”. La diferencia, entre entonces y ahora, está en que en el Siglo XIX se trataba de imponer el progreso. Hoy, por el contrario, de lo que se trata es de mantener lo que desde los años 1950s no ha funcionado. Podemos seguir esperando al Godot nuclear -la fusión-, pero a este paso ya no quedará nadie; o nadie que pueda pagar su factura.

¿Energía fósil?: sólo es una cuestión de poder

Estos días estoy leyendo a los economistas clásicos, excavando los fundamentos, a ver si consigo entender cómo hemos dejado que nuestro modelo energético se convirtiera en una dictadura tal.

Ayer, leyendo el prefacio de The Coal Question (1885) de William Stanley Jevons, di con una cita de John Tyndall (1820-1893) que “lo dice todo”. Se trata de una carta que éste le escribió al primero y se refiere, como toda esta obra de Jevons, a la posición -al poder relativo- que ha alcanzado el Reino Unido, a mediados del Siglo XIX, gracias a la disponibilidad y uso del carbón. Tyndall dice, no veo porvenir a ningún sustituto, del carbón como energía motriz, que se pudiera encontrar. Se tienen, es cierto, vientos, ríos y olas; y se tienen rayos y el sol. Pero, éstos están al alcance a todo el mundo. No se puede ejercer ningún liderazgo frente a una nación que, además de estas fuentes de energía, posee la energía -the power- del carbón …. gozaremos de mucha de su energía física e intelectual, sin embargo seguiremos sin estar a la altura ante aquellos que poseen carbón en abundancia.

Leyendo esta cita, no hay duda que se nos está diciendo que el carbón fue el que dio ese plus de poder al Reino Unido, frente a otros países europeos. Frente a un hecho como este, hay dos actitudes posibles. Una, que es la que parece plantear Jevons -y otros de sus paisanos coetáneos-, que nos dice que por alguna razón, más divina que humana, la riqueza material del Reino Unido es el fruto de la Providencia; siendo “pecado” no emplearla correctamente -de forma moralmente correcta. Otra, es pensar, como yo lo hago, que hay una grado de elección en optar por desarrollar el uso de esta fuente de energía frente a las otras. La razón de ello: porque ésta da un poder que las otras no dan.

Hay un poder -el geo-político, mundial- que es fácil de entender, pues basta pensar que gracias a la potencia del carbón -y a la explotación de los trabajadores-, el Reino Unido -como después ocurrió con el petróleo en Estados Unidos- logró multiplicar la producción y la renta nacional hasta convertirse en la primera economía del mundo.

Más allá de ello, llama la atención que ello se justifique por la Providencia. Piénsese, por ejemplo, que en España la misma Providencia, nos ha otorgado una inaudita cantidad de horas de sol al día (de energía) que en vez de poder, nos ha traído turismo. Ya se ve por donde voy, ¿no? Lo dicen muchos con los que Jevons compartió disciplina. El francés Jean Baptiste Say (1767-1832) -por cierto, el precursor de la economía de la oferta- escribió, afortunadamente nadie ha podido nunca decir que el sol o el viento le pertenecen y que, por tanto, el servicio que me proporcionan ha de ser pagado. De hecho, esta frase es empleada por Thomas Malthus (1766-1834) en su definición de lo que es un monopolio natural: … es un regalo de la naturaleza al hombre, pero a diferencia del sol y del aire -esto no lo dice Malthus- es un regalo al que le podemos establecer derechos de propiedad. De ahí que podamos crear un monopolio. Si seguimos la lógica del discurso -aunque soy consciente que es caricatura del mismo-, acabaríamos diciendo que la Providencia a algunos les da un pedazo de tierra o una mina, mientras que a otros no. Es claro que sobre -o debajo- ese pedazo de tierra se pueden obtener rentas y/o beneficios, pues la categoría de propietarios da derecho a decir “esto es mío y si quieres lo que de ello se obtiene, tendrás que pagar por ello” o peor “…tendrás que trabajar en ello, para poder pagarlo”.

Tiendo a pensar que en lo que acabo de decir subyacen algunas de las razones por las que el mundo de la energía se fosilizó, en vez de renovarse. Una historia distinta, que iré desgranando en sucesivas entradas, es cómo los economistas, desde entonces hasta ahora, hemos ayudado a dar carta de naturalidad a este modelo energético.

Independentismo, nacionalismo y descentralización energética

Por razones que no acabo de adivinar, estos últimos días estoy falta de ideas e inspiración; tampoco hoy, éstas me sobran, pero, siendo ayer un día especialmente relevante en el lugar en que vivo, Cataluña, he decido introducir algunos elementos al debate independentista que está asolando esta pequeña parte del mundo.

Ayer, hubo cientos de miles de personas en Cataluña exteriorizando su deseo vivir en un estado independiente. Tal como lo siento en este momento, y no lo pensaba hace un tiempo, mucha de la gente que hoy está en cualquiera de las múltiples celebraciones que están sucediendo, lo único que siente es eso, un deseo, una emoción un sentimiento -contagiado, genuino, manipulado, madurado…, me da igual-de que legalmente su situación en el seno de la Península Ibérica cambie. En otras palabras, quieren una espacio en el que se pueda establecer un ordenamiento propio, con una autoridad propia. No tengo tan claro, sin embargo si toda esta gente, más allá del deseo, se imagina cómo será -caso que exista- este futuro espacio político propio.

Mi intuición es que se imaginan un fractal de un estado-nación más amplio, en el que todo será igual, salvo los símbolos nacionales. Mi opinión es que si la secesión de Cataluña llegara a producirse, en el ámbito energético, hay la posibilidad del uso de dos tipos de fuentes energéticas -renovables y fósiles-, que generen dos modelos energéticos -distintas formas de producir y usar la energía final, la centralizada y la descentralizada-, que se conformarían en tres posibles tipos de relación con España. Ante ello, ¿Cuáles podrían ser los escenarios energéticos para una Cataluña independiente? Se me ocurren tres posibles:

1) El escenario en el que no se cambia nada a la situación actual. Se sigue con las mismas empresas y la misma red y lo único que ocurre es que cuando la red pasa -en un sentido u otro- por Aragón o Valencia, cambia de país. En un contexto como el actual, en el que la “política energética”, como ya venimos explicando en este blog, ha dejado de ser un servicio público y, por tanto no sujeta al “interés general”, ello no debería suponer ningún tipo de problema, más allá de llegar a algunos acuerdos con los gestores de las redes, eléctricas y de hidrocarburos, pues, de facto, el significado del la Ley 54/1997, como ya expliqué, es que el “interés general” de los españoles desaparece. Recuerdo que en España, son las empresas privadas las que deciden. Así si las usuarios finales (desde el Govern al último hogar en Cataluña) tuvieren demanda efectiva -capacidad adquisitiva suficiente para pagar las facturas-, no debería haber ningún problema. De hecho, en parte, esta situación ya existe con Portugal. En este caso, tal vez Cataluña sería políticamente independiente, pero energéticamente tendríamos las mismas dependencias de los grandes lobbies eléctricos y petroleros y, por lo mismo que en España, no tendríamos una política energética que, en puridad, se pudiera llamar nacional; y, evidentemente, formaríamos parte de un modelo centralizado.

Así, si esta fuera la opción, la independencia política no traería nada distinto, ni bueno a los catalanes.

2) El segundo escenario sería no cuestionar el modelo, pero, junto con la independencia cercenar -real o metafóricamente- la red y expropiar el resto del instalaciones del sistema eléctrico-energético en el territorio. Este sería el caso, fractal puro: reproducir lo que ya existe a una escala más pequeña. En las circunstancias actuales, puesto que como muestra Carles Riba i Romeva, Cataluña es la zona de España que más depende de los hidrocarburos y de la energía nuclear, lo más probable sería que la situación energética de los catalanes empeorara todavía más. Perderíamos algunos de los aspectos positivos de las economías de escala que da un “mercado” más amplio; proporcionalmente la energía de origen fósil y nuclear sería más costosa y, seríamos la isla, dentro de la isla energética que ya es España, pues no veo razón para que Francia deje hacer a Cataluña -inter-conectarse e integrarse en la red europea- lo que nunca ha dejado hacer a España. Así, en este caso, la independencia política traería menor independencia energética -de las fuentes energéticas-; un cierto componente nacional, pues tal vez la petroquímica en Tarragona o la nuclear de Vandellós fueran de empresas de catalanes o gestionadas directamente por el Gobierno catalán, pero seguiríamos con muchos de los problemas de una estructura de la industria centralizada y verticalmente integrada. Por todo ello, puestos a escoger, esta opción es, desde mi punto de vista, peor que la anterior, aunque reconozco que si de verdad se pudieran crear unas empresas nacionales y estatales fuertes, las cosas, al menos para las usuarios finales, podrían ser mejores. Sin embargo, descarto esta opción porque en las circunstancias actuales me cuesta imaginar que las grandes transnacionales energéticas permitieran tal política nacional a la “antigua usanza”.

3) El tercer escenario es que la independencia política trajera un nuevo modelo energético. Una secesión energética que creara un nuevo modelo, que por surgir de un territorio relativamente pequeño y sin otros recursos que el sol, el viento y el agua, lógicamente debería ser renovable y descentralizado. Como he argumentado y afirmado en varías de las entradas de este blog, esta es la mejor opción para tod@s los ciudadan@s del mundo. Este sería realmente el único modelo independiente -de las fuentes y de los monopolios energéticos-, local, distribuido y descentralizado. Sin embargo, como explicó Lewis Mumford, Armory Lovins y Hermann Scheer, por citar a algunos autores de referencia; y como defienden aquí cooperativas como Som Energia y el Col.lectiu per un nou model energétic i social sostenible (CMES), así como tantos otros, apostar por este tipo de modelo es apostar por un modelo político distinto, local, verdaderamente participativo y democrático. Ello, desde mi punto de vista, es sentar las bases para una nueva forma de hacer política basada en el profundo convencimiento que un o una ciudadana por el hecho de serlo es un sujeto político y de derecho; basada en el convencimiento que lo que garantiza nuestros derechos fundamentales es la forma de organización de la polis; y, basada en el convencimiento, que las democracias se construyen en horizontal y no en vertical. Todo ello, va mucho más allá del sentimiento nacional y tiene que ver con la razón.

Por tanto, después de ayer, donde quedó claro que, hoy, ese sentimiento existe para muchos, lo que nos queda es preguntar si seremos capaces de crear una forma política distinta de la actual. Para responder a ello podríamos empezar construyendo algo más “pequeño” como un nuevo modelo energético, local y descentralizado. Si la “política” ayuda a que los ciudadanos construyamos esta base para sostener la organización política del futuro, canalizar alguna especie de espacio político catalán, distinto del actual, podría merecer la pena. Caso contrario, mejor nos olvidamos, pues para vivir con lo mismo, pero con otro pasaporte, el calvario, sufrimiento y frustración que este proceso puede suponer a ambos lados de “la frontera”, desde mi punto de vista, será vano.

Guest contribution: The Spanish electricity market – a critical review

Una contribución mía como autora invitada en Energy Vulnerability and Urban Transitions

Energy Vulnerability and Urban Transitions

Following the discussion started in our previous post about energy poverty in Spain, guest contributor Aurèlia Mañé Estrada (University of Barcelona) gives us her critical views about the failures of the Spanish electricity market and recent legislative proposals presented by the Spanish governments last June 19th. Professor Mañé Estrada holds a PhD degree from the University of Barcelona, where she currently teaches subjects related to economic policy and international energy systems and relations. She is is a member of the University of Barcelona’s Economic Transition Analysis Group (GATE) and the author of the blog Nuevas cartografías de la energía.

The Spanish electricity market – a critical review

Some days ago two new proposals of law dealing with both the renewable energy generation and self-consumption were presented for public discussion by the government in Spain. It is still too early to evaluate the actual aftermath of both proposals…

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La gaseosidad del gas en España

El pasado 6 y 7 de junio se celebró en Madrid el X Simposio Hispano-Ruso. En él, mi amigo y colega de la Universidad de Valencia, Antonio Sánchez Andrés, presentó una ponencia sobre la Política económica y elites en España: el caso de la política energética. Próximamente, esta ponencia será publicada, y por tanto, estará al alcance de todos, pero antes, le he pedido permiso para que me dejara comentar tres aspectos de la misma en el este blog.

El primero de ellos es la conclusión de la ponencia que, aunque es perfectamente conocida de todos, hasta que la situación no cambie, tenemos el deber moral de seguir recordándola día tras día: el resultado de la política energética que se está realizando en España, aunque se diga que su objetivo es cualquier otro, es mantener la situación de las elites -energéticas, se entiende- que le dan soporte. Y, como nos dice Sánchez Andrés, esos sectores y agentes económicos se transforman en grandes constreñidores de la salida de la crisis en España.

El segundo aspecto, que es el que inspira esta entrada, es la situación del gas en España. Hace unas semanas, como posteriormente relató Ignacio Cembrero en El País, corrían rumores sobre un cambio en las relaciones gasísticas entre España y Argelia. Este es un tema que siempre dispara alertas, pues, en esta parte norte del Mediterráneo, existe la percepción de que estamos a merced de los argelinos. Llevo años argumentando lo contrario, y lo divertido es que ésta vez la noticia iba en mi sentido, pues como explica Cembrero en Argelia hay preocupación por si España reduce las compras de gas que se hacen en el país vecino.

Para una defensora de las formas de producción de energía descentralizada, como yo, saber que se reduce el uso de una fuente de energía fósil, que da lugar a grandes unidades  generadoras y comercializadoras de gas, lo anterior sería una buena notica, pero como ya expresé en una entrada anterior, tal vez, antes de hacer algo así, deberíamos pararnos a pensar. Con la idea de que “una imagen vale más que mil palabras”, vuelvo a adjuntar el mapa de la red gasística en España. En él se observa la magnitud de las infraestructuras gasísticas actuales: 6 plantas de regasificación (7 si se incluye Portugal), más tres en construcción, dos de ellas en las Islas Canarias, a lo que le debemos sumar dos gaseoductos que parten de Argelia y llegan a la Peninsula Ibérica, uno a través de Marruecos y otro, directamente a Almeria.

Fuente: CNE

Fuente: CNE

Visto que, ya hoy, estas instalaciones están muy infrautilizadas, me pregunto, una vez más, si lo más sensato es cerrarlas para ir acrecentando los emplazamientos de ruinas energéticas.

Para mi, a día de hoy sólo hay dos argumentos para no cerrarlas: el enorme gasto realizado en algo que no vamos a utilizar, pues me parece indecente; y que, cuando de calefacción hablamos, el gas natural es una fuente energética que sufre poca transformación y que, por tanto, en términos físicos es muy eficiente, pues del gas que sale de Argelia, el 75% es empleado en casa.

Por lo demás, todo son argumentos en contra. Empezando, como nos muestran los itinerarios energéticos de Ramon Sans, porque esta eficiencia energética no se mantiene cuando hablamos de transformación de gas en electricidad, ya que, además de cara, en el proceso -en una central térmica de gas- derrochamos casi el 70% de la energía inicial del gas y, en una de ciclo combinado, el 55%. Y, acabando, por lo que se adivina en el mapa: el poder que subyace detrás de esta red de gas, pues muy pocas empresas son las que controlan este enjambre de tubos, instalaciones y plantas gasísticas.

Hemos hablado hasta la saciedad del monopolio eléctrico, que también participa en el “mundo del gas”, pero pocas veces se habla del poder de las empresas gasísiticas en España. Aunque el “mundo del gas” sea más reducido que el de la electricidad; por lo que se refiere al gas -digamos el no eléctrico-, una sólo empresa acapara aproximadamente el 60% del mercado español: Gas Natural-Fenosa. Esto, se mire por donde se mire, es un monopolio, que además es verticalmente integrado, pues su actividad va desde los yacimientos en Argelia a los consumidores finales en cualquier localidad de la Península.

Los efectos de este poder son los que mi amigo Antonio Sánchez, intenta valorar. Él ha intentado cuantificar el porcentaje de las diversas actividades (desde la importación del gas hasta la comercialización al usuario final) en el precio del gas. Sus datos, hablan por si solos. En el año 2012, más del 55% del precio final del gas -antes de impuestos- se debe a la comercialización. Es decir, por cada 100 euros (antes de impuestos) que paga, un español, en la factura del gas, otorga una renta de monopolio de más de 55 euros a “nuestra” comercializadora. En Francia, país vecino, en el que existen esas empresas quasi-estales -criticadas por no estar sujetas a la competencia-, en el mismo tramo de actividad, los 55 euros de España, se convierten en 8 -y, sin posibles trampas del tipo de cambio. Por tanto, como dice mi amigo, esto pone de manifiesto una situación absolutamente irregular. Situación absolutamente irregular de la que poco se habla y, lo que es más grave, de la que históricamente se acusa, tácitamente, a los argelinos.

Esto tiene que ver con el tercer aspecto que quería destacar de la ponencia, pues la unión de una política energética dirigida a mantener el poder de las elites del sector y el poder de monopolio de las mismas, conlleva dos hechos: a) la transferencia de renta desde los usuarios finales -ciudadadanos y empresas no energéticas- hacia los accionistas y propietarios de las empresas energéticas, y b) como escribe el propio Sánchez Andrés, el encarecimiento de la segunda partida de costes de las empresas, la de los costes energéticos.

Lo primero, claramente, inicidirá en una disminución de la renta que los ciudadanos podríamos destinar al consumo y, las empresas, a la inversión productiva. Con ello, se añade un elemento más de ajuste y recesión a nuestra maltrecha economía, pues el resultado directo de la política energética del gobierno es reducir la demanda agregada y, de ahí, el producto interior bruto. Lo segundo, en cambio, incide directamente sobre la competitividad -al menos tal como la medimos hoy en día- de las empresas ubicadas en España. Aquí, si cabe, la cosa es todavía más perversa, pues mientras se hace una reforma laboral que tácitamente -o no tanto- sólo tiene como objetivo disminuir los costes salariales y aumentar la competitividad por esta vía, se hace una política energética que para el beneficio de muy pocos, incrementa los costes energéticos; contrarrestando lo “logrado” con la reforma laboral.

Me perdonarán, pero me desespero. No me puedo creer que nuestro Ministro de industria no sepa que la política energética es una política sectorial, con efectos transversales sobre todos los objetivos últimos de la política económica (crecimiento, empleo, inflación, equilibrio externo, distribución de la renta, medio ambiente), y no una política dirigida única y exclusivamente a favorecer las rentas monopolísticas de unos pocos. Por todo ello, pido a Bruselas, a la Troika, al FMI o a quién corresponda, que obligue a nuestro gobierno a hacer una política energética dirigida a reducir las rentas de monopolio, así tal vez podríamos acabar con una reforma laboral, cuyo único proposito es reducir las rentas salariales. Sé que es una demanda ingenua, pero nunca está de más probarlo.

Pistas desde la economía para valorar la transición energética

Todas mis entradas están pensadas para activar el debate energético, aunque reconozco que algunas son más o menos personales. Ésta de hoy, casi podría decir que es una demanda de debate, surgida a raíz de mi contacto con el CMES. Un colectivo de ingenieros e ingenieras que está trabajando muy activamente para mostrar que la transición energética hacia un modelo descentralizado de energía renovable es posible, y que, además, será extremadamente beneficioso. Desde que los conozco, que no hace mucho, me han llenado la cabeza de cadenas eléctricas y yo, desde mi más osado, que profundo, conocimiento, me he propuesto a buscarles argumentos económicos que apoyen su iniciativa.

Dándole vueltas al asunto, he decidido escribir esta entrada con algunas ideas. todavía deslavazadas, para ver si alguien “pica” y me ayuda en este propósito.

Desgraciadamente el pensamiento económico no se encuentra en sus mejores momentos, así que la cuestión no es fácil. Ayer escribí, sin pensar, una frase en la que afirmaba que el argumento económico de una determinada opción energética debía ser “tal”. Después, enseguida me dí cuenta, que había muchos argumentos económicos posibles y que, aunque en mi mente, todos estuvieran interrelacionados, pues en la realidad están todos entrelazados, tenía la obligación de intentar, aunque sólo fuera con fines pedagógicos, separar los niveles de análisis. Así que voy a presentar un primer esbozo de ello.

El primer aspecto, al menos tal como yo lo veo, es tener claro que no todos los economistas entenderán las cuestiones energéticas -y casi nada- del mismo modo. En economía hay una gran distancia -con muchos matices- entre aquellos que entienden que la economía es apersonal -los que hablan de Economia, como traducción de Economics– y los que creen que la economía son las relaciones económicas que se dan en un momento determinado en una sociedad determinada; los que hablan de Economía política (la economía que se da en la polis).

Más allá de ello, analíticamente, los economistas podemos emplear cuatro niveles de análisis: el micro, el meso, el macroeconómico y el sistémico. De las dos formas de ver la economía, la primera escuela se centrará fundamentalmente en el análisis microeconómico -el del individuo- y conciben el resto como agregación de las unidades micro, sin entrar en lo que implican las relaciones a nivel mesoeconómico o sistémico; los segundos centran su análisis en el sistema -en la sociedad-, para interpretar las relaciones económicas que se dan en los tres niveles “inferiores”.

Así, si trasladamos ambas visiones del mundo económico a la energía, tendremos el primer tipo de economistas que entenderá que la energía -al igual que la economía- es el resultado de la agregación de elecciones individuales de empresas (oferentes) o consumidores (demandantes). Mientras que, los de la segunda categoría, entenderán la energía como el resultado de unas relaciones -sociales y, por tanto, de poder- energéticas conformes al sistema vigente.

Para los que han ido leyendo mi blog, estará claro que yo pertenezco a la segunda escuela de pensamiento y, por ello, mi visión de la energía es más sistémica que microeconómica. A pesar de ello, considero que si el objetivo es valorar modelos energéticos posibles, en un caso como el de la energía que atraviesa todos los aspectos de nuestra vida, puede ser positivo buscar que hay de “utilizable” en cada uno de los cuatro niveles citados.

1) En el ámbito microeconómico que, cuando hablamos de energía, se centra mucho en el análisis de costes y beneficios (cuanto cuesta la energía solar en relación a la fósil, por ejemplo), entiendo, como argumentabaHermann Scheer que este debate, al menos tal como se hace, es estéril, pues se están comparando cosas incomparables. Comparamos como si fuera igual, producir electricidad con petróleo que viene del otro lado del mundo con infraestructuras desarrolladas en los últimos 150 años y una industria madura y consolidad, que producir directamente la electricidad en casa, con una placa de tecnología reciente y desarrollada por un sector naciente.

En cambio, sí que creo que un debate de costes cualitativo es útil. Tal vez no podamos saber cuánto más costosa es la electricidad generada a partir de petróleo que la generada a partir del sol, pero sí que sabemos que para producir electricidad a partir de petróleo se han de dar muchos más pasos (extraer petróleo, transportarlo desde el otro lado del mundo, refinarlo y convertirlo en combustible, quemarlo, convertirlo en energía mecánica y, luego en eléctrica) que si en una placa fotovoltaica la luz del sol se convierte directamente en energía eléctrica; como sabemos también que el petróleo se paga y el sol no.

Así, el análisis de costes cualitativo nos enseñaría qué partidas de coste nos podríamos ahorrar y cuáles añadir (por ejemplo los residuos) si se optara por un tipo u otro de energía.

2) El nivel mesoeconómico, en el caso de la energía nos indicaría cómo se organiza la producción y el uso final de energía y, por tanto, cuál será la cadena -de valor- energética y la estructura de la industria. Para un no economista, esto puede ser más difícil de entender, pero lo ilustraré con un ejemplo. En el momento que se opta por una fuente energética fósil, alejada del lugar de uso final; estamos optando por una industria energética monopolista -pues las barreras de entrada y la tecnología son elevadas- y transaccional; y estamos optando por producir, transportar y comercializar la energía internacionalmente, de forma centralizada. Es decir, damos un poder -económico y, por tanto, político- a los grandes conglomerados energéticos mundiales; otorgándoles el poder de decidir para quién producen y en qué condiciones.

Por el contrario si se opta por producir a partir de fuentes renovables, cercanas a los usuarios finales; el tamaño y el poder de la industria energética frente a los que la acaban empleando cada día, será menor o mucho más equitativo.

Económicamente -aunque no sólo- lo primero tiende a crear sociedades más desiguales y lo segundo sociedades más equitativas. Por tanto, considero que éste, el grado de monopolio que determinadas formas de producir y emplear la energía acarrean, es también un factor económico a tener en cuenta al valorar la política energética que se quiera implementar. Además, en este ámbito, también resulta relevante considerar si se desacoplan los lugares de gasto de los de inversión, o no.

3) En el ámbito macroeconómico, una buena forma de valorar las cuestiones energéticas es por los efectos que una determinada política energética, como política sectorial que incide transversalmente en todos los objetivos “deseables” de la política económica de un país, pudiera tener. Una vez más, pongo algún ejemplo. Es decir, cómo afecta el “modelo” del petróleo a la inflación, a la creación de empleo, al equilibrio externo, etc… y cómo incidiría otra forma u otro modelo energético en las mismas variables. Tal vez no se puedan obtener las cifras exactas, pero no cuesta mucho establecer algunas cuestiones -casi- evidentes. Por ejemplo, potencialmente la inflación empeorará con un modelo basado en el petróleo, pues los precios del crudo son muy volátiles y la industria tiende al monopolio; mientras que un modelo basado en fuentes renovables locales tenderá a mejorar la balanza comercial, ya que dejaremos de pagar la factura energética exterior. Comparaciones similares se pueden hacer para los niveles de empleo, la distribución de la renta o el crecimiento. De hecho, si se quiere tener una fugaz visión de ello, puede leerse la última parte de este artículo que yo misma escribí hace unos años.

4) Por último, es en el nivel sistémico donde el análisis se complica, pues de lo que se trataría de ver es si el modelo energético vigente se acomoda -si sólo miramos el ámbito estrictamente económico- a las necesidades del sistema de producción vigente. Por tanto, esta forma de ver el modelo energético nos permite analizar las crisis y los procesos de transición energética, ya que, desde este punto de vista, modelo energético entra en crisis cuando deja de adaptarse a dicho modelo de producción.

Desde mi forma de ver el mundo, es importante tener en cuenta este último punto, pues su corolario es que históricamente las crisis energéticas no se producen por una razón cuantitativa -el fin o el encarecimiento de una fuente-, sino por una causa cualitativa: la no adaptación entre el modelo energético vigente y el modelo productivo, y en general social, vigente.

Desde este punto de vista, dejo en el aire una última reflexión sobre el modelo del petróleo: llevamos casi 40 años hablando de la crisis del mismo; primero porque experimentamos un shock -cuantitivo- de oferta y después porqué pensamos que al quedarnos sin él -su cantidad- el precio aumentará hasta límites insostenibles. Sin embargo, lo cierto es que, mal que nos pese, el mundo del petróleo sigue aquí. A veces parece muy difícil decir el por qué, pero yo intuyo que simplemente se trata de que a nivel mesoeconómico genera unas estructuras de poder energético que se adaptan perfectamente con la tendencia a la concentración de la propiedad capitalista y que, desde un punto de su adaptación al sistema, en un primer momento su gran, maleable y barato flujo de energía se adaptó a la perfección al modelo de producción fordista y de consumo de masas en Occidente; mientras que ahora, la gran cantidad de excedente financiero que genera es ideal para lubricar los mercados de capital internacionales y financiarizar la economía la economía global con la ayuda de los fondos soberanos.

Ahora, entiendo lo inexplicable

Esta mañana he asistido a un acto en ESADE, en el que se presentaba el informe 2012 sobre Fondos Soberanos. Me perdonarán los organizadores, pero ha sido vergonzoso.

Para aquellos y aquellas que no sepan qué son estos fondos, basta decir que son unos fondos de inversión, en función de los casos, estatales, gubernamentales o públicos que se nutren de los superávits de comercio exterior (fundamentalmente saldos de las balanzas por cuenta corriente) y que se invierten en el extranjero. A quién no le suene el término fondo soberano, tal vez le suene el de petrodólar. Los fondos soberanos de hoy, tienen su origen en los petrodólares de ayer, aunque en los últimos años se nutran también de los excedentes comerciales de China, de otras economías asiáticas y, poco poco, de algunas economías americanas o africanas. Desde este punto de vista, no son un fenómeno nuevo, pues ya en el 1961, el incipiente Kuwait Investment Office (KIO), financiaba al ayuntamiento de Londres. Posteriormente, en los 1980s estos fondos, entones en su forma primitiva de petrodólares, tristemente, se hicieron famosos con la crisis de la deuda de América Latina y, como resultado de la desintegración de la URSS y la crisis asiática de 1997, se han generalizado como instrumento de inversión de las llamadas economías emergentes. Cabe decir, sin embargo, que uno de los más potentes y famosos el el fondo de pensiones de Noruega.

Pues bien, la presentación de hoy, no tenía como objetivo contarnos estas cosas, sino decirnos la oportunidad que, para España, hoy, representan estos fondos.

Además de la bienvenida -sobre la que hablaré después-, el acto ha tenido tres partes. En la primera, Javier Santiso, profesor de ESADE y vicepresidente del ESADE Center for Global Economy and Geopolitics (ESADEgeo), autor del Informe, lo ha presentado. De mis notas del acto destacaría dos aspectos: a) su insistencia en que estos fondos son una gran oportunidad para España, que, ya hoy en día, es el principal receptor de los mismos en la Unión Europea, y b) lo que él ha declarado que podían ser los sectores de interés y/o atracción que España ofrecía a estos fondos. Los pueden leer en la página 48 del informe, pero se los digo. Primero, algo que podría parecer normal, las grandes empresas españolas, por sus activos en las economías de America Latina -no por nada que tenga que ver con la estructura económica del país, pero lo que viene a continuación ya no lo es: los clubes de fútbol -especialmente el Barça y el Madrid-; las escuelas de negocios -especialmente ESADE, IESE y EADA- y la cooperación española.

Sorprendente, ¿no?. La gran esperanza de la economía -y, por tanto, entiendo de la sociedad- española es que los fondos soberanos se fijen en el Barça o el Madrid, en ESADE o el IESE, y en la aniquilada cooperación española. En este punto del acto, he echado de menos a José Luis Berlanga. Dudo si al Berlanga de Bienvenido Mr Marshal o el de La Escopeta Nacional, aunque, en realidad, sólo he acudido a este toque de humor para no pensar en la Habana de Batista o en cualquier República Bananera del planeta.

En la segunda parte, reconozco que tanto el representante de Gas Natural-Fenosa, el Sr. Antonio Basolas, como el de Indra, el Sr. Julián de Unamuno, han salido airosos de una situación espinosa, tener que decir lo contento que está tu empresa de tener a estos fondos por socios y/o accionistas y responder a un moderador que se dirigía a ellos de tú; pero, desde mi punto de vista, éste no ha sido el caso para el represente de KPMG, pues éste, el Sr. Antonio Hernández, depués de explicar que KPMG se está posicionando como consultor para estos grandes fondos internacionales, ha dicho lo que todos los demás se habían guardado de mencionar: el gran potencial que el sector inmobiliario español tiene para estos fondos. Potencial, ahora que están a precio de saldo, y potencial que -según mi interpretación- ya explicaría porque España es el país de la Unión Europea que más inversiones de este tipo ha recibido.

La guinda ha llegado en la tercera parte del acto, con el Secretario de Estado de Comercio, el Sr. Jaime García-Legaz. Yo había acudido al acto, por el interés académico que tengo por cómo los Fondos Soberanos pueden cambiar -y de hecho la están cambiando- las relaciones internacionales de las economías petroleras; pero, mi parte de economista y de profesora de política económica -la de ciudadana, ya ni se lo digo- ha encontrado repulsiva la intervención de nuestro Secretario de Estado de Comercio. Por si quienes leen este blog no lo saben, estamos en el momento propicio para atraer inversión (ha insistido mucho en ello), pues ya hemos hecho todas las reformas necesarias -especialmente la laboral- en tiempo récord y de forma ejemplar, para que los inversores acudan a nuestro país. Él no ha hablado de clubes de fútbol  ni de escuelas de negocios, pero sí del sector bancario y financiero y del inmobiliario. No exagero, ha habido un momento que he pensado que se le escaparía lo de Eurovegas.

En resumen, la crisis y el ajuste, en España han servido para que atraigamos fondos de inversión -en muchos casos fuera de supervisión y regulación- para que nos compren, a nosotros mismos o lo nuestro. De pequeñas y medianas empresas, de economía del conocimiento, de entrepreneurship, de creación de un nuevo modelo productivo, nada de nada…. Más allá de lo dicho, en passant, de lo que a estos fondos les podría apetecer nuestro sector sanitario (comentando las gráficas del informe de las páginas 18 y 19)

Una vez más, sobran las palabras, pero, hoy, por fin he entendido la noticia que apareció el pasado 4 de febrero en El País. Su titular rezaba así, España olvida el ahorro de energía con la factura de crudo a máximos. Y, su subtítulo El Gobierno liquida planes de eficiencia mientras la importación de carburantes sube a 45.000 millones ¿No lo entienden? Yo sí, lo veo todo claro. En España apostamos por seguir con la importación de hidrocarburos, no por lo que hoy ha dicho el Secretario de Estado, y cito literalmente, de que tenemos que importar nuestra energia, porque no la tenemos; sino porque mientras sigamos comprando petróleo, seguiremos alimentando a los Fondos de Inversión -a los petrodólares- que servirán para invertir en el país.

Es un círculo virtuoso: compramos petróleo, atraemos petrodólares, alimentamos burbujas inmobiliarias, nos endeudamos, seguimos comprando petróleo, atraemos petrodólares para financiar las deudas, sacamos trabas y vendemos alguna cosilla más,…. En fin, que esta debe ser la razón de fondo para no apostar por la energía que sí que tenemos (el sol y el aire) y para seguir importando hidrocarburos, pues visto así, el cambio, sería un desastre.

De todo ello, lo que más pena me ha dado, es que quién ha inagurado el acto es el Decano de ESADE, Alfons Sauquet, que ha hecho una bonita introducción hablándonos de Marc Bloch, de los Annales d’Histoire Économique et Sociale, de la ocupación Nazi y del régimen de Vichy como resultado del colapso moral de Francia y de su falta de liderarzgo político, económico, social e intelectual. Al oir todo ello, pensé que me dirían que los Fondos Soberanos, ante nuestro colapso, eran una oportunidad para nuestra regeneración moral y para el renacimiento de una nueva ética empresarial. Pero, no amig@s bloguer@s, después de las explicaciones escuchadas, creo que todavía nos tenemos que hundir más en el cenagal.

¿un nuevo modelo del carbón?

Hoy, un joven amigo me ha mandado dos enlaces al The Economist, el primero habla del auge del carbón en China y de su declive en USA, mientras el segundo cuenta que la “nueva” política energética europea conducirá “al peor de los mundos posibles”, al sustituir la energía nuclear por electricidad obtenida a partir del carbón.

Como algun@s de mis lectores sabrán, llevo tiempo apuntando la importancia que el carbón podría tener como fuente energética en el Siglo XXI. Es más, ya he citado alguna vez la frase de Jean Marie Martin-Amouroux en la que se dice que la fuente energética perdedora del Siglo XIX, parece ser la ganadora en el Siglo XXI. Este paso de casi doscientos años, sólo puede tener dos significados y, es en función de ellos, que debemos analizar el papel que el carbón podría tener en la actualidad.

Si el carbón vuelve a ser una de las fuentes energéticas hegemónicas a escala mundial, ello sólo puede indicar que o bien estamos regresando a un modelo energético como el del Siglo XIX -con todo lo que ello conlleva en las formas de producir y consumir- o que estamos creando un nuevo modelo energético con el carbón. Esto que a algunos les puede parecer una perogrullada, para mi no lo es tanto, si se aprehende en todo su significado lo que significa un modelo energético. Para ser breve, diré que, en cada momento de la historia, el modelo energético hegemónico es el que se adapta a lo que se produce, a cómo y donde se vive, a lo que pensamos y, sobre todo, a las relaciones de poder vigentes.

Así, en el Siglo XIX el carbón fue la base energética hegemónica, porque se adaptó a la sociedad del capitalismo manufacturero británico. Este matrimonio “carbón – forma de producir y de vivir” explica el poder que tuvo el Imperio Británico y explica, también, muchos aspectos del Reino Unido: Explica, esa dualidad espacial entre núcleos urbanos-industriales y la campiña británica; explica el tipo de infraestructuras que se desarrollaron -especialmente el ferrocarril- y explica el tipo de actividad industrial que se realizó, pues el carbón, la máquina de vapor, las manufacturas textiles y el desarrollo de la siderurgia son todo uno. Por ello, y como ilustré en alguna entrada anterior, por la necesidad de mineros y por favorecer un modelo productivo intensivo en mano de obra, el carbón también relata el nacimiento del movimiento obrero.

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El carbón, desembrollaría muchas más cosas, pero con esto, por ahora, creo que es suficiente para seguir mi discurso.

Así siguiendo mi argumentación, si, hoy, el carbón se acabara imponiéndose, podría ser que se volviera a una situación equivalente a la a la del Manchester del Siglo XIX.

Lo sé, suena raro, pero, a veces cuando veo imágenes de las minas en China o Mongolia; cuando leo sobre las condiciones de explotación laboral de las grandes manufacturas globales, y cuando sé del gran peso de la siderurgia en China o India, no puedo evitar pensar en Leeds, Manchester o… hacia 1840.

Sin embargo, es cierto, que hay otros factores que hacen pensar que el carbón se adaptará al Siglo XXI. Pero, ¿qué significa eso exactamente?. Bajo mi modo de ver, por la misma definición de modelo energético, ello significaría adaptar el carbón al capitalismo financiarizado y global en el que vivimos. Hoy, en relación a la Inglaterra decimonónica de referencia, además de dar una mayor diversificación a los usos finales del carbón, especialmente como fuente primaria de la electricidad ¿qué implicaría “modernizar el carbón”? Fundamentalmente dos cosas:

  1. internacionalizar las relaciones energéticas del carbón. Es decir, crear un mercado de compra y negociación, cadenas de producción globales y una estructura de gobernanza global, como se hizo con el petróleo a lo largo del Siglo XX. Y,
  2. convertir el carbón en aceptable -o “políticamente correcto”- es decir hacerlo aparecer como limpio

Ninguna de ambas cosas altera la esencia del carbón como fuente de energía, sólo modifica el tipo de actores -empresas, territorios, organizaciones carboníferas internacionales, tipos de capitales…- que intervendrán en el mundo de las relaciones carboníferas del Siglo XXI y, por ello, las relaciones de poder y la geo-política del carbón.

Hoy todavía estamos lejos de saber cómo será -e incluso si será- la escena carbonífera del futuro, sólo tenemos grandes consumidores de carbón en China, Estados Unidos, Rusia, Alemania…. que, en algunos casos adquieren el carbón en el exterior. Dicho esto, puestos a especular, coincido con la idea del segundo artículo del The Economist, cuando dice que en Europa vamos hacia el peor de los mundos posibles. Coincido en lo segundo, pero no en la primero. Si se opta por el carbón como fuente, sino hegemónica, al menos privilegiada de energía en el capitalismo del Siglo XXI, vamos al peor de los mundos posibles, pues hay indicios de que tendremos un capitalismo -global- manufacturero propio del Siglo XIX con unas estructuras monopolítisticas, jeraquizadas, verticales y transnacionales de poder propias del Siglo XXI. Y, además, viviremos en una nube negra. No coincido, sin embargo, con la idea que expresan los dos artículos citados. Es decir, que Europa va mal, mientras Estados Unidos lo hace mejor o China … En las condiciones actuales, si existe un modelo energético hegemónico, éste será el de todos, aunque en él estén los poderosos y los excluidos -como lo ha sido el caso para el petróleo.

Por lo que pueda venir, he mostrado, como recordatorio, las fotos de los mineros y he señalado el horror de las relaciones laborales del capitalismo primitivo. Puestos a hacer activismo energético, tal vez deberíamos empezar a pensar que cada vez que decimos que “los chinos nos hacen competencia”, lo que estamos diciendo es que hacen la competencia a los obreros europeos de hace dos siglos. Dicho así, es absurdo. Es verdad; pero, yo, no me puedo sacar de la cabeza que el carbón ha vuelto a aparecer en escena, cuando globalmente hemos vuelto a reproducir un modelo de relaciones fabriles que creíamos olvidado. Son sólo pensamientos, pero a mi, al menos, me dan qué meditar.

El fascinante cambio de la política energética en USA

Perdí toda mi credibilidad analítica, cuando le dije a un buen amigo mío, siguiendo lo que se me había dicho en la facultad, que no hay ningún dato que no proporcione los resultados deseados, si lo torturas adecuadamente, y que, en esto, los economistas éramos unos expertos. Pero, haciendo gala de mi honestidad, hoy, les voy a presentar unos datos “en estado puro” que creo, que al verlos, llegarán a la misma conclusión que yo.

En dos de mis últimas entradas, a raíz de la compaña electoral en Estados Unidos, he insistido en dos aspectos: la importancia que el discurso de la autonomía energética tiene para ambos candidatos –Obama y Romney-, y el cambio que, tal eventualidad, supondría en la geo-política mundial. Después de escuchar, al uno y al otro, decidí buscar algunos datos.

Primer dato. Producción de energía primaria en EE.UU., por tipo de energía

Fuente: U.S. Energy Information Administration; September 2012 Monthly Energy Review

Desde 1973 hasta la actualidad, salvo algunos años extraños, el grueso de la energía primaria que se produce en los EE.UU. es de origen fósil. Es cierto que hay una cierta progresión de otras fuentes de energía, pero esta avance, reposa, al menos tanto sobre la energía nuclear, como sobre las renovables. De ahí que, por mucho que se pretenda lo contrario, el modelo energético made in USA reposa, mucho más que en Europa, sobre la energía no renovable, contaminante y monopolística –fósil y nuclear-; y, el progreso en las energías renovables es bastante limitado.

Segundo dato. Evolución de las importaciones y exportaciones de energía primaria de EE:UU.

Fuente: USA, Energy Information Administration; September 2012 Monthly Energy Review

Desde 1974 hasta 2066, salvo de episodios en 1979 y 1986, la tendencia de Estados Unidos de importar energía primaria del exterior ha sido creciente, pero desde esta última fecha, la tendencia es la contraria. Este cambio coincide con el aumento de las exportaciones de energía primaria desde EE.UU. hacia el resto del mundo. Puede no parecer mucho, pero desde 2006, hasta hoy en día, se han duplicado. Así, estos datos nos dicen que el primer consumidor –e importador- de energía del mundo está comprando menos, en el exterior, y está vendiendo más.

Tercer dato. Peso de la producción nacional en el consumo de energía de EE.UU.

Fuente: USA, Energy Information Administration; September 2012 Monthly Energy Review

Y, éste es mi preferido, por todo lo que se ve en él. Desde 1974 hasta 2006 – y sobre todo desde inicios de los 1980s- la proporción de energía primaria de origen exterior ha sido creciente en el consumo estadounidense; pero, en sólo cinco años, se ha producido un cambio relevante: de producir localmente un escaso 69% de lo que se consumía, se ha pasado a un 80% en 2011. Por tanto, eso quiere decir que en sólo 5 años, el primer comprador internacional de energía primaria mundial, ha dejado de comprar casi un 16% de lo que compraba. Eso, es mucho y, necesariamente, ha de tener consecuencias en la geo-política mundial. Haciendo un paréntesis, que no puedo evitar, diré que, en esta serie de datos, también se ve otra cosa “extraordinaria”, que es que en los años en los que el precio del petróleo se hundió (mediados de los 1980 y 1998) son los mismos en los que EE.UU. prácticamente dejo de comprar fuera -el caso del 79 es distinto. Ustedes mismos sacarán sus conclusiones… Estos tres datos, hoy por hoy, ¿qué nos dicen? Fundamentalmente, aun no siendo, ni mucho menos, conclusivos sobre la hipotética autonomía energética de USA, sí que lo son en que ha habido un cambio significativo en la tendencia de la política energética de Estados Unidos, en el último lustro. En el mundo del discurso políticamente correcto en el que nos movemos, lo lógico sería pensar que este cambio es para bien; así la menor dependencia energética se traduciría en un aumento de la producción local de renovables, pero eso no es lo que se ve en los datos, ni lo que nos dicen los analistas. Así, debemos pensar que la real disyuntiva estadounidense es entre lo malo y lo malo. Aunque sea un poco largo, les recomiendo que lean este debate entre George Montbiot y Theo Simon para entender de las maldades de las que les hablo.

Cuarto Dato. Generación de electricidad por fuentes de energía.

Fuente: USA, Energy Information Agency; Today in Energy

En cuanto al aumento de la generación de electricidad, aunque el carbón presente una tendencia decreciente y el gas creciente, en este último año ambas fuentes han experimentado un crecimiento notable. Por tanto, hoy, parece que el crecimiento en el consumo de electricidad, reposa sobre las fuentes fósiles.

Quinto dato. Evolución de la producción de Gas Natural en Estados Unidos

Fuente: USA, Energy Information Agency; What is shale gas and why is it important?

Se prevé que casi el 50 por ciento de la futura producción de gas natural, provenga de fuentes no convencionales, cuya extracción, incluso la propia Energy Information Administration reconoce que es potencialmente peligrosa, pero que es de origen nacional. Eso ya sé que es especular, pero… ¿tendremos un coche eléctrico alimentado con energía sucia?

De todos estos datos, ¿qué deduzco?. La verdad es que no se observan grandes cambios en el modelo fósil vs. no fósil de Estados Unidos, pero sí que, desde mi punto de vista, hay dos elementos relevantes: a) lo que yo interpreto como una cierta confirmación de que en USA, tanto demócratas como republicanos, llevan tiempo apostando por la producción nacional en detrimento de la importada y, b) la paradoja de que aunque nos movamos del petróleo a la electricidad (cuya muestra más evidente es el coche eléctrico), podría ser que la fuente que nutriera ese transporte limpio fuera cualquier forma “moderna” de energía fósil (carbón limpio, gas no convencional ….)

El corolario de estas dos observaciones es algo, para mi, curioso, pues nunca lo había pensado antes. En la batalla energética que se está librando en USA, los grandes ganadores son los llamados productores independientes, los pequeños productores de Texas, de Pennsylvania y, ahora, de Dakota del Sur, de Colorado y otros…que, siempre estuvieron allí y que fueron los que, de verdad -más que las supermajors internacionales-, públicamente presionaron en las campañas presidenciales. Si de verdad hay una apuesta por la autonomía energética en Estados Unidos, visto el poco peso del sector renovable, las llamadas independientes serán las grandes ganadoras del nuevo escenario energético.

Ecológicamente se “te ponen los pelos de punta” y democráticamente, otro tanto, pero para un analista de la geo-política de la energía es fascinante: ¿Qué pasará en la geo-política mundial si Estados Unidos se va retirando progresivamente del “mercado” internacional?

La lección de la tragedia de Fukushima

Hoy se ha presentado en el Center for Strategic and International Studies el informe oficial sobre el accidente nuclear de Fukushima, elaborado por una comisión independiente por encargo de la Dieta de Japón. Quién lo ha presentado es el Chairman de esta comisión el Doctor Kiyoshi Kurokawa. Aunque yo he asistido al acto, un poco atraída por el título, al iniciarse éste, me he dado cuenta de la suerte que había tenido de poder asistir a él. Suerte, porqué, si he entendido bien, era la primera presentación del informe en Estados Unidos, coincidiendo, y parece que ello ha sido casualidad, con la publicación on-line del informe, completo, en inglés; suerte, por poder escuchar, en vivo y en directo, el relato del Sr. Kurokawa, como primera persona responsable del primer informe oficial independiente que se realiza en la historia del Japón constitucional –el de después de la Segunda Guerra Mundial-; y suerte por escuchar unas conclusiones valientes y que, si alguien les hace caso, podrían tener repercusiones enormes para Japón, claro está, pero también para todos aquellos países con instalaciones nucleares en su territorio. Sólo llegar al acto, me han dado el resumen del informe, en el que se incluye el mensaje inicial de Doctor Kurokawa. Sólo este mensaje es, ya, demoledor: (…) the accident at the Fukushima Daiichi Nuclear Power Plant cannot be regarded as a natural disater. It was a profoundly manmade disaster. (…) This was a disaster “Made in Japan” (…) Following the 1970s “oil shocks”, Japan accelerated the development of nuclear power (…) It was embraced (…) with the same single-minded determination that drove Japan’s poswtar economic miracle. With such a powerful mandate, nuclear power become an unstoppable force, inmune to the scrutiny by civil society (…).

En su explicación oral -también en el conjunto del informe- el Doctor Kurokawa ha insistido, y mucho, en los aspectos que han propiciado esa inmunidad de la industria nuclear al escrutinio de la sociedad civil. Según él, tres son las causas: el monopolio de las compañías eléctricas que gestionan las centrales nucleares, la captura de los órganos reguladores y legislativos, por parte de este monopolio, y una estructura japonesa de gestión totalmente jerárquica en la que nunca se cuestiona la autoridad del superior. Entre el público, varias personas le han preguntado si aquello que él contaba no era aplicable también a Estados Unidos. Su respuesta ha sido que, puede que la captura sea la misma, pero que en USA hay más transparencia y más cuestionamiento de las decisiones que se adoptan o dejan de adoptar. Es cierto que si una piensa que el informe, que hoy se ha presentado, es el primer informe oficial independiente -y participativo- en la historia del Japón contemporáneo, el hombre tenía razón. Pero, yendo más allá, lo que yo me he preguntado, pensando en España, es si realmente existe una diferencia entre Japón y nosotros si, en ambos casos, los monopolios eléctricos capturan la política energética, son los que, de facto, nos “informan” sobre las ventajas e inconvenientes de cada opción energética, deciden las regulaciones y lo que es seguro y lo que no. Es cierto que, en España, el movimiento antinuclear ha tenido sus victorias; también muchos fracasos. Sin embargo, en estos últimos años, creo que lo que el Doctor Kurokawa nos dice para el caso de la industria nuclear en Japón, serviría para España, en nuestro caso unas pocas empresas controlaran todo el espacio eléctrico y son las que, aunque no exista esta estructura jerárquica incuestionable, han capturado, también, el discurso. Lo vemos con nuestra factura, lo vemos con una errática política energética, corto placista, que sólo puede explicarse por la estrategias de beneficio inmediato de los accionistas eléctricos. Lo vemos con el vaivén de legislaciones contradictorias, y, lo hemos visto con el abandono de las eléctricas –cuando lo han tenido que pagar- de Garoña. Y, está claro, lo vemos en la relativa –aunque, quiero pensar, creciente- poca oposición que todo ello tiene. Para mi, hoy, después de tener el privilegio de escuchar a este ponente, tengo una cosa muy clara: el mayor riesgo de un determinado modelo energético no es si contamina más o menos, si es más caro o menos, si está basado en un recurso finito o no. El mayor riesgo es si pocas, y poderosas, empresas lo controlan, pues con su poder absoluto, nos tendrán en sus manos y tendremos que pensar y hacer lo que ellas quieran. Como, creo, he dicho en otras entradas, no hay ninguna forma de producir energía segura, siempre puede ocurrir un accidente imprevisto. Esta incertidumbre es el precio que los seres humanos pagamos por tener un mayor bienestar (cada uno o una decidirá lo que entienda por él). Pero, ante ella, lo que realmente es justo es explicitar que este riesgo siempre existe. En una sociedad democrática –de verdad- los ciudadanos, siendo conscientes de esos riesgos, decidiremos qué es lo que queremos y lo que no. Realmente, esto es lo más relevante de este informe. Decir, como valientemente ha hecho hoy el Doctor Kurokawa, que el accidente ocurrio porque no se dieron las condiciones para que la sociedad civil -¿los ciudadanos?- supiera y actuara en consecuencia.