Más sobre desopepización

Realmente sólo tengo media hora para escribir esta entrada, pero acabo de leer una noticia que, según mi modo de entender, requiere algo más que un retweet.

Es una noticia de Reuters Canada, que se titula Exclusive: In mammoth task, BP sends almost three million barrels of U.S. oil to Asia. La pueden leer entera, pero básicamente cuenta lo siguiente:

  1. British Petroleum ha iniciado una operación de venta de tres millones de barriles de petróleo no convencional de Estados Unidos a Asia.
  2. British Petroleum puede hacer esta operación debido a que controla gran cantidad de infraestructuras petroleras internacionales y tiene el know how para poder sacar provecho de los diferentes precios y condiciones del mercado “internacional”.
  3. Se inició este tipo de operaciones a mediados de Septiembre, cuando British Petroleum fletó un petrolero, de nombre Felicity, desde Gola (Texas) hacia Malasia.
  4. Estos fletes de petróleo desde USA hacia Asia no pasan por en Canal de Suez, sino que viajan vía África del Sur hacia el Linggi International Transhipment Hub en Malaysia.
  5. Este tipo de operaciones podrán prosperar en la mediada que haya diferencias entre los distintos precios “internacionales” del petróleo y transporte; y, en este momento, se ven favorecidas por el anuncio de recorte de producción de la OPEP, que favorece que otros productores -¿el petróleo de Estados Unidos?- entren en el mercado internacional.
  6. El refinador chino Sinopec a través de Unipec, está ya fletando unos 2 millones de barriles al día de crudo WTI.

En el corto tiempo que tengo para comentar estos datos, sólo puedo esbozar algunos no reflexionados apuntes que, por ahora dejo en este blog, por si algún analista más agudo que yo les puede ir sacando punta.

  1. Estados Unidos parece estar perdiendo su categoría de país consumidor; ¿pasará a ser exportador?
  2. El mercado internacional está roto si existen precios distintos; ¿tendemos hacia una regionalización del mercado del petróleo?
  3. La OPEP se está usando para excusa para reconfigurar una nueva estructura de gobernanza internacional; ¿Qué sentido tiene que se le pida que recorte su producción, si es para que otros ocupen su lugar en el mercado?
  4. Parece que volvemos a un contexto petrolero en el que grandes compañías, como British Petroleum, realizan su actividad independientemente de las necesidades energéticas de “sus” respectivos países; ¿Qué pasará con la Agencia Internacional de la Energía?
  5. Parece que definitivamente han entrado como grandes demandantes internacionales las compañías chinas, ¿Serán éstas -solas o en alianza con las herederas de las Siete Hermanas– las nuevas compañías petroleras internacionales?
  6. ¿Qué significado podría tener para los equilibrios de Oriente Medio, que Suez tenga que compartir su protagonismo con otros lugares de paso?

Y, por último esto -y sé que es una de mis obsesiones- requiere abrir de una vez por todas el debate de los costes; ¿realmente es más barato extraer petróleo no convencional de Estados Unidos, embarcarlo en mega tankers, atravesar el Atlántico y el Índico, para venderlo en Asia, que extaerlo de los “buenos” yacimientos de Oriente Medio y trasnportarlo por las vías habituales?.

En fin, nada de todo esto tiene mucho sentido, pero lo que es seguro es que es una muestra más de la desopepización.

 

 

El papel de vocero de la OPEP

El pasado 30 de noviembre se celebró en Viena la centésimo septuagésima primera reunión de la OPEP. Esta reunión, que tuvo lugar en la discreta sede central de esta organización, generó gran expectación.

opec-zentrale-wien-sterreich-opec-headquarters-vienna-austria-e0dgbyA lo largo de esa mañana, entre los y las seguidoras de la cuestión, hubo gran movimiento en las redes sociales, que se empezó a calmar a partir de la difusión de una breve entrevista al ministro saudí del petróleo, justo antes de que empezara la reunión, en la que él daba a entender que se llegaría a algún tipo de acuerdo. Esta entrevista fue suficiente para que los precios del crudo en el mercado internacional empezaran a subir. El anuncio posterior de este acuerdo, que se concretó en un compromiso de reducir en 1,2 millones de barriles al día la producción, para llegar a una cuota de exportación conjunta de 32,5, consolidó esta tendencia. Los precios del Brent subieron un 10%, situando el precio del barril por encima de los 51$. Las expectativas son, que a mediados del 2017, el este precio alcance los 60$/br.

Todo ello, a los racionales de verdad, debería darnos mucho qué pensar sobre qué es lo que mueve realmente a los precios.

Si algo demuestra el hecho de que un simple anuncio modifique el rumbo de los precios, es que la OPEP (o algo equivalente a ella) todavía cumple una función de vocero en el marco de la estructura de gobernanza internacional del petróleo, pues el mercado del petróleo siempre necesita de alguien con credibilidad que sea, más que el gestor de la escasez, el portavoz de la misma. Lo que, hoy no es, ya, tan claro es que la OPEP pueda mantener ese papel a medio o largo plazo.

Existen dos maneras de interpretar históricamente el papel de la OPEP. La primera, y más extendida, es que la OPEP ha sido una camarilla cartelista, que de forma unilateral y egoista ha decidido el destino de la oferta petrolera internacional, en función exclusiva de sus intereses nacionales. La segunda, y menos extendida, es que la OPEP ha sido una camarilla cartelista, que de forma multilateral ha incidido en el destino de la oferta petrolera internacional, en función, en concreto, de las necesidades de la economía de Estados Unidos; al tiempo que obtenía ciertos beneficios por ello.

En estas explicaciones históricas, la primera atribuiría los shocks del petróleo de los años 1970s a una bravuconada de los países -árabes-  de la OPEP y, la segunda, atribuiría ese mismo aumento a la necesidad de la economía norteamericana -y del sector petrolífero estadounidense, en particular- de que sus precios nacionales del petróleo -con costes sustancialmente mayores que los del petróleo de Oriente Medio- se realinearan con los internacionales, evitando así que el resto de economías del mundo se beneficiaran de unos costes energéticos inferiores a los suyos propios (piénsese que hasta los 1960s, Estados Unidos pagaba -u obtenía- un petróleo un 50% más barato que el resto de las economías occidentales -incluido Japón-, pero que a finales de 1960s esta diferencia había desaparecido y la tendencia se había invertido, pues el precio del petróleo estadounidense era de 3,50$/br, mientras que el que los europeos y japoneses adquirían en el mercado internacional era de 2$/br.).

Yo, personalmente, me quedo con la segunda interpretación, pues desde que a raíz de los shocks del petróleo los precios negociados en el mercado americano (WTI) y los internacionales (BRENT) se realinearon, hasta el momento en que se hizo visible “el fenómeno del fraking”, la evolución de ambos precios ha ido a la par.

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Sin embargo, que a mi me parezca más racional explicar la evolución de los precios del crudo en el último cuarto del Siglo XX por las necesidades de la primera economía del mundo, que explicarla por las declaraciones u ocurrencias de los miembros de la OPEP, no resta validez al hecho de que éstas han tenido y tienen su efecto -en el corto plazo- para hacer cambiar de rumbo la tendencia de los precios. La prueba, el efecto sobre el precio del crudo del acuerdo de Viena de hace unos días.

Desde este punto de vista, aunque yo haya declarado lo contrario infinidad de veces, la OPEP no está muerta, pues su discurso parece seguir teniendo efecto. A pesar de ello, arrecian las dudas sobre si el contexto internacional, en general, y la economía y el sector petrolífero estadounidense, en particular, favorecerán que esta tendencia se mantenga a lo largo del tiempo.

Creo que se podrían enumerar bastantes factores que indicarían que, en este momento, ya no se dan las condiciones para tal aumento de precios, pero tales explicaciones se pueden reducir a tres líneas de argumentación.

La primera es que, aunque se produjera la reducción de 1,2 millones de br/día anunciada por la OPEP, seguiría existiendo una abundancia global descontrolada de producción de petróleo a raíz de la individualizada producción de petróleo no convencional en Estados Unidos; a raíz de la reincorporación plena a la OPEP de Iraq, Irán y Libia; a raíz de la creciente descentralización -por no decir fragmentación- de algunos productores de la OPEP como es el caso de Iraq y la Región Autónoma del Kurdistan o lo que parece estar ocurriendo en Libia; y a raíz de la sucesiva incorporación, desde inicios de los 1990s, de otras productores internacionales como son los africanos o las ex-repúblicas soviéticas, Rusia incluida. Dicho de otro modo, hoy en día no parecen darse las condiciones para que emerja un nuevo cartel con capacidad real para gestionar -creando la ilusión de la escasez- la abundancia de la producción de petróleo -que, dicho sea de paso es el eterno problema del sector.

La segunda es que en un discurso sobre la transición energética, en el que ha primado el argumento de los costes, la evolución del precio del petróleo tiene una correlación positiva con los argumentos y la firmeza de las políticas a favor de la implantación de un modelo energético eléctrico y renovable. En otras palabras, si subieran los precios del crudo, sería muy difícil sostener, frente a unas poblaciones muy concienciadas con las cuestiones energéticas y ambientales, la continuidad de las políticas energéticas fosilistas.

Y, la tercera es, que en este momento en el mercado internacional, además de Estados Unidos existe otra gran economía, fuera del paraguas de la OCDE, que adquiere petróleo y que, posiblemente, realice sus previsiones energéticas, no pensando en los costes internos de su industria petrolera nacional, sino en el desarrollo de su economía nacional. De hecho, es muy posible que el objetivo no sólo China, sino la mayoría de economías asiáticas (que son los grandes compradores del -e inversoras en el- petróleo de Oriente Medio) sea que el precio del petróleo internacional sea lo más bajo posible y no aquél que permita mantener competitiva a su industria petrolífera nacional.

Así, en este contexto, parece difícil que el papel de vocero de la OPEP se pueda mantener a largo plazo, pues su credibilidad se verá pronto cuestionada por los hechos. A día de hoy, sólo se me ocurre un argumento para apuntar hacia un aumento de precios sostenido: que los mercados financieros faltos de liquidez especularan en los mercados de futuros del petróleo, para que se produjera una alza en los mismos que alimentara de nuevo el mundo de petrodólares -o Fondos Soberanos como hoy les llamamos.

Dicho todo esto, y dejando claro que moralmente estoy en contra de lo que ello implica, quiero recordar que, aunque sufra infinitas transformaciones, la industria petrolera internacional sólo se podrá sostener bajo una estructura cartelizada que asegure que el destino de las cantidades producidas y el precio al que éstas se venden va en el mismo sentido que las necesidades de quien marca el rumbo a la evolución de la economía mundial. Quién gestionará y será la cara visible de esta estructura es lo que hoy en día los gestores de la industria petrolera internacional habrán de decidir. Y, si realmente se sigue apostando para que la OPEP siga cumpliendo su función de vocero, de forma eficaz, al menos:

a) debería acabarse con toda la producción individualista y descontrolada de fuera de la OPEP -me refiero fundamentalmente al fenómeno del fraking;

b) debería asegurarse que se recompone la centralidad territorial de las compañías petroleras nacionales de los países de la OPEP; y

c) debería revisarse la composición de miembros de la OPEP.

Todo ello, sin olvidar que en el otro lado, el de las empresas y países, que hemos llamado consumidores, las alianzas también están por revisar.

Hoy en día, lo aquí dicho, parece una carta de mínimos a los Reyes magos, pero en mi opinión, sin al menos estas tres condiciones, es difícil que los precios, por un simple anuncio de la OPEP, suban y se mantengan en un nivel suficientemente alto a lo largo del tiempo.

 

Cartografiado apunte sobre el precio del petróleo

Encargué al joven cartógrafo Juan Pérez Ventura, uno de los autores del blog el El  Orden Mundial en el S. XXI, que me hiciera un mapa ilustrando tres momentos históricos de los flujos internacionales y marítimos del petróleo. Mi objetivo, al encargarle este mapa, era doble: a) mostrar gráficamente lo mucho que han cambiado los flujos del petróleo en poco más de medio siglo; b) explicar la poca relación que existe entre estos flujos físicos de petróleo y los precios del mismo.

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La elección de los tres momentos no es casual. En los años 1950s, el principal comercio internacional de petróleo se realizaba entre Oriente Medio y Europa, pero el precio lo fijaba un cártel del siete compañías, la llamadas Siete hermanas, vendiendo el petróleo barato de buena calidad de Arabia Saudita o Iraq a Europa, al precio del petróleo del Golfo de México. Este era un precio fijado a priori y arbitrariamente, en el que la cantidad de petróleo producida, comprada o vendida, no incidía en el precio del mismo.

El segundo momento es un mapa de que ilustra la situación al final de los años 1970s, después de los dos shocks del petróleo (1973 y 1978-79). A partir de ese momento, a pesar de que la mayor parte del petróleo que se comercializaba internacionalmente, tenía como origen los territorios de los países de la OPEP, el precio pasó a referenciarse al precio del crudo de dos lugares geográficamente alejados de la OPEP, y de producción cara y minoritaria: la plataforma Brent en el Mar del Norte entre el Reino Unido y Noruega, y el West Texas Intermediate, Cushing (Oklahoma). Por tanto, desde inicios del 1980s, más de las dos terceras partes del crudo mundial se negocian, venga de donde venga la producción, tomando como referencia  los precios de los crudos del Atlántico Norte. Lugar,  alejado de los principales lugares de producción de crudo de uso internacional, que en su mayoría se hallaban en el América del Sur, África y Oriente Medio.

El tercer momento es el actual. En el tercer mapa se observa que la producción de crudo geográficamente se ha diversificado mucho, al tiempo que los flujos hacia Asia y el Pacífico se han incrementado sustancialmente. Sin embargo, no ha habido modificación significativa en la forma de fijar los precios. En relación al momento anterior, lo único que se podría añadir es que la modalidad de compra a venta a futuros de petróleo en el mercado Brent y WTI se ha generalizado.

Aunque los mercados a futuros fueron concebidos como una forma de protección frente al riesgo e incertidumbre futura, tanto de vendedores como compradores, con el tiempo, los títulos del petróleo se convirtieron en un activo financiero más en el que invertir y con el que especular. Aunque estos mercados son muy opacos, se estima que en los años previos a la crisis en estos mercados se podrían obtener tasas de retorno del 700%. Es más, se estima que a mediados del 2008,  el volumen de negocio en el mercado Brent a futuros era el equivalente a unos 518 millones de barriles al día, cuando en el espacio físico real, el de los flujos de energía, sólo estaban circulando unos 85.

Con ello, no es de extrañar que históricamente, como explicaba en una entrada anterior, salvo por alguna excepción como al del año 1973, el precio y las cantidades de crudo no estén correlacionadas. Más allá de ello, lo que hoy quería aportar con estos mapa, es un elemento adicional de reflexión al debate sobre por qué suben o bajan los precios del petróleo.

En el pasado, los precios que se fijaban unilateralmente desde el Golfo de México para todo el mundo, no reflejaban que la mayor parte del petróleo que fluía por éste tenía su origen en Oriente Medio y se dirigía hacia Europa; en la actualidad tampoco existe relación, pues los precios geográficamente fijados en el Mar del Norte y en Oklahoma (Estados Unidos) ni reflejan que la producción mayoritaria de petróleo se da en otras partes -y eso que el mapa no incluye los flujos terrestres de Eurasia- ni que buena parte de los principales de crudo compradores ya no orillan en el Atlántico. A pesar de ello, los precios se siguen negociando en el norte de Europa y de América. El hecho de que, las principales plazas en las que se  negocie a futuros sean la City de Londres y el NYMEX en Nueva York, sólo refuerza -y agrava- este hecho.

Sea como fuere, dejo al lector o lectora los mapas y una pregunta: si los precios se fijan en lugares alejados de los principales yacimientos, ¿cómo puede afectar a estos precios que la OPEP suba o baje su producción?

 

¿Para quién legisla el Ministro Soria?

Aunque desde el 19 de agosto debo la cuarta entrada de la serie “Financiar la transición”, en mi regreso voy a aprovechar la información que estoy recopilando para la elaboración colectiva de un nuevo informe del Seminario Taifa.

Estos días pasados se ha hablado mucho del nuevo cambio legislativo impulsado por el Ministro Soria con el fin de dificultar el llamado autoconsumo eléctrico. Es vox populi que este ministro, desde el inicio de su mandato, está promoviendo cambios en la ordenación del sistema eléctrico que favorecen a unas pocas; las pocas eléctricas agrupadas en UNESA y que constituyen el oligopoly. Ello es cierto, pero muy matizable.

Saskia Sassen en su libro Territorio, autoridad y derechos explica que la globalización consiste en que los estados nacionales desnacionalicen, ayudando a crear redes transfronterizas. que conectan piezas ubicadas en el interior del territorio de los países. en el marco de proyectos globales. Por ello, la globalización no implica la desparición del Estado, sólo supone que éste modifica su función: legisla para desnacionalizar lo que se construyó como nacional, asegurando, así, que dentro las fronteras del territorio se darán las condiciones para que determinadas actividades se integren en “lo global”. Este nuevo tipo de estado, explica el auge del poder ejecutivo y la judiciciarización de la vida política, en detrimento de las cámaras legislativas (alta y baja).

Regresando a las eléctricas, y aplicando lo que nos cuenta Saskia Sassen a nuestra realidad, podemos empezar a responder a la pregunta que encabeza la presente entrada del blog. En España es bien sabido que la política energética está en manos del ejecutivo, pues mucho se lleva, en este país, legislando a “golpe” de decreto. Lo que está menos analizado es si estos decretos energéticos han servido para desnacionalizar el sector eléctrico nacional. Dicho de otro modo, ¿el Ministro legisla para UNESA o para que ésta se convierta en una pieza más -ubicada en territorio ibérico- de en un proyecto global más amplio?

Los datos que he estado mirando estos días lo indican. De forma precaria, imperfecta e imprecisa he estado analizando quienes son los propietarios, los accionistas, de las cinco empresas asociadas en UNESA: Iberdrola, Endesa, Gas Natural Fenosa, Viesgo y EDP. Empresas, que en la actualidad tienen, según los datos de OMIE, el 65,45% de la cuota de la energía eléctrica en España.

La forma precaria, imperfecta e imprecisa de lograr esta información ha sido buscar la información, que sobre sus accionistas hay, en la base de datos AMADEUS (sólo quién pertenezca a una institución que la tenga contratada podrá acceder a ella). Esta información de pago, pero pública, no es exhaustiva, pues en muchos casos, aunque aparece el nombre, nacionalidad y tipo de accionista, no aparece su porcentaje de propiedad. Por otra parte, visto que. de partida, las empresas de UNESA, salvo aparentemente Iberdrola, pertenecen a una empresa extranjera (ENDESA a ENEL, Gas Natural Fenosa, en un 50% a ENI, Hidroeléctrica del Cantábrico a EDP y Viesgo a E.On), es difícil determinar con exactitud quién es accionista de quién. Así que he hecho lo que he podido para agrupar la información en dos categorías: a) el país en el que los accionistas registran su inversión, y b) el tipo de inversor que dicen ser.

Si la información que he recogido fuera representativa de la realidad,veríamos que “nuestro” Soria, que debería defender nuestro interés general, legisla para intereses particulares, financieros, allende nuestras fronteras. Veámoslo.

En los dos gráficos siguientes vemos de dónde y de qué categoría son los accionistas con participación directa en alguna de las empresas de UNESA.

Fuente: base de datos AMADEUS y elaboración propia

Fuente: base de datos AMADEUS, boletín mensual OMIE y elaboración propia

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Fuente: base de datos AMADEUS, boletín mensual OMIE y elaboración propia

A primera vista, queda claro. Casi tres cuartas partes de los accionistas directos de las empresas asociadas en UNESA  están registrados en el extranjero. Siendo, si exceptuámos el caso de Italia por el Ente Naziole Idrocarburi (ENI), Luxemburgo el segundo “gran” accionista de las asociadas de UNESA.

El tipo de accionistas de las eléctricas, como apunta el segundo gráfico, son fundamentalmente compañías del sector bancario, financiero o equivalente. De hecho, si se tiene en cuenta que buena parte de la categoría “S”, correspondiente a inversión guberanamental o estatal, es inversión a través de los fondos soberanos, diremos que casi dos tercios de los accionistas pertenecen a estas categorías. Por otra parte, la categoría “C” es confusa, pues en ella podemos encontrar desde otras empresas energéticas como Repsol o ENI a fondos como Blackrock o Qatar Holding,

Los gráficos que siguen complementan esta información. Éstos reflejan la tipología de quienes poseen acciones de las empresas asociadas en UNESA, pero no son sus “propietarios” directos.

Fuente: base de datos AMDEUS, boletín mensual OMIE y elaboración propia

Fuente: base de datos AMDEUS, boletín mensual OMIE y elaboración propia

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Fuente: base de datos AMADEUS, boletín mensual OMIE y elaboración propia

Estos gráficos refuerzan lo anterior. A destacar que los accionistas de Qatar aparecen como singularizados, por detrás de los luxemburgueses y que los inversores de Estados Unidos surgen con más fuerza. También confirman que los inversores financieros pesan más que los del sector productivo. Refuerza todavía más esta conclusión el hecho de que, aunque con filiales ubicadas en distintos países,  entre los principales inversores en Iberdrola y Endesa (a través de Enel) se cuentan los fondos soberanos de Qatar y los de BlackRock, una de las principales empresas privadas de gestión de inversiones europeas.

Por tanto, ¿qué nos dicen los datos acerca de para quién legisla el Ministro Soria?

Entendiendo que decir que el ministro legisla para la eléctricas, equivale a decir que legisla para sus propietarios -accionistas del sector bancario, financiero o propietarios de planes…- la conclusión es evidente: cada vez que el ministro promueve un decreto, lo hace  para engrandecer los dividendos de los bancos o la rentabilidad de inversores como BlackRock o como el holding qatarí domiciliado en Luxemburgo, pues esto es lo que hoy en día es UNESA.

Evidentemente a estos accionistas poco les importa si los ibéricos tenemos un buen o un mal servicio de electricidad, aunque mucho les interese la rentabilidad de los activos y actividades energéticos ubicados y desarrolladas en España y Portugal. Dicho de otro modo, el ejecutivo español promueve legislación para que del oligopolio eléctrico extraiga dividendos locales, que irán a parar a fondos de inversión globales. Si no es lo mismo, se parece mucho a lo que nos dijo Saskia Sassen.

Financiar la transición energética (II). Deslegitimizar al lobby fósil

Cuantas más vueltas le doy, más me convenzo de que el problema de la financiación de la transición no es de cantidad de dinero. Como reiteradamente hemos comentado en este blog, en los llamados países consumidores estamos pagando una factura energética exterior enorme, en España de más del 50% de las importaciones de bienes totales, por un combustible del que los ususarios finales sólo utilizamos, como media, un escaso 30%.

La factura energética exterior (FEE) no es algo abstracto, que un país o un estado paga a otro; es el resultado de la actividad de las empresas petroleras privadas en sus compras al exterior. Así, en España es el petróleo que, por ejemplo, Repsol o Cepsa compran para sus refinerías Petróleo que refinan y comercializan en el interior del país, o exportan como producto derivado. Por tanto, cuando los ciudadanos o las empresas no energéticas pagamos la factura energética, estamos pagando a estas empresas y, además, por un importe superior al de la FEE.

Ramon Sans, del colectivo CMES, acuñó el término de factura energéica ciudadana (FEC) para refererirse a ello. En la elaboración que de este concepto se está haciendo desde este colectivo, Josep Centelles define la FCE como aquella que engloba todo el gasto realizado en un año por personas y empresas de cualquier tipo. Así ásta incluye el gasto realizado en gasolina, gasoil, butano, gas ciudad….y los impuestos incoporados a estos productos. Ramon Sans calculó que la FCE es aproximadamente de 2,5 veces la factura energética exterior. Según sus cálculos, para Catalunya, un 4,2% de su PIB. Así que probablemente en España, como media, destinemos aproximadamente un 4% del PIB al pago del combustible fósil.

Basándome en estos mismos cálculos, estimo que la inversión que necesitáriamos para realizar la transición a un modelo 100% renovable es aproximadamente de un 0,15% de este mismo PIB. Aunque no haya contrastado este cálculo, sí que me creo que lo que deberíamos invertir es infínitamente menor que lo que ahora ya gastamos. Tanto más, si le sumáramos el dinero que los y las accionistas invierten en las empresas energéticas fósiles. Así,  por ejemplo, el capital social de una empresa como Repsol es de casi 1.375 millones de €. Así, ninguna duda, el dinero para pagar la transición energética existe.

Por ello, el problema de cómo financiar la transición se traduce en elaborar una estrategia para reorientar parte de este dinero al objetivo de la transición energética y en establecer, también, qué haremos con el más del 3% del PIB que ahorremos.

Sobre el papel, esta estrategia es muy sencilla, pero la realidad es que esta transición se debería desarrollar en sociedades en las que:

  1. Quién gestiona el dinero de la energía son en primera instancia -exceptuándo la parte de impuestos- los monopolios energéticos privados, que gozan de un poder inmenso y serán los perdedores del cambio de sistema energético.
  2. Ideológicamente hemos desprestigiado tanto lo colectivo, lo público y la política, que poca gente estará dispuesta a financiar, colectivamente, la transición energética mediante impuestos, tributos, cánones o cierto tipo de bonos: A la vez que somos una sociedad que nos hemos creído la magia del mercado y hemos renunciado a la planificación energética a largo plazo.
  3. Vivimos en la “rapidación”; en el mundo de los beneficios y de los dividendos empresariales a corto plazo. Ello fomenta –como veíamos en la entrada anterior de esta serie– huídas hacia adelante de las empresas -avaladas por sus accionistas, no hay que olvidar-, para exprimir al máximo lo que ya se tiene, con el fin de “devolver” con beneficios el dinero que personas, fondos o bancos invierten o prestan a las empresas.

Estas tres cuestiones llevan a tres preguntas, que si respondiéramos adecuadamente nos abrirían el camino hacia la transición. La primera es ¿cómo podemos hacer para acabar con el poder de los lobbies de la energía fósil?; la segunda es ¿Cómo reinventamos el sector y redefinimos el espacio público energético?; y la tercera, ¿Cómo generalizamos las formas de financiación éticas y no cortoplacistas?

Responderemos aquí, a la primera; a las dos siguientes en la tercera entrega de esta serie sobre financiación.

A día de hoy, la respuesta a la primera pregunta es la más fácil de responder, aunque sea difícil de lograr. Naomi Klein en su libro Esto lo cambia todo que, como ya dije, es uno de los que inspira esta serie de entradas veraniegas, dice claramente que ese es el objetivo de la campaña de desinversión. Se trata de iniciar un proceso de desligitimación, cuya meta final es situar el estatus de las compañías petroleras en el mismo nivel que el de las empresas tabacaleras. Desde mi punto de vista, esta es la “buena” razón para apoyar una campaña de este tipo, además de, como ya dije, la de evitar una “burbuja fósil”, alimentada por las inversiones en un recurso en extinción.

Creo que si esta deslegitimación triunfa, deberemos iniciar el siguiente paso; el de la desubvención, ya que según alguién tan poco dudoso de pertenecer al “mundo petrolero”, como el economista jefe Faith Birol de la Agencia Internacional de la Energía, las subvenciones a los combustibles fósiles fueron de 550.000 millones de dólares en 2013 –más del cuádruple de las subvenciones a las energías renovables.

Apoyo la desubvención por tres razones. La primera, por el efecto que ello tendría sobre las cuentas y los precios finales de las empresas petroleras. Tal vez así los usuarios finales se convencieran de que hay opciones más baratas que el combustible fosil. La segunda, por la liberación de recursos públicos que ello representa (aproximadamente la mitad del PIB español). Y, la tercera, porque aunque coincido con todos aquellos que dicen que lo más justo es aplicar el principio de “quién contamina paga” para que las petroleras financien parte de la transición, tengo mis dudas de que lo logremos. Por tanto, por ahora, hasta que éstas no estén suficientemente debilitadas, como para conseguir este objetivo, me conformo con que dejemos de pagarles a ellas. Así que ya podemos empezar a presionar a nuestros gobiernos para que acaben con estas partidas. Por una vez, contribuiría de buen grado, al “adelgazamiento” del sector público.

Sinceramente, en el mundo de hoy, creo que sólo “cerrarles el grifo” puede tener algún efecto. Hasta que no debilitemos su poder, no reinventemos el sector público -o la política energética- y no generalicemos las formas alternativas de financiación, visto su actual poder, cualquier otro intento bienintencionado y conciliador como fijar una imposición más elevada a su actividad, legislar que parte de sus beneficios se reinverta en renovables o pedirles que lo que actualmente destinen a compra de combustible lo “den” al Estado a cambio de un suministro en renovables, será inútil.

Esta estrategia, llamémosle financiera, de deslegitimación hunde sus raíces en argumentos morales. Estos argumentos causan los conflictos en la Blockadia de Naomi Klein –una zona transnacional e itinerante de conflicto que está aflorando con frecuencia e intensidad crecientes allí donde se instalan proyectos extractivos- y están en el contenido de la Encíclica laudato si´ del Papa Francisco. De hecho, leyéndo paralelamente ambos textos, llama la atención que dos personas de procendencias tan distintas -una perdiodista y activista ambiental y, la otra, el Papa- contemporáneamente publiquen un texto con un discurso con argumentos similares y cuyo objetivo, es el mismo: la necesidad de una nueva ética para evitar la catástrofe climática, que será, como reza el subtítulo de este blog, una nueva ética energética. Así, ambos libros son base de argumentos para la deslegitimación de las prácticas inmorales del lobby energético, pero sinceramente, como creo yo que éste se encuentra más allá del bien y del mal, la desinversión y la desubvención me parecen instrumento ideal para doblegarlo.

Shale gas subprime

Hace unos días, Carlos, un lector del blog me hizo llegar un enlace a un informe titulado Shale and Wall Street: was the decline in natural gas prices orchestrated? La autora de este informe es Deborah Rogers, persona que tiene un blog llamado Energy Policy Forum que, según ella misma cuenta, creó para valorar y debatir la política energética de Estados Unidos. En mi opinión, la información que se puede leer en el blog, es seria y contrastada.

El lector me recriminaba no haber tenido en cuenta el aspecto financiero del actual apogeo del Shale gas. Creo recordar que hice alguna mención a ello en El declive del imperio petrolero occidental, pero es cierto que no con la seriedad y detalle del informe de Rogers. Después de que él me lo recomendara a mí, yo se lo recomiendo a ustedes.

Aquí no les voy a contar todo el detalle del informe. La idea general del informe es que la presente situación de exceso de oferta de gas en Estados Unidos (y de bajos precios del mismo), tiene como origen las predicciones que los analistas financieros de Wall Street realizaron sobre la evolución del sector. Y, para nada, ésta expansión se justifica con las perspectivas reales del mismo. De hecho, como el mismo informa apunta, éstas son bastante malas, pues: a) aún con la más optimista de las predicciones el retorno energético de la inversión es muy bajo (cuántas unidades de energía se emplean para extraer una unidad adicional); b) se está ya produciendo un rápido declive de la producción; c) las grandes empresas del sector están mostrando una gran reticencia a invertir en nuevos proyectos o infraestructuras asociadas al shale gas; y c) no se producen ni los efectos económicos, ni tecnológicos esperados.

De hecho, todo ello ocurre, porque como mucha gente del sector viene diciendo, la supuesta revolución del shale gas o oil, consiste en cucharetear con fuerza en los rincones, con el fin de sacar a la superficie los restos. Pero, una vez el gas o petróleo atrapado ha salido, no hay que esperar un surtidor constante, como antaño. En el proceso de extraer el shale gas o oil, no hay ni nuevas reservas ni nueva tecnología. Ya, en un artículo de 1891 de Calouste Gulbenkian, publicado en la Revue de Deux Mondes, se habla de esta nueva técnica, ideada por el Coronel Roberts en 1862, quien para renovar los yacimientos agotados empleaba dinamita, con el fin de desagregar las paredes rocosas que se interponían. Esta técnica fue utilizada con éxito en 1866, y consistía en lograr una explosión subterránea mediante el lanzamiento de un lingote de hierro. Con ello se lograba que algunos minutos después, llegara a la superficie, al mismo tiempo que un ruido sordo, un líquido mezclado con fragmentos de roca. Así fue cómo se renovó el más abundante de los yacimientos de América

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Hoy en día, la técnica se ha modernizado un poco, pero la esencia sigue siendo la misma: dinamitar a gran profundidad, para romper las rocas en las que el petróleo o el gas se hallan presos. La diferencia, entre ayer y hoy, está en que cada vez hay menos qué liberar, y que cuando ya se ha logrado, no hay más gas o fluído que fluya hacia fuera. Ello obliga a una constante perforación en horizontal siguiendo las vetas del hidrocarburo, añadiendo superficie de terreno, cada vez que un”nuevo” pozo se seca.

Este proceso, el de la constante adqusición y perforación de nuevos lotes, que se van agotando, es el que ha propiciado Wall Street; creando una nueva burbuja para financiar las inversiones fallidas. Me explico, con el auge del shale gas, se hicieron muchas y cuantiosas inversiones. Inversiones que, por las razones que acabo de mencionar, en el mejor de los casos, tendrán resultados efímeros. Pero, para poder cubrir el importe ya captado -con fondos de inversión, de pensiones…- y poder pagar los dividendos o intereses, se necesita seguir creando liquidez, pues el resultado de la venta del gas, en muchos casos, no es ni suficiente para cubrir los elevados costes de extracción. Por ello, Wall Street intenta captar nuevos fondos. Sin embargo, para que ello ocurra hay que añadir nuevos lotes de terreno -sobre los que crear títulos- y hacer borbotar gas o petróleo a mansalva -para hacerlo creíble. Ambas cosas son las que han creado el exceso de oferta actual que, a la postre, disminuye el precio del gas, convirtiendo en todavía menos rentables las inversiones iniciales.

No hace falta tener mucha imaginación para aventurar  -además de las obvias ambientales- las consecuencias de ello, pues se han creado títulos sobre unos yacimientos efimeros y de mala calidad, a precios de yacimientos de gas o petróleo fetén. Y, evidentemente, como ya viene siendo habitual, si algún día, estos títulos, se quieren realizar, descubriremos -como con el caso de las hipotecas subprime- que los activos que los respaldan estaban sobrevalorados. Creando, así, la subsiguente crisis financiera; ocasionada por reservas subrime.

Lo “divertido”, en este caso es que ello tiene consecuencias geo-políticas. Este proceso ha conducido a un exceso de oferta -coyuntural, claro- que ha llevado a la tan cacareada disminución del precio del gas en Estados Unidos -incluso por debajo de los costes de extracción. Hoy, la consecuencia exterior inmediata de ello es una “falsa” exportación, pues no es que se venda fuera, por sobrar. Se vende fuera el gas, porque los productores americanos perderían dinero si lo vendieran en su país, por ello se aprovechan de unos precios internacionales más elevados. Ello crea la ilusión de que, como a finales del Siglo XIX e incios del Siglo XX, Estados Unidos será de nuevo país exportador. Pero, como vengo repitiendo -y cada vez más convencida- este es un el farol aunque, como ya se demostró hace unos días, nos los estamos creyendo,

Depende cómo se mire, da risa, pues toda esta burbuja, significa que el gran giro geo-político de Estados Unidos es una gran ilusión o una gran estafa. Así, la new era of American energy diplomacy basada en the vast new supply of natural gas in the United States es un bluff. !Qué crédulos somos los humanos!

Después de Hinkley Point, dejémonos de hipocresías

Esta mañana estaba escribiendo otra entrada, una más acorde a mis filias del momento, pero, hoy, en este lugar del mundo en el que ahora me encuentro viviendo, la radio y la prensa, supongo que también al televisión, no han dejado de anunciar que por primera vez en casi tres décadas (la última creo que fue de 1987) se había llegado a un acuerdo para construir una nueva central nuclear en el Reino Unido. Así que he cambiado el rumbo. No me extenderé mucho, pero es tal la barbaridad, que hasta George Montbiot –un pragmático pro-nuclear, desde que la tragedia de la planta Daichii en Fukushima volviera a dar protagonismo al carbón- en su comentario de hoy, hablaba en contra del proyecto. E, incluso, el conservador Financial Times matiza la apuesta nuclear actual.

En El País de hoy, en algo que suena elogioso se puede leer la siguiente frase: por encima de todo, el proyecto de Hinkley Point tiene el potencial de dar un vuelco a la industria nuclear porque propone un nuevo modelo… Les cuento el nuevo modelo, previsto a día de hoy. Es el resultado de una mente tan bellaca como la de los de UNESA. El nuevo modelo es, vamos a construir una central nuclear -parece, según Montbiot, tecnología no de última generación-, cuyos miles de millones de € serán pagados por eléctricas. A cambio, pero, el gobierno asegura un acuerdo de 35 años según el cual el MwH se pagará a 92,5£. Según lo que he escuchado hoy, este importe es más del doble de lo que actualmente cuesta la misma cantidad de energía. Según nos dice el The Guardian, ello supone un coste de unos 4,2 millones de € al día. Aquí no se acaba la cosa, para evitar menoscabo en la rentas futuras, se asegura a las eléctricas que el precio del KwH se indexará (a lo largo de 35 años) en función de a inflación. Es decir, el gobierno neoliberal del Reino Unido acaba de firmar un contrato para la construcción de una nuclear que vale un Potosí, mucho más que cualquier otra opción; fija unilateralmente el precio -de mercado, se entiende, ¿no? (Sic!)- y lo mantiene indexado por 35 años, para que los contribuyentes, cuyos salarios no corren la misma suerte, lo vayan pagando, generación tras generación. Creo que este es uno de esos casos, que habla por si mismo, máxime cuando esta central nuclear, en el mejor de los casos, empezará a funcionar de aquí diez años, lo que es un lapso de tiempo enorme para el desarrollo -o mejora- de otras tecnologías.

De todo este desaguisado, dos cosas me dan una rabia terrible. La primera, es que este es un caso “de manual”, pues después de una inversión tal, los británicos quedarán 40 años más prisioneros de la amortización de esta central; pues se les dirá, como se nos dice ahora, “que sí, que claro, que son mejores otras opciones, pero que ahora que ya están construidas y funcionando, nada es ya más barato que el KwH generado en ellas”. Es decir, entre los 10 años de puesta en marcha y los 40 de funcionamiento, perdemos 50 años para apostar por un nuevo modelo energético. Esto da mucho coraje, pero lo que ya es colmo es el cinismo y la hipocresía: el Gobierno del Reino Unido -y entiendo que la industria energética del país- apuesta por las nucleares porque les gustan más, porque casan mejor con su forma de pensar y de ver el mundo, porque casan mejor con su ideología y mantienen las estructuras de poder vigentes. Es así, y no hay otra razón. Lo he dicho muchas veces, no soy ingeniera y hay muchos aspectos técnicos que soy incapaz de valorar, pero mi sentido común, más que mi formación de economista, sí que me permite ver que esta es la opción menos “competitiva” de todas: es la más cara y la que lleva más costes asociados a largo plazo.

Mi único consuelo, es que ya nadie me discutirá que cuando se opta por una forma u otra de producir energía, el coste es lo de menos. Este ejemplo lo demuestra. La casualidad ha querido que, hoy, mientras escuchaba los comentarios sobre este descabellado proyecto nuclear, fuera leyendo una historia sobre la red eléctrica en este mismo país, el Reino Unido. En ella, queda claro que a finales del Siglo XIX se optó por el alumbrado eléctrico, a pesar de que costaba más del doble del, ya vigente, alumbrado de gas. Entonces, todavía quedaban muchos aspectos técnicos por resolver, pero así se hizo. Costaba el doble y no se sabía cómo evolucionaría la industria, pero se optó por el nuevo sistema, porque se pensó que sería mejor. En este caso, la historia puede haberles dado la razón, pero eso no quita el hecho de que la decisión no viniera determinada por “el coste”. La diferencia, entre entonces y ahora, está en que en el Siglo XIX se trataba de imponer el progreso. Hoy, por el contrario, de lo que se trata es de mantener lo que desde los años 1950s no ha funcionado. Podemos seguir esperando al Godot nuclear -la fusión-, pero a este paso ya no quedará nadie; o nadie que pueda pagar su factura.