A vueltas por las Cuencas Mineras de Teruel

Estos días he regresado a Castel de Cabra. No es la primera vez y, probablemente, no sea la última. No me ha producido la impresión de mi primer viaje, además, el verano siempre amabiliza los pueblos olvidados de la Península Ibérica. A pesar de ello, siempre que allí acudo, me sobrecojo.

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Castel de Cabra es uno de los 30 municipios de las Cuencas Mineras, en la provincia de Teruel. Estas comarcas, ocupan unos 1.407 Km2 y son habitadas por unas 9.500 personas. Ello da una bajísima densidad de población que se puede explicar por su orografía y por que su economía fue periferia de la tardía industrialización de España; ya pulverizada. Ambas cosas configuran un muy particular paisaje, en el que de unos fondos abisales de un mar desaparecido, hace millones de años, surgen montes pelados por la deforestación y castilletes en ruinas que indican la entrada a minas que hace tiempo se cerraron.

Me cuentan que algunos de esos montes pelados, como el Puerto de las Traviesas, se deforestaron para tallar los travesaños de la línea del ferrocarril que unió Madrid con Barcelona. Entiendo que, por proximidad, debía ser la línea MZA (Madrid-Zaragoza y Alicante), proyectada a mediados del XIX y que, después de vicisitudes varias, acabaría siendo uno de los ejes sobre los que se trazaría la red de ferrocarriles actual. Las Cuencas Mineras, poco se beneficiaron de este tren, pues allí no llegó, pero los restos en su paisaje todavía perduran: montes pelados y recuerdos de pequeñas ventas cada 25 o 30 kilómetros -que era el máximo trayecto que las carretas con las traviesas, tiradas por bueyes, podían hacer en un día. Seguro que, entonces, en la segunda mitad del XIX, el ferrocarril que se construía en otra parte, dinamizó la zona, probablemente plagada de contratistas, aserraderos y mano de obra local que realizaría el trabajo físico.

Unos años más tarde, según me dijeron, ya en las postrimerías del Siglo XIX y en los albores del XX, se inició la actividad minera en la región. Relativamente pequeñas minas de lignito -algunas parece que tan bellas, que se podían encontrar en ellas los árboles fosilizados- que fueron el corazón de la actividad económica -y de la vida político – social- de la zona, hasta que en 2003 se cerró la última mina. Como hoy ya no queda nada de esa actividad, las Cuencas Mineras se están erigiendo en un gran parque temático del pasado: Dinópolis, que muestra y explica los fósiles y restos de todos esos seres que moraron los mares turolenses en el pasado, y museos como el minero de Escucha, en la Mina Severá, y el anejo Centro de interpretación de la minera Pozo del Pilar, que muestra la historia de todos esos seres que habitaron esos túneles en un pasado más reciente, eso sí.

Mina la severá

Mina la severá

Esta vez visitamos el museo minero. El museo minero, que según nos dijeron, es el único que recorre una mina de verdad, es la visita y la recreación de la mina y de su actividad. Esta mina se cerró en 1968, y posteriormente sirvió como túneles de ventilación del Pozo Pilar; cerrada, a su vez, en los 1990s.

La visita conmueve. Y, eso que la guía es estupenda y amena, los túneles están limpios y iluminados y, como nos dijo un antiguo minero, “lo que allí visteis es como el ‘ir vestido de domingo’ de la mina”. Después de ello, la misma persona me dejó una grabación de cuatro horas, sin editar, del trabajo en esa mina en los 1990s. Estas imágenes ya no se parecen a Germinal. El trabajo, en buena mediada estaba mecanizado y las condiciones de seguridad parecían buenas. A pesar de ello, la esencia del trabajo es la misma y, con quién hablé, me dijo que incluso ahora, años después de que las minas cerraran y le pre-jubilaran, se levanta cada mañana preguntándose cómo pudo trabajar allí casi 30 años. Tres décadas bajo tierra, sin luz del día, con ciertos riesgos de accidente y con un trabajo físico agotador, para perforar y perforar la tierra, cada día unos metros de más. De hecho, esa es buena parte de su trabajo, pues los mineros trabajaban a destajo, y la unidad de paga es el metro horadado y/o la carretilla de carbón subida a la superficie.

Ahora que la mina está cerrada y todos aquellos que no sufrieron un accidente letal, cosa que en cada familia de la región, a lo largo de un siglo, ocurrió, disfrutan de una temprana y relativamente bien remunerada jubilación. Esta es una cuestión que he estado discutiendo con mis amigos estos días.

Por alguna razón que desconozco, algunas personas consideran que los mineros son unos privilegiados, muchos se jubilaron entre los 40 y los 50 años, con la pensión máxima. De hecho, hace un par de años, a raíz de la marcha de los mineros que hubo en España, varios medios, aparentemente indignados, escribían titulares haciéndose eco de esta situación. El mensaje subyacente era “¿cómo se pueden manifestar personas que les prejubilan a los 40 y cobrarán 2.100 euros al mes?” Otra cifra que salía en esas fechas era cuánto costaban esas prejubilaciones a los españoles. Según ABCel coste medio de cada jubilación anticipada —soportado por los Presupuestos Generales del Estado— ha sido de 433.000 euros en el período 2006-2010. Si lo entiendo bien, ese “despropósito” de las jubilaciones de las mineros, en cuatro años costaron menos que comprar un solo piso decente en el centro de Barcelona o Madrid. No quiero caer en lo fácil y maniqueo, pero algo va mal en nuestra sociedad cuando se hacen este tipo de discursos.

Lo que me sobrecoge de las Cuencas Mineras de Teruel es que estas -como otras- aportaron sus bosques vivos y fósiles, que ayudaron a dos de las cosas que más influyeron en la tardía industrialización de España, el transporte por ferrocarril y la electrificación del país. A cambio, su paisaje cambió, se pelaron las superficies de los montes y se horadaron sus subsuelos, mientras fósiles y ruinas industriales poblaban el territorio; a cambio, también, la vida de las familias y de las poblaciones pasaron a ser gobernadas por el advenir de la mina, de la vida bajo tierra.

Hoy, de todo ello, queda un paisaje bello, pero estremecedor, y unos núcleos de población que no han desaparecido del todo gracias a las pensiones de los mineros, pues ahora también, se desvanecen los huertos solares y las abejas.

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Contemplando todo esto, una vez más, me preguntaba sobre el progreso. Estas Cuencas Mineras, reconvertidas, como buena parte del país, en parque temático dieron sus árboles -vivos y fósiles-, montes -en superficie y subsuelo- y gentes para la modernización e industrialización de otras regiones de España. A cambio, poco recibieron. Quedaron la memoria, los vestigios y las rentas del trabajo. En estos asombrosos tiempos en los que nos ha tocado vivir, algunos piensan que también tenemos que suprimir lo último, así sólo quedará la memoria y los vestigios para nutrir parques temáticos.

Soy de las que creo que las minas se han de cerrar; por cuestiones ambientales, esta claro; por favorecer sistemas de producción de energía centralizada, pero, por encima de todo, porque creo que un sistema que para lograr su bienestar requiere del trabajo infrahumano de los otros, es un fracaso. Dicho esto, también pienso que gracias a que determinadas zonas dieron sus bosques, riquezas naturales y mano de obra, muchos, en España, progresamos en bienestar y democracia. Como nos dijo una guía del Museo de la Ciencia y la Industria de Manchester, mientras nos contaba la vida entre telares, “trabajar aquí era horrible, pero también trajo cosas buenas como el progreso, los derechos laborales y los sindicatos”.

IMG_1240Personas como yo, nos hemos beneficiado, y mucho, de ello. Esta es la razón por la que me estremece esta parte de Teruel, pues su paisaje es la otra cara de mi bienestar, de mis queridos viajes en tren, de la luz con la que he leído tan a gusto y, seguramente, de una parte de la riqueza del lugar en el que nací y sigo viviendo, y de los derechos que he tenido hasta ahora. Me da mucho coraje pensar que el fin de este expolio y bregar en la mina sea convertir a la comarca en un parque temático. Pero, está claro que en una sociedad como la nuestra, pocas otras opciones quedan. Es una pena, pero será así.

 

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¿Energía fósil?: sólo es una cuestión de poder

Estos días estoy leyendo a los economistas clásicos, excavando los fundamentos, a ver si consigo entender cómo hemos dejado que nuestro modelo energético se convirtiera en una dictadura tal.

Ayer, leyendo el prefacio de The Coal Question (1885) de William Stanley Jevons, di con una cita de John Tyndall (1820-1893) que “lo dice todo”. Se trata de una carta que éste le escribió al primero y se refiere, como toda esta obra de Jevons, a la posición -al poder relativo- que ha alcanzado el Reino Unido, a mediados del Siglo XIX, gracias a la disponibilidad y uso del carbón. Tyndall dice, no veo porvenir a ningún sustituto, del carbón como energía motriz, que se pudiera encontrar. Se tienen, es cierto, vientos, ríos y olas; y se tienen rayos y el sol. Pero, éstos están al alcance a todo el mundo. No se puede ejercer ningún liderazgo frente a una nación que, además de estas fuentes de energía, posee la energía -the power- del carbón …. gozaremos de mucha de su energía física e intelectual, sin embargo seguiremos sin estar a la altura ante aquellos que poseen carbón en abundancia.

Leyendo esta cita, no hay duda que se nos está diciendo que el carbón fue el que dio ese plus de poder al Reino Unido, frente a otros países europeos. Frente a un hecho como este, hay dos actitudes posibles. Una, que es la que parece plantear Jevons -y otros de sus paisanos coetáneos-, que nos dice que por alguna razón, más divina que humana, la riqueza material del Reino Unido es el fruto de la Providencia; siendo “pecado” no emplearla correctamente -de forma moralmente correcta. Otra, es pensar, como yo lo hago, que hay una grado de elección en optar por desarrollar el uso de esta fuente de energía frente a las otras. La razón de ello: porque ésta da un poder que las otras no dan.

Hay un poder -el geo-político, mundial- que es fácil de entender, pues basta pensar que gracias a la potencia del carbón -y a la explotación de los trabajadores-, el Reino Unido -como después ocurrió con el petróleo en Estados Unidos- logró multiplicar la producción y la renta nacional hasta convertirse en la primera economía del mundo.

Más allá de ello, llama la atención que ello se justifique por la Providencia. Piénsese, por ejemplo, que en España la misma Providencia, nos ha otorgado una inaudita cantidad de horas de sol al día (de energía) que en vez de poder, nos ha traído turismo. Ya se ve por donde voy, ¿no? Lo dicen muchos con los que Jevons compartió disciplina. El francés Jean Baptiste Say (1767-1832) -por cierto, el precursor de la economía de la oferta- escribió, afortunadamente nadie ha podido nunca decir que el sol o el viento le pertenecen y que, por tanto, el servicio que me proporcionan ha de ser pagado. De hecho, esta frase es empleada por Thomas Malthus (1766-1834) en su definición de lo que es un monopolio natural: … es un regalo de la naturaleza al hombre, pero a diferencia del sol y del aire -esto no lo dice Malthus- es un regalo al que le podemos establecer derechos de propiedad. De ahí que podamos crear un monopolio. Si seguimos la lógica del discurso -aunque soy consciente que es caricatura del mismo-, acabaríamos diciendo que la Providencia a algunos les da un pedazo de tierra o una mina, mientras que a otros no. Es claro que sobre -o debajo- ese pedazo de tierra se pueden obtener rentas y/o beneficios, pues la categoría de propietarios da derecho a decir “esto es mío y si quieres lo que de ello se obtiene, tendrás que pagar por ello” o peor “…tendrás que trabajar en ello, para poder pagarlo”.

Tiendo a pensar que en lo que acabo de decir subyacen algunas de las razones por las que el mundo de la energía se fosilizó, en vez de renovarse. Una historia distinta, que iré desgranando en sucesivas entradas, es cómo los economistas, desde entonces hasta ahora, hemos ayudado a dar carta de naturalidad a este modelo energético.

La palabra y el término como legitimación de la explotación minera

El pasado 30 julio, The Guardian publicó un artículo titulado The tycoon, the dictator’s wife and the 2,5bn Guinea mining deal. En éste, se explica uno de los tantos expolios, con pelotazo incluido, que ha padecido África. En concreto, esta vez, en Guinea -Conackry. Sobre ello, más allá, en este caso, de la cuantía de la estafa -diría, yo, paralegal-, que desgraciadamente ya, casi, no nos llama la atención, lo más alarmante es el uso de algunos términos que los economistas hemos inventado para describir determinados fenómenos, cuando hablamos de explotación. En el citado artículo se puede leer The country is an almost textbook example of what some refer to as the “paradox of plenty”.
Para las que como yo, llevamos unos lustros dedicándonos a las cuestiones relativas a las economías petroleras y/o ricas en recursos naturales, hemos pasado por toda una serie de términos que van desde el síndrome holandés hasta la maldición de los recursos, pasando por la ya mencionada paradoja. Yo he usado reiteradamente estas expresiones. Incluso, en clase diciéndolas, me he reído con mis alumnos, mofándonos de la creatividad de los economistas, para inventar nombres. Lo cierto, sin embargo, es que nada de todo esto da ninguna risa. Si se piensa, es muy, pero que muy perverso.
Todos estos términos, describen de forma más o menos sofisticada el hecho de que economías de países, cuyos indicadores macroeconómicos presentan buenos resultados (elevados niveles de crecimiento del PIB, equilibrio en la balanza comercial, equilibrio en las cuentas públicas….), se mantienen, a pesar de su riqueza, en la senda del subdesarrollo. Es triste ser rico y “desgraciado”, pero es abyecto, definir este hecho, como si las personas fuéramos ajenas a él. Si se hiciera un recorrido semántico por todos estos términos veríamos que todos hacen referencia al “más allá”, no controlable ni solucionable: síndrome, maldición, paradoja…. Es decir fuera de la acción de los humanos.
Lo cierto es que lo que estos términos esconden, especialmente cuando se refieren a países del Tercer Mundo, es una relación de explotación en la que unas compañías, personas o gobiernos poderosos extraen y/o compran recursos naturales y mineros a otras compañías, personas o gobiernos en condiciones más ventajosas, para los primeros. Una relación, por otra parte, que los compradores o propietarios no quieren modificar, pues lo único que les interesa son los beneficios que ellos pueden lograr, revendiendo o transformando el recurso natural o energético. Para que me entiendan, por ejemplo, la economía de Arabia Saudí es un caso claro de la maldición de los recursos, pero esta “maldición” no era -aunque habrá quién me argumente que en el capitalismo sí que lo es- un destino trágico inevitable. Es una realidad que se forja cuando los intereses que agrupamos bajo el término países consumidores, deciden que sólo quieren el petróleo saudí, y que si los saudíes produjeran tecnología puntera, ésta no les interesaría (piensen, sino en los problemas que tienen Brasil y la India con sus patentes) y no la comprarían. Es cierto que a la familia al-Saud esta situación les conviene, pero ello no es óbice para que todos estos intereses y relaciones de poder, de los unos y de los otros, se camuflen bajo denominaciones etéreas y aparentemente neutras. No son síndromes, plagas o maldiciones que vienen de lo desconocido. Son el resultado de un determinado tipo de relaciones de poder, que en el capitalismo llevan, por la acción humana, a una determinada división internacional del trabajo -aunque este término esté en desuso.
Que quién lo escribiera, me perdone, pero decir que Guinea es un caso de manual, que ilustra la paradoja de la abundancia es de un cinismo sin límites. Lo que ilustra este caso es que los economistas hemos decidido llamar paradoja a la explotación y la codicia. No hay ninguna paradoja en decir que si uno explota a las personas y los territorios allende, él se va a enriquecer y los otros a empobrecer. Es la consecuencia lógica de la explotación. Lo que tal vez sea una paradoja es pensar que los “buenos” calvinistas, liberales, somos capaces de cometer tamañas atrocidades. Pero, esto no es una paradoja es una maldad o, si se prefiere, una inmoralidad.
Llamemos las cosas por su nombre. Ya que los economistas no sabemos solucionar nada, creo que haríamos un favor a la humanidad otorgándole mayor precisión a nuestro lenguaje. Es fácil y no cuesta dinero…¿o, sí?

Filólogos del sector eléctrico y déficit de tarifa

Precio voluntario al pequeño consumidor, así es como gracias a la enésima, y prometen que última, reforma del sector eléctrico se pasará a llamar la actual Tarifa de Último Recurso (TUR). Como la TUR, hasta ahora, era la tarifa que te aplicaban las Comercializadoras de Último Recurso (CUR), entiendo que éstas, de aquí poco se convertirán en el voluntariado eléctrico. No sé, para mi que el mayor activo que tienen las eléctricas es un artista del lenguaje y de la palabra. No pensaba iniciar así esta entrada, pero es que la realidad supera la ficción ¿Cómo se atreven?, ¿precio voluntario al pequeño consumidor? Parece un chiste, salvo que por “voluntario” se entienda -y perdónenme la expresión- “el precio que les dé la gana”. Seguro; ha de ser esto, ya que lo contrario significa que, además de expoliarnos, se burlan de nosotros.

La pregunta es ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Cómo hemos creado unas estructuras de poder tan grandes que han logrado que las reformas del sector eléctrico, no se destinen a reformar a este sector, sino a consolidar el poder de las empresas que lo componen y a asegurar que los ciudadanos -que todavía podemos pagar la factura- les financiemos todos sus caprichos, veleidades y pelotazos. Piénsese que, por lo que se dice, todas las últimas reformas tienen como único propósito actuar sobre el déficit tarifario; pero ninguna de ellas tiene el objetivo de acabar con las causas del mismo.

A estas alturas, ya es conocido que en España hay un desfase entre los costes regulados del sector eléctrico, la tarifa y el precio al que las comercializadoras y generadoras pactan la compra de electricidad. Este desfase es el déficit de tarifa. Así que la cuestión es ¿por qué antes no existía déficit de tarifa, y ahora sí? La respuesta la dio Ana Marco, el pasado 29 de junio en una sesión de formación organizada por el Grup local de Barcelona de Som Energía. Ella, con una breve pincelada explicó lo que para mi, a día de hoy, es la interpretación más lógica y convincente que he oído sobre el por qué del déficit.

Legislativamente, el origen de todo este despropósito está en la Ley 54/1997 del Sector eléctrico. Esta ley es la traducción legislativa de la aceleración de las privatizaciones del sector que se produjeron a finales de los 1990, durante el primer gobierno de Aznar. En el preámbulo de esta ley se puede leer lo siguiente: … a diferencia de regulaciones anteriores. la presente Ley se asienta en el convencimiento de que garantizar el suministro su calidad y su coste no requiere (…) que el Estado se reserve para si el ejercicio de ninguna de las actividades que integran el suministro Así. se abandona la noción de servicio público, (…)  sustituyéndola por Ia expresa del suministro a todos los demandantes del servicio dentro del territorio nacional (…) el sistema eléctrico nacional deja de ser un servicio público de titularidad estatal desarrollado por el Estado (…) La gestión económica del sistema, por su parte, (….) abandona la idea de una planificación determinante de las decisiones de inversión (…), que es sustituida por una planificación indicativa (…) que puede facilitar decisiones de inversión de los diferentes agentes económicos.

Perdonen que me haya extendido en la cita, pero es que tiene mucha miga. Lo primero y evidente es decir que el suministro eléctrico deja de ser un servicio público. Esta frase habla por sí sola, es clara y nada ambigua. Pero, lo segundo y lo tercero lo es menos. Decir que la noción de servicio público se sustituye por la de “suministro a los demandantes”, es una frase digna del mismo artista del lenguaje que hace un par de días, con la nueva reforma, nos regaló la perla del “precio voluntario”. Tal como yo interpreto esta frase, lo que nos dice el legislador es que lo que antes era un servicio público, ahora se traduce en la “obligación” de suministro al demandante. El demandante, no es el ciudadano o ciudadana, el demandante, en economía neoclásica, es el que accede al mercado y, por tanto el que tiene demanda efectiva. Traducido; el que tiene suficiente capacidad adquisitiva para estar en ese mercado. Por tanto, la Ley 54/1997, establece que el sistema eléctrico -¿las empresas?- deberán suministrar electricidad a quienes les puedan pagar. Piensen el alcance de ello en una estructura monopolista como la eléctrica.

La tercera cuestión que quería resaltar de este preámbulo de Ley es el significado del fin de la planificación determinante por la indicativa. Esta parte es la que más me impresionó de lo que nos contó Ana Marco. En términos de política energética esto quiere decir que, en el anterior sistema, en el de planificación determinante, se hacia una previsión estatal de cuánto producir, para quién y a qué coste. Ello se traducía en la construcción de más o menos plantas generadoras (térmicas fósiles, hidroeléctricas o nucleares), en una determinada red de transporte y distribución y en unas tarifas concretas. Estas plantas, podían ser privadas o públicas, pero si se construían era porque así “lo solicitaba” el ministerio de industria y energía y si “se paraban” lo mismo. De ahí, la justificación de conceptos como la moratoria nuclear, pues se asumía que el parón de las nucleares fue un “fallo” de previsión del planificador y que, por esta razón, se tenía que compensar a las empresas que realizaron las inversiones. O, de ahí, que se aceptara que pagáramos (en la factura o a través de Presupuestos Generales del Estado) un “exceso” de capacidad de algunas centrales térmicas, pues se consideraba -equivocadamente, o no- que era bueno tenerlas por si el sistema tenía algún fallo.

Así, en este sistema los usuarios finales de la energía, fuera a través de la factura o a través de distintas figuras impositivas, compensábamos a empresas del sector en aras al aceptado interés general (no tener nucleares, mantener puestos de trabajo en la minería del carbón…) o pagábamos un extra por tener mayor seguridad en el sistema.

Decir, como hace la Ley 54/1997, que la planificación será indicativa para que los agentes económicos (véase las empresas del sector) decidan las inversiones a realizar, en la práctica se ha traducido en que éstas realizan las inversiones que desean, aun a riesgo de que el sistema eléctrico tenga un exceso de capacidad. El ejemplo más claro lo tenemos con las centrales de ciclo combinado. Ya he hablado de ellas en entradas anteriores. Si no me equivoco, éstas empezaron a funcionar en el año 2002 (curioso, el año que empieza la deuda acumulada hacia las eléctricas), y si los datos que proporciona invertia son ciertos, han costado 13.161,8 mil millones de €. Gas Natural Fenosa y Endesa son, junto a Iberdrola, sus principales propietarias. Hoy, como también dije entradas anteriores, estas centrales están más que infrautilizadas y, según los informes de Red eléctrica española, la tendencia es a la baja ¿A qué se debe este despropósito? Muy sencillo a que cuando, la planificación del sistema eléctrico dejo de ser imperativa y paso a ser indicativa, las empresas del sector decidieron que se invirtiera esta millonada en un sistema en el que ya se tenían las nucleares, las térmicas y la energía hidroeléctrica; y, en coincidencia con el arranque de electricidad de origen eólico y la solar.

En coherencia con la Ley 54/1997, si el suministro de electricidad ha dejado de ser un servicio público y si son los agentes privados quienes deciden las inversiones para satisfacer la demanda, lo lógico sería que si no hay suficiente demanda, para el exceso de oferta -de capacidad- que se tiene, las empresas privadas asumieran el cierre de sus instalaciones. Pero no. En España nos inventamos el déficit de tarifa. Ya que he llegado a la conclusión que conceptualmente, el déficit de tarifa es, sobre todo, el exceso de costes fijos -de inversiones realizadas y capacidad excedente- en el sistema eléctrico español.

Para mi, a estas alturas, si dejamos de lado el transporte y la distribución, del que hablaremos otro día. Hay tres categorías de costes fijos: a) los heredados de la planificación anterior, nucleares y térmicas del carbón; b) el exceso de inversión en capacidad, que se da, sobre todo, en las centrales de ciclo combinado, y c) el de las inversiones en nuevas tecnologías dirigidas a realizar la transición energética hacia un modelo distribuido y renovable.

Las tres se confunden en ese paquete de costes regulados, peajes y pagos por capacidad que pagamos en nuestra factura y que, en muchos casos, inciden sobre el déficit, pero en términos de política energética significan tres cosas muy distintas. La categoría “a” forma parte de un modelo energético del pasado, que por razones diversas se decidió cambiar y, hasta donde sea razonable, se acordó que compensaríamos a los perdedores. La categoría “b” forma parte de un “no” modelo, fruto de la falta de política energética real, en la que un colectivo realizó unas inversiones equivocadas y capturó la actuación del ministerio de industria y energía, logrando que otros paguemos su error. Por último, la categoría “c” debería formar parte del nuevo modelo energético que queremos para el país, caso que volviéramos a tener algo que se le pudiera llamar, sin rubor, política energética.

Para mi, si se hace de forma clara y no abusiva, lo primero es justo que se pague; lo tercero debería pagarse; y lo segundo ha de desaparecer de la factura y/o de los presupuestos. Sin embargo me temo, que éste no es el mismo criterio del legislador, pues lo segundo es lo que engrosa, día a día, la deuda acumulada, engañándonos al hacernos creer que estamos pagando por una capacidad que se planificó, desde el gobierno, imperativamente. No. Esta capacidad no es fruto de una planificación y de una política energética, digna de tal nombre, es el fruto de cuando se dejó de considerar al suministro eléctrico un servicio público y de cuando aquél paso a dirigirse a los demandantes efectivos.

¿un nuevo modelo del carbón?

Hoy, un joven amigo me ha mandado dos enlaces al The Economist, el primero habla del auge del carbón en China y de su declive en USA, mientras el segundo cuenta que la “nueva” política energética europea conducirá “al peor de los mundos posibles”, al sustituir la energía nuclear por electricidad obtenida a partir del carbón.

Como algun@s de mis lectores sabrán, llevo tiempo apuntando la importancia que el carbón podría tener como fuente energética en el Siglo XXI. Es más, ya he citado alguna vez la frase de Jean Marie Martin-Amouroux en la que se dice que la fuente energética perdedora del Siglo XIX, parece ser la ganadora en el Siglo XXI. Este paso de casi doscientos años, sólo puede tener dos significados y, es en función de ellos, que debemos analizar el papel que el carbón podría tener en la actualidad.

Si el carbón vuelve a ser una de las fuentes energéticas hegemónicas a escala mundial, ello sólo puede indicar que o bien estamos regresando a un modelo energético como el del Siglo XIX -con todo lo que ello conlleva en las formas de producir y consumir- o que estamos creando un nuevo modelo energético con el carbón. Esto que a algunos les puede parecer una perogrullada, para mi no lo es tanto, si se aprehende en todo su significado lo que significa un modelo energético. Para ser breve, diré que, en cada momento de la historia, el modelo energético hegemónico es el que se adapta a lo que se produce, a cómo y donde se vive, a lo que pensamos y, sobre todo, a las relaciones de poder vigentes.

Así, en el Siglo XIX el carbón fue la base energética hegemónica, porque se adaptó a la sociedad del capitalismo manufacturero británico. Este matrimonio “carbón – forma de producir y de vivir” explica el poder que tuvo el Imperio Británico y explica, también, muchos aspectos del Reino Unido: Explica, esa dualidad espacial entre núcleos urbanos-industriales y la campiña británica; explica el tipo de infraestructuras que se desarrollaron -especialmente el ferrocarril- y explica el tipo de actividad industrial que se realizó, pues el carbón, la máquina de vapor, las manufacturas textiles y el desarrollo de la siderurgia son todo uno. Por ello, y como ilustré en alguna entrada anterior, por la necesidad de mineros y por favorecer un modelo productivo intensivo en mano de obra, el carbón también relata el nacimiento del movimiento obrero.

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El carbón, desembrollaría muchas más cosas, pero con esto, por ahora, creo que es suficiente para seguir mi discurso.

Así siguiendo mi argumentación, si, hoy, el carbón se acabara imponiéndose, podría ser que se volviera a una situación equivalente a la a la del Manchester del Siglo XIX.

Lo sé, suena raro, pero, a veces cuando veo imágenes de las minas en China o Mongolia; cuando leo sobre las condiciones de explotación laboral de las grandes manufacturas globales, y cuando sé del gran peso de la siderurgia en China o India, no puedo evitar pensar en Leeds, Manchester o… hacia 1840.

Sin embargo, es cierto, que hay otros factores que hacen pensar que el carbón se adaptará al Siglo XXI. Pero, ¿qué significa eso exactamente?. Bajo mi modo de ver, por la misma definición de modelo energético, ello significaría adaptar el carbón al capitalismo financiarizado y global en el que vivimos. Hoy, en relación a la Inglaterra decimonónica de referencia, además de dar una mayor diversificación a los usos finales del carbón, especialmente como fuente primaria de la electricidad ¿qué implicaría “modernizar el carbón”? Fundamentalmente dos cosas:

  1. internacionalizar las relaciones energéticas del carbón. Es decir, crear un mercado de compra y negociación, cadenas de producción globales y una estructura de gobernanza global, como se hizo con el petróleo a lo largo del Siglo XX. Y,
  2. convertir el carbón en aceptable -o “políticamente correcto”- es decir hacerlo aparecer como limpio

Ninguna de ambas cosas altera la esencia del carbón como fuente de energía, sólo modifica el tipo de actores -empresas, territorios, organizaciones carboníferas internacionales, tipos de capitales…- que intervendrán en el mundo de las relaciones carboníferas del Siglo XXI y, por ello, las relaciones de poder y la geo-política del carbón.

Hoy todavía estamos lejos de saber cómo será -e incluso si será- la escena carbonífera del futuro, sólo tenemos grandes consumidores de carbón en China, Estados Unidos, Rusia, Alemania…. que, en algunos casos adquieren el carbón en el exterior. Dicho esto, puestos a especular, coincido con la idea del segundo artículo del The Economist, cuando dice que en Europa vamos hacia el peor de los mundos posibles. Coincido en lo segundo, pero no en la primero. Si se opta por el carbón como fuente, sino hegemónica, al menos privilegiada de energía en el capitalismo del Siglo XXI, vamos al peor de los mundos posibles, pues hay indicios de que tendremos un capitalismo -global- manufacturero propio del Siglo XIX con unas estructuras monopolítisticas, jeraquizadas, verticales y transnacionales de poder propias del Siglo XXI. Y, además, viviremos en una nube negra. No coincido, sin embargo, con la idea que expresan los dos artículos citados. Es decir, que Europa va mal, mientras Estados Unidos lo hace mejor o China … En las condiciones actuales, si existe un modelo energético hegemónico, éste será el de todos, aunque en él estén los poderosos y los excluidos -como lo ha sido el caso para el petróleo.

Por lo que pueda venir, he mostrado, como recordatorio, las fotos de los mineros y he señalado el horror de las relaciones laborales del capitalismo primitivo. Puestos a hacer activismo energético, tal vez deberíamos empezar a pensar que cada vez que decimos que “los chinos nos hacen competencia”, lo que estamos diciendo es que hacen la competencia a los obreros europeos de hace dos siglos. Dicho así, es absurdo. Es verdad; pero, yo, no me puedo sacar de la cabeza que el carbón ha vuelto a aparecer en escena, cuando globalmente hemos vuelto a reproducir un modelo de relaciones fabriles que creíamos olvidado. Son sólo pensamientos, pero a mi, al menos, me dan qué meditar.

Celebrando un año de nuevas cartografías de la energía

Esta semana, en mi más estricta intimidad, he celebrado el primer aniversario de Nuevas cartografías de la energía. El 14 de diciembre de 2011, el blog se estrenó con una entrada sobre la fallida Cumbre de Durban. El azar ha querido que, un año después, en esta semana se celebrara, casi sin pena ni gloria, la también fallida Cumbre de Doha. En esa primera entrada ya expresé mi opinión sobre estas cumbres. A lo largo de este año, ésta no se ha modificado ni un ápice: las cumbres energéticas-ambientales eran, y son, la perfecta coartada para el inmovilismo de todos, bajo la excusa de que no se alcanzan acuerdos globales.

Mientras nos movíamos de cumbre fallida a cumbre fallida, ¿qué he ido aprendiendo, entrada tras entrada? Creo que no me equivoqué en querer hablar sobre las relaciones de poder en las relaciones energéticas, pues espero, entrada a entrada también, haber aportado argumentos a favor de la idea de que lo que nos impide cambiar de modelo energético no son ni las fuentes, ni la tecnología, ni los costes; son determinados grupos de poder que entorpecen y paralizan cualquier propuesta que les pueda menguar su posición de privilegio en el sistema.

Sin embargo, lo que no pensé hace un año es que para justificar mis opiniones, en vez de hablar de macro-proyectos centralizados de producción y comercialización de energía renovable, como los de Desertec o Roadmap 2050, que ocuparon mis primeras entradas; acabaría hablando cada vez más de tres cuestiones que, admito estaban fuera de mi imaginación cuando Nuevas cartografías…inició su singladura. Estas tres cuestiones son el poder de los monopolios eléctricos en España; el creciente peso del carbón en las relaciones energéticas internacionales y el giro que, en éstas, está suponiendo la insensatez de la explotación de los petróleos y gases no convencionales, en cualquier país en el que los hubiere, con el fin de lograr una supuesta autonomía energética.

La última muestra de esta insensatez me ha llegado hace un rato, bajo la forma de una petición de Avaaz para que en España se prohíba la extracción de gas mediante fractura hidráulica (fracking en su término en inglés).

No quiero, en una entrada de aniversario, transmitirles mi pesimismo sobre los cambios que estamos experimentando en el modelo energético, pero cada vez me temo más que lo único que estamos haciendo es adaptar al capitalismo del Siglo XXI el modelo energético de finales del Siglo XIX y de inicios del XX. Por ello, tiendo a pensar que en el segundo año de Nuevas cartografías de la energía, de una manera u otra, la minería del carbón, los “nuevos” petroleros no convencionales y la re-nacionalización de las políticas energéticas de los países consumidores serán, todavía más, protagonistas de las futuras entradas.

Sin embrago, ahora, en el presente, me gustaría hacer un pequeño balance de los 12 meses de actividad blogera. En total, han sido 42 entradas, lo que, si hiciéramos una media, equivaldría a 3,5 entradas por mes. Mis lectores saben que no he tenido esta regularidad, ya que a veces he publicado varias entradas en pocos días, y otras, como ahora, llevo un mes sin escribir nada nuevo. Intentaré mejorar mi regularidad.

Por lo que se refiere a los comentarios, he tenido 69. Me hubiera gustado tener algunos más, pero estoy bastante esperanzada, pues en los dos últimos meses, he tenido comentaristas, que han inyectado savia nueva al blog. Veremos cómo va, pero ya, a día de hoy, agradezco a todos aquellos y aquellas que han participado en la aventura de Nuevas cartografías…¡Ojalá se consolide la tendencia del último mes! y este blog se convierta en un foro de debate sobre cómo lograr un modelo energético más justo.

En este balance, lo mas curioso es la distancia entre las entradas más populares entre mis lectores y lectoras y las que a mi me gustan más. Ello me lleva a replantearme, aunque no he adoptado ninguna decisión al respecto, la función de este blog, pero, lo más probable es que siga con la más tónica de ahora: la de buscar un equilibrio entre la actualidad energética y las reflexiones más morales-conceptuales, pues las entradas de más éxito han sido del primer tipo, mientras que a las que, yo, a las que más cariño les tengo, son del segundo tipo.

Por si alguien siente curiosidad, las entradas más populares han sido aquellas vinculadas a la serie de Intentando entender la factura eléctrica, aunque la que tuvo más entradas en un día, con un récord absoluto y nunca más alcanzado -256 entradas en un día-, fue la de Repsol perdió una ficha en el casino global. En cambio, si tuviera que escoger, mis cinco entradas predilectas, por orden de publicación, son la de Propiedad privada, mercado y dogma; la de El final B de ¡qué bello es vivir!; la de Negro futuro; la de Democracia y energía y la de la Lección de la tragedia de Fukushima. No creo que sea, porque son las mejores, sino porque reflejan mucho mejor mis “neuras”.

Bueno, no quiero aburrirles, pero si agradecerles profundamente haber sido lectores, lectoras o comentaristas, esporádicos o fieles, del este blog. Se lo agradezco porque gracias a mi empeño de transmitir ideas u opiniones a internautas diversos, egoistamente, he pensado y he aprendido más de política y relaciones energéticas en un año que en toda mi vida anterior ¡Gracias y espero encontrarles aquí cuando Nuevas cartografías de la energía celebre el segundo aniversario!

Democracia y energía

Estos días de calor intenso aprovecho para leer parte de todo aquello que quise leer durante el curso. Traje conmigo un artículo de Timothy Mitchell, cuyo título es Carbon democracy. Es un artículo más académico que periodístico que, desde mi punto de vista, trata un tema vital de las relaciones energéticas: la relación entre modelo energético y democracia –aunque, tal vez, sería más adecuado hablar de formas de democracia.

La tesis del artículo, aunque aderezada con otros ingredientes, es que the emergence of the mass politics (…) out of which certain sites and episodes of welfare democracy were achieved, should be understood in relation to coal, the limits of the contemporany democratic politics can be traced in relation to oil. Así, la principal idea del artículo es que a finales del Siglo XIX e inicios del XX, las huelgas y el movimiento obrero fueron efectivos gracias a que el modelo energético basado en el carbón (forma de extracción, almacenamiento, transporte ferroviario y fluvial, uso en la siderurgia….) funcionó a través de una red que interconectaba núcleos –obreros- vitales para la marcha del capitalismo. De hecho, Mitchell relata que, en 1914, la masacre de los mineros de los yacimientos de Ludlow (Colorado, USA) puso en un brete a la familia Rockefeller, propietaria de las citadas minas. La solución de la familia al problema fue contratar a un economista de Harvard, Mackenzie King, quien después de diagnosticar que el sindicalismo is a power which, one excercised would paralyze the nation more effectively than any blocade in time of war, recomendó como “vacuna” la concertación social y, a la postre, abrió la vía, para que el sistema aceptara the forms of welfare democracy and universal suffrage that would weaken working-class mobilization.

A partir de este planteamiento, el autor sostiene que la implantación de un modelo energético basado en el petróleo fue una de las vías para asegurar la desmovilización política-ideológica: la extracción de petróleo requiere menos trabajadores –y en territorios lejanos-; los oleoductos son vulnerables, pero no se paran por una huelga de ferrocarril, no requieren personas en los almacenes….y, además, dio lugar a formas de transporte individual –el de carretera, tanto de personas como de mercancías- frente a los colectivos.

Estos argumentos se suman a algunos a los que yo ya he venido aportando en entradas anteriores, aunque en mi caso -salvo para la entrada dedicada a la marcha de los mineros- mi aproximación a la relación entre energía y democracia ha venido motivada por el grado de centralización o descentralización de las modelos energéticos. En este blog siempre he sostenido que cuanto más descentralizado y cuanto más cercano el lugar de producción del de consumo, más catalizador de democracia será el modelo energético. De ahí, mi constante crítica a los proyectos, basados en energías renovables, como el Desertec y el RoadMap2050, pues este tipo de proyectos acrecienta el poder de monopolio de las eléctricas, permite la exclusión selectiva de los consumidores y crea estructuras de gestión –de poder- jerárquicas, verticales y centralizadas.

Al leer el artículo de Timothy Mitchell no he cambiado de opinión, pero como ya empecé a barruntar a raíz de las recientes huelgas de la minería en España, creo que para valorar la bondad o maldad de un modelo energético también debemos empezar a considerar cuán distanciado –no sólo del lugar de producción al de uso final- está del trabajo humano. Nunca defenderé, pues me parece un disparate, que el mundo del carbón fue mejor, ya que, simplemente, no lo fue. Pero, me empiezo a temer que, bajo el discurso -creo que con cierto fundamentosi hago caso del artículo de George Montbiot del pasado 8 de agosto- de que en el capitalismo actual se dan las condiciones para realizar la transición hacia energía limpia, lo que nos están diciendo es que se dan las condiciones para que la producción de la misma sea aséptica: lo más alejada posible de las personas y de su trabajo.

Mirado desde buena parte de Europa, hoy ya la energía que proviene del petróleo es aséptica en ese sentido: sale del subsuelo, gracias a las perforadoras; nos llega gracias a unos tubos; se refina y produce en unos espacios llenos de chimeneas, pero en los que no vemos personas, y la consumimos gracias a un interruptor que, hoy, gracias a que la técnica avanza que es un barbaridad, se controla a distancia; o la consumimos gracias a un surtidor de gasolina que, gracias a que somos de lo más dóciles que hay, nos la auto-servimos en el coche. Así, tendemos a olvidarnos –si no fuera por los vertidos, el CO2 o las guerras, que no es poco- que la producción de energía se debe al esfuerzo y al sacrificio humano. Este olvido todavía será mayor, cuando la energía nos llegue del Sol del Sahara, a través de sofisticadas tecnologías e infraestructuras que, nos dirán, tendrán dos supuestas virtudes: no contaminarán y casi no necesitarán de nadie para funcionar. Con ello, el capitalismo neoliberal habrá logrado la cuadratura del círculo: que los pudientes tengan acceso a la energía sin que nadie pueda reclamar sus derechos sobre su producción.

En este escrito expreso más mis dudas que mis certezas. Ni en mis peores momentos desearía el regreso a un sistema en el que mi bienestar –si quedara del lado amable de la vida, cosa que cada vez dudo más- dependiera de las ingratas condiciones laborales de la mayoría; sin embargo, desde hace unos meses sí que me ronda por la cabeza la idea de que sin obreros no hay salvación posible. No hay posibilidad de confrontación ideológica y de alternativas. Estos días, en estas lecturas veraniegas que voy haciendo, voy añadiendo algunas piezas a este pensamiento.

Toni Judt, en el libro que sigo leyendo desde la anterior entrada, argumenta que la estabilidad de Europa después de la Segunda Guerra Mundial se debe que Europa occidental se desideologizó, al convertir a los ciudadanos en consumidores. Y, que en ese proceso, la importación del modelo de producción y de consumo, made in USA, fundado en el petróleo, tuvo una importancia cardinal. Más fuerte es en su afirmación –aunque menos justificada- Mitchell, pues a este respecto sin tapujos escribe que as US planners worked to engineer the post-war political order in Europe, they came up with a new mechanism to defeat the coal-miners: to convert Europe’s energy system from one based on coal to one based predominantly on oil.

Tengo que pensarlo más, que darle todavía más vueltas, pero si sigo el razonamiento de Judt y de Mitchell llego a una conclusión. Debemos rebelarnos contra los megaproyectos de supuesta energía limpia, sean éstos solares, eólicos, geotermales o de carbón limpio, porque refuerzan el poder de monopolio de la industria energética; y los hemos de combatir, también, porque en el mundo post Yalta, son una vuelta de tuerca más en la desideologización que iniciamos –al menos en Europa- con el petróleo. En resumen, la mejor de las combinaciones, poder extremo de monopolio y falta de contestación, para el totalitarismo perfecto.