Debate energético: indios de pies blancos y de pies negros

En un comentario de mi entrada anterior, se me pregunta por qué los franceses no se aclaran, en relación a la cuestión nuclear. Hace unos días, mi ya archicitado George Monbiot publicó una artículo en The Guardian, cuyo título es Nuclear vs. Nuclear vs. Nuclear, en el que ya no se plantea si es mejor cualquier alternativa energética frente a la nuclear, sino que aboga por una elección entre tres tipos de tecnología nuclear. Para mi, esto ya es el colmo, !me supera! Así que, hoy, he empezado a pensar en el enigma de los indios de pies blancos y los indios de pies negros. Es más, he empezado a recordar la versión «diabólica» del mismo: en la que aparece un tercer tipo de indio de pies grises que responde aleatoriamente a lo que se le pregunta.

Llevo años interesándome por las cuestiones energéticas, los mismos años que llevo leyendo sobre ello y asistiendo a foros de debate y, desde hace un tiempo, me siento como el visitante de la isla que sabe que hay unos que dicen la verdad (los indios de pies blancos) y otros que mienten sistemáticamente (los indios de pies negros), pero que no sabe a quién preguntar ni qué opinar, pues los mocasines le impiden ver el color de los pies de los indígenas.

Cualquiera que asista regularmente a debates de política energética sabe que, según quien sea su interlocutor, puede convencerse simultáneamente de la bondad o la maldad de cualquiera de las alternativas energéticas que hay sobre la mesa. Por ejemplo, un día vas a un foro de debate y te dicen: el petróleo es insostenible porque se acaba, en cambio el sol es bueno porque es inagotable. Perfecto, sales y te lo crees. Al día siguiente, lees algún artículo, y en él descubres que no tenemos suficiente espacio para colocar tantas placas solares como sería necesario para cubrir la demanda mundial, mientras que las infraestructuras del petróleo, del gas, o del carbón ya están hechas y sabemos el espacio que ocupan. !También te lo crees! Una semana después, te enteras de que si las placas solares fueran del tipo X, en vez del Z, sí que tendríamos espacio, pero entonces el coste del Kw sería astronómico, pero que en cambio este mismo coste producido con energía nuclear «está tirado». Te lo vuelves a creer y, entonces, esa misma tarde, te enteras que….así ad infinito.

Tengo claro que en el debate energético todos llevamos mocasines. Estos son el hábito que cubre al geólogo, al físico, al ingeniero, al economista….Tengo claro, también, que en esos mocasines hay indios de pies blancos, los que de la forma más honesta posible introducen en el debate las conclusiones de su saber y análisis, e indios de pies negros, los que sirven a los intereses de la industria energética. Pero hay algo más: el debate energético está secuestrado por algunas disciplinas que lo han reducido a aspectos muy parciales del «todo» energético. En mi disciplina, la economía, esto es evidente. Parece que la única razón para adoptar uno u otro modelo energético es el coste de la energía final para la empresa oferente. Siguiendo mi argumento, si a un economista «estándar» se le pregunta sobre la bondad o maldad de una determinada forma de producir y suministrar energía responderá en función de si es más o menos cara que otra, pero sobre todo lo demás, actuará como el indio de pies grises, responderá según sople el viento o según sus filias o fobias.

En realidad un modelo energético se impone si cumple su función dentro del sistema. Ello implica que ha de ser accesible –asegurar el acceso a una energía útil moderna-, ha de estar disponible –tener asegurado un suministro continuo y de calidad-, se ha de adaptar al modelo productivo vigente y, sobre todo, ha de ser aceptado en términos tanto políticos, como sociales y ambientales. Así, opinar sobre la bondad o maldad de un determinado modelo es extremadamente complejo, pues en ello intervienen cuestiones físico-geológicas, interviene el grado de desarrollo científico-técnico, el desarrollo de las infraestructuras, el ordenamiento regulatorio-legislativo, la organización económica-empresarial y el régimen político-social. 

Ante esta complejidad, mi ruego a todos aquellos y aquellas que participamos en el debate energético es que seamos humildes -reconociendo que cada uno de nosotros sólo aporta una micro-parcela de conocimiento- y honestos -admitiendo que aquello sobre lo que opinamos tiene consecuencias en todos los ámbitos de la sociedad. Para ello, los que no se quieran esforzar mucho, basta con que digan cuál es su modelo de mocasín y limiten su discurso a su marca de zapatos; y los que quieran trabajar más que acepten holísticamente el fenómeno energético, contribuyendo así a crear un nuevo marco de análisis. Quienes declaren lo que son, al menos, permitirán descubrir quienes son los indios de pies negros del debate energético. Los otros evitarán la proliferación de medidas de política energética inspiradas en las opiniones de la subespecie de pies grises que sólo sirve para intoxicar el debate, mientras sirven a los intereses de la industria energética dominante.

Alerta en el paraíso nuclear artificial

Ayer, el periódico Le Monde, en primera página publicaba que Francia no tiene los medios suficientes para sustituir su obsoleto «parque» nuclear.

La fuente de la noticia es  el tribunal de cuentas francés, que publicó una nota de prensa con unos datos, previsibles, pero asombrosos. Sólo en el año 2010, la inversión en las centrales nucleares francesas, sin la del Supehénix fue de 121 mil millones de euros ; se destinaron 188 mil millones de euros a investigación nuclear; los gastos corrientes ascendieron a 640 millones de euros. Además, según el propio tribunal de cuentas, se prevén unos costes crecientes de producción de la electricidad nuclear, hay incertidumbre sobre los futuros costes de almacenamiento de desechos y desmantelamiento de centrales nucleares y se vislumbra un aumento de las inversiones de mantenimiento. La nota acaba diciendo que el tribunal considera recomendable que no se efectúen, de forma implícita, más inversiones nucleares en el futuro, mientras recomienda que se formule explícitamente una estrategia energética y que ésta se debata de forma clara y transparente.

A la luz de esta nota de prensa, y del informe que le precede, considero que algo muy «fuerte» debe estar pasando en esa Galia nuclearmente irreductible, pues la divulgación de este informe es como si un tabú desapareciera. Francia es el país del mundo más dependiente de la energía nuclear (74% del total de la electricidad producida) y quien tiene la empresa nuclear más influyente del mundo AREVA. Hace tan sólo unos días -como ya expresé dos entradas más abajo- desde un think-tank tan prestigioso como el Ifri se defendía la industria nuclear como la opción energética más «económica» y creadora de empleos y, hoy, los datos dicen lo contrario. No se si esta nota de prensa significa el inicio el inicio del fin de la industria nuclear gala, pero lo que es seguro es que, viniendo de quién y de donde viene, muestra sin ningún lugar a dudas, más allá de otras cuestiones morales, ideológicas y ambientales, que la energía nuclear no es barata, que en tiempos de crisis no nos la podemos permitir, y que su futuro es incierto.

Ahora que está tan de moda pedir la supresión o el adelgazamiento de las instituciones que garantizan el correcto funcionamiento del Estado de derecho, este informe del tribunal de cuentas francés muestra lo importante que es asegurar que las instituciones democráticas funcionen correctamente. Nunca pensé ver en Francia, paraíso de los lobbistas nucleares, que un informe de este calibre fuera primera página de uno de los más prestigiosos periódicos del país vecino y noticia en otros. Veremos cuáles son las consecuencias de ello, pero puestos a soñar, empecemos a imaginarnos cómo podría ser energéticamente Europa si Francia modificara su política nuclear.

¿Seguro que es por el déficit?

Hoy, leo en El País, el siguiente titular, «El Gobierno decreta un parón en las renovables para taponar el déficit«, con ello se espera dejar de gastar unos 7.200 millones de euros. Hay aspectos de esta medida que ya quedan reflejados en la noticia, como por ejemplo, el hecho que las primas a las renovables no salen de los Presupuestos Generales del Estado, sino de las facturas del consumidor, o los efectos que esta medida puede tener sobre uno de los pocos sectores de la industria española en auge y creadores de empleo. Más allá de ello, con esta medida queda claro que el mismo gobierno que está dispuesto a invertir en cementerios nucleares no esté dispuesto a invertir en renovables. Esta cuestión quedó también comentada en una entrada anterior, así que tampoco ahondaremos en ella; pero ya que últimamente nos pasamos la vida buscando de dónde arañar euros al gasto, voy a dar una idea.

Si se miran las estadísticas de Balanza de Pagos que proporciona el Banco de España, se observa lo siguiente: en 2010, como lo fue en todos los años anteriores, el principal renglón de las importaciones de la balanza comercial es el de los productos energéticos. En 2010 más de 35.000 millones de euros se destinaron a este concepto (casi 5 veces más que lo que el gobierno pretende ahorrar con el no pago de primas a las renovables y un 60% de lo que pagamos al exterior por compras de bienes). Además, como grupo, a quien España compra más es a la OPEP y la CEI. Lo que debe querer decir que buena parte de esta factura es por la compra de petróleo crudo y de gas natural.

Si se piensa que:

a) nuestras importaciones arrojaron estas cifras en un año en el que el precio del crudo no fue excesivamente alto -además de beneficiarnos de una relación euro/dólar que no acaba de bajar- y

b) en España, tenemos un grave problema de financiación externa

Parecería más lógico buscar la manera de reducir -para siempre- una factura energética exterior, que es muy superior a la de las renovables, que acabar con la posibilidad misma de un nuevo modelo energético . Comparando cifras, lo coherente es esta conclusión.

Sin embargo, como frecuentemente digo, en política energética lo de menos son las cifras y los costes, y lo de más lo que impone la industria energética main-stream. La medida que acaba de adoptar el gobierno es una prueba más de ello. Sólo queda un consuelo, que en esta cuestión «Spain is not different». En los últimos días, si se sigue la prensa del país vecino, descubriremos que la crisis económica ha barrido el discurso político-verde, mientras miembros del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (Ifri) justifican un redoble en lo nuclear, argumentando que en cuestiones de política energética la ideología es una mala consejera. Personalmente, con el simple esbozo de datos que aquí muestro, tengo mis dudas.

¡Nos ha tocado el gordo!

En plenas vacaciones navideñas, mientras padecemos recorte tras recorte, mientras el paro alcanza cifras astronómicas, y mientras se asume que, en cuestiones de política económica, haremos aquello que los «mercados» nos dejen hacer, el flamante gobierno español anuncia que una de sus primeras medidas será, después de que esta decisión quedara en un cajón durante los últimos años, la construcción de un cementerio nuclear (Almacén Temporal Centralizado, ATC) en Villar de Cañas y la revocación del cierre de la central de Garoña hasta el 2019.

Esta decisión sorprende por varias razones:

1) La sorpresa inmediata se debe, aunque la comparación pueda ser muy simple, a su elevado coste. La organización Greenpeace establece una cifra de unos 2.000 millones de euros. Es decir, mucho más que cualquiera de los recortes que el mismo gobierno acaba de anunciar para cada uno los ministerios españoles. Aunque no sea lo mismo el gasto corriente que la inversión pública, el ATC es muy caro y es difícil entender cómo es que sí nos «podemos permitir» estos 2.000 millones.

2) La segunda sorpresa se debe a que parece una medida precipitada, parcial (no se ha presentado todavía ningún plan estratégico de lo que será la política energética en España) y que se adopta sin ser coyunturalmente necesaria. De hecho, hay un exceso estructural de potencia eléctrica instalada en España

3) La tercera sorpresa es porqué se adopta en España, un país con una tradición anti-nuclear arraigada que, a pesar de sus vaivenes históricos, se ha reforzado después de la tragedia de Fukushima del año pasado.

Es resumen, el gobierno ha adoptado una medida cara, precipitada e impopular; salvo, claro está, para los integrantes del lobby nuclear en España, agrupado en torno al Foro Nuclear, y los habitantes de Villar de Cañas, que declararon que les había tocado la lotería para seis décadas. Ante ello, se me ocurren tres alternativas mejores:

1) No hacer nada. Dejar las cosas como están a la espera de definir qué modelo energético queremos.

2) Gastarlo en reactivar la demanda. Si nos podemos gastar 2.000 millones, no veo porqué no podemos repartirlos para que los recortes sean menores o para paliar los efectos del desempleo.

3) Gastarlo en un modelo energético de futuro. Si queremos invertir 2.000 en la política energética del mañana. Hagámoslo en lo que de verdad dará futuro a nuestro país o, si se prefiere, a Villar de Cañas. Invirtámoslo en producción eléctrica descentralizada. Frente al «viejo» nuclear, construyamos un «nuevo» modelo descentralizado y basado en fuentes renovables.

Más allá del innegable riesgo de contaminación nuclear, se me ocurren varias razones para ello:

  • Nos ahorraremos el coste de las importaciones del uranio y de la tecnología nuclear
  • Nos ahorraremos los costes de la energía primaria, pues ni el sol, ni el aire ni el agua se pagan
  • Nos ahorraremos los costes de las infraestructuras de transporte internacional y de almacenamiento de residuos, pues cuanto más cerca esté la producción del consumo, menor es este coste
  • Crearemos nuevas actividades económicas, derivadas de los nuevas formas de producción de energía, en el conjunto del territorio nacional, frente a una forma de producción de energía centralizada a cuya tecnología sólo tienen acceso aquellos países autorizados para ello.
  • Incentivaremos la innovación tecnológica y la incitativa de pequeños y medios emprendedores, frente a una quimera tecnológica que requiere miles de miles de millones invertidos de forma centralizada a través de las agencias nucleares

Por último, al acercar la producción de energía al consumidor, dejaremos de considerar -en los países consumidores– la cuestión energética como algo ajeno a los ciudadanos y ciudadanas y que responde a unos designios, a los que nos tenemos que doblegar, pero que están fuera de nuestro control. Llama la atención que aquellos vinculados de forma directa o indirecta con la producción de energía consideren que les ha tocado la lotería -o gocen del maná divino- por tener un yacimiento, una mina, una central nuclear o, en su defecto, un cementerio. Pareciera como que para producir y consumir energía el mundo se tuviera que dividir entre aquellos a los que los dioses o los poderosos les han otorgado el privilegio de la «renta» o la lotería, y aquellos excluídos que tenemos que pagar por ella.

¿No sería mejor que las relaciones energéticas -las de producción y consumo- se produjeran a partir de unas fuentes primarias (sol, aire, agua) de libre acceso e inter pares? Esta es la única vía que se me ocurre para unas relaciones energéticas más justas e igualitarias. Frente a ello, cualquier macro inversión nuclear, que requiere años de construcción y décadas de amortización, es un paso más hacia un modelo energético centralizado, excluyente y que sólo beneficia a los miembros del lobby nuclear y a alguna localidad «tocada» por la Suerte.