Mejor todos de la mano

Hoy, hace una semana, se celebró la asamblea general de Som Energia, una cooperativa de energía “verde”, de la que ya he hablado, y a la que he alabado, en entradas anteriores. Sigo pensando, como creía, que esta es una iniciativa realmente prometedora, pero en la asamblea del otro día, vislumbré algunas sombras. Cuando, en febrero de 2012, califiqué a Som Energia de realmente prometedora, lo hice pensando en tres criterios: a) el de ser un instrumento de lucha contra los poderosísimos monopolios eléctricos que tenemos en el espacio energético de la Península Ibérica; b) el de ser una iniciativa, especialmente válida en tiempos de crisis, que promueve la inversión productiva -en vez del gasto energético- y los efectos de arrastre que de ella se deriven (nuevas actividades, oficios, tecnologías, empleos…), y, aunque condición para los anteriores, c) el promover un modelo energético, descentralizado y distribuido, frente a las hegemónicos centralizados. Viendo los resultados presentados en la asamblea, no puedo más que seguir aplaudiendo esta iniciativa, pues como su propia página web muestra en poco más de dos años se han logrado más de 8.000 socios cooperativistas; financiar con aportaciones de los socios unas inversiones productivas de más de 3,5 millones de euros; generar autónomamente 344.589 Kwh; y que 6.402 hogares contraten la luz fuera de los grandes oligopolios eléctricos y con certificado de garantía de energía verde. Cualquier persona con instinto emprendedor del mundo -ese instinto que nuestros gobernantes, dicen, quieren favorecer- elogiaría algo así, pero como dijo un celebérrimo ministro Spain is different y, añado yo, and Catalunya too. Así que, aquí, no sólo no se elogia, sino que se le ponen palos a las ruedas.

Mis amigos ingenieros del CMES, que calculan adecuadamente, me han ayudado a hacer lo que presento a continuación -que ellos me perdonen si no lo traslado adecuadamente; ya se sabe, los economistas…

En Catalunya, zona en la que Som Energia tiene el mayor número de cooperativistas, un hogar medio consume entre 4.000 y 5.000 KWeh (siendo la “e” de eléctricos) cada año. Es una barbaridad, pero es lo que nos dan las cifras. Por tanto, 6.402 hogares por -en la franja baja- 4.000 KWeh, significa una consumo de 25.608.000 KWeh/año. Si estos mismos KWeh se tuvieran que generar con petróleo (aunque el mix energético de generación eléctrica catalán es distinto), ello equivaldría a 48.316,98 barriles de petróleo. Está claro que no es mucho, y que dependerá del precio al que se cotice, pero en términos nominales, con el precio del barril brent (100,39$/br.) y el tipo de cambio euro-dólar (1,3006) de hoy, ello equivale a 3.729.464,57 de euros. A ello, le debemos añadir que esta cooperativa, hoy ya genera 344.589 Kwh, lo que, por ahora es muy poco, pero que si creciera significaría un no uso de fuentes fósiles y nucleares mucho mayor.

El debate, aquí no es si esto es mucho o poco dinero -aunque huelga decir que en un momento como el actual más de 3 millones de euros en un centro de sanidad o educativo sería como si les hubiere tocado “el gordo” de Navidad, ya que casi representan las nóminas anuales de 80 profesores titulares de universidad-, sino si esta cantidad de barriles de petróleo es necesaria y si podríamos ahorrarnos este dinero. La respuesta es evidente y afirmativa, pues el coste de todas las fuentes de energía primaria -no hablo de la generación- que comercializa Som Energia es cero. Ni el sol, ni el aire ni, por ahora, el agua, por ser libres, tienen precio monetario, mientras que sí lo tiene el petróleo -o gas o combustible nuclear- que importamos. Por tanto, que los usuarios finales -domésticos o industriales- apuesten por la electricidad generada a partir de fuentes renovables, implica que desaparece, de la cadena energética, el coste de la fuente de energía primaria. De hecho, una vez está instalada una placa solar o un aerogenerador, el coste de producir más KWeh es nulo (en economía diríamos que el coste marginal -el que supone producir una unidad adicional- es cero); mientras que en una central térmica, el coste de generar una unidad más de electricidad dependerá de cuánto cueste el barril de petróleo, el metro cúbico de gas o la tonelada de carbón. Es decir, éste es un dinero que podría no tener que pagarse.

Las opciones de lo que se pudiere hacer con ese dinero son variadas y van desde simplemente no gastarlo a invertirlo en un nuevo modelo descentralizado de generación y empleo de la energía, pasando por emplear el dinero -en divisas- que nos ahorramos a pagar las primas -en moneda local- a “nuestras” empresas. Sólo los 3.729.464,57 de euros que representarían la generación, a partir de petróleo, de los 25.608.000 KWeh/año, si no me equivoco, podría convertirse en una prima de 14 céntimos de euro por KWeh generado con fuentes renovables.

Por tanto, la simple existencia de una comercializadora – y productora- de energía renovable, siempre y cuando la generación de esa energía sea local, ahorra un coste que intrínsecamente no es necesario pagar. Suena a magia, pero es así. Si sólo unas 6.000 familias, permiten que se deje de emplear más de 48 mil barriles de petróleo al año y que se reduzca el déficit exterior en el equivalente a cerca de 5 millones de dólares, imagínense qué sería si todos nos pasáramos a las renovables….

Alguien podría considerar que este argumento es insolidario con los del “exterior”, podría ser, pero personalmente tengo mis dudas. Tres son las razones para ello. En primer lugar porque, salvo la parte que se queda vía impuestos en los países productores, a quién le estamos pagando, de facto, ese dinero es a los grandes conglomerados transnacionales energéticos. En segundo lugar, porque la industria energética fósil -aunque esto no sea cierto en su faceta química e industrial- productora de combustible y generadora de electricidad es un sector obsoleto que ya genera muy pocos efectos de arrastre en la economía. Y, por último, porque en los llamados países productores el maná petrolero ha sido más una maldición que una bendición. Ni con los “milagros” recientes de casos como Qatar, se puede afirmar que el dinero del petróleo ha sido bien “invertido” en las economías petroleras, e, incluso, en algunos casos como Nigeria o Guinea sólo ha servido para generar más injusticia y miseria.

A esta iniciativa -y a las similares- yo sólo les veo ventajas. Creo, pues, que nuestros gobernantes deberían estar ayudándoles, ya que ahorran dinero al país, crean puestos de trabajo (sólo la cooperativa ha creado 7 de directos y algunos indirectos con la construcción y mantenimiento de las unidades generadoras), invierten en nuevas actividades de futuro, rehabilitadoras del territorio, y se han financiado con el dinero de los cooperativistas, y por tanto, sin presionar sobre el crédito, ni público ni privado. Sin embargo, éstas son las iniciativas que se intentan aplastar ¿Cómo? Muy fácil, haciendo una legislación que impide comercializar su propia energía, que impide una remuneración adecuada de la electricidad “gratis” que generan y obligándoles a que tengan que pasar por el aro de los grandes oligopolios eléctricos para poder comercializar energía. De hecho, tal como están las cosas, puede que los sucesivos cambios legislativos del ministro Soria acaben con Som Energia. No se crean, aunque sea una cooperativa creada en Cataluña, tampoco el gobierno local parece estar muy interesado en el tema… Creo que a un marciano se le cuenta esto y no lo entiende, pues cómo se va a comprender que en tiempos de profunda crisis, se aplaste a las pocas iniciativas locales creadoras de futuro sostenible.

Ante esta situación, considero que debemos redoblar nuestros esfuerzos para lograr la transición energética hacia un modelo distribuido, basado en renovables. Por esta razón, después de escuchar algunas intervenciones en la asamblea del pasado sábado, creo que no nos podemos despistar ni un momento y fomentar nuestra desunión. Nuestro enemigo es el oligopolio eléctrico que captura a todos los gobiernos de la Península Ibérica, no aquellas personas que viven a unos centenares de kilómetros de distancia. Hemos de ir todos juntos, con el mismo proyecto, que es el de lograr la generación universal de energía descentralizada. Por definición este es un único proyecto común que, intrínsecamente, por sus propias características se ha de implantar a nivel local. Si se lograra, entonces sería el momento de hablar de si la descentralización significa islas energéticas o redes federadas y distribuidas. Ya me gustaría estar en este debate, pero ese horizonte todavía es lejano, así que mientras llegamos a él, mejor todos de la mano, ¿no les parece?.

Pistas desde la economía para valorar la transición energética

Todas mis entradas están pensadas para activar el debate energético, aunque reconozco que algunas son más o menos personales. Ésta de hoy, casi podría decir que es una demanda de debate, surgida a raíz de mi contacto con el CMES. Un colectivo de ingenieros e ingenieras que está trabajando muy activamente para mostrar que la transición energética hacia un modelo descentralizado de energía renovable es posible, y que, además, será extremadamente beneficioso. Desde que los conozco, que no hace mucho, me han llenado la cabeza de cadenas eléctricas y yo, desde mi más osado, que profundo, conocimiento, me he propuesto a buscarles argumentos económicos que apoyen su iniciativa.

Dándole vueltas al asunto, he decidido escribir esta entrada con algunas ideas. todavía deslavazadas, para ver si alguien “pica” y me ayuda en este propósito.

Desgraciadamente el pensamiento económico no se encuentra en sus mejores momentos, así que la cuestión no es fácil. Ayer escribí, sin pensar, una frase en la que afirmaba que el argumento económico de una determinada opción energética debía ser “tal”. Después, enseguida me dí cuenta, que había muchos argumentos económicos posibles y que, aunque en mi mente, todos estuvieran interrelacionados, pues en la realidad están todos entrelazados, tenía la obligación de intentar, aunque sólo fuera con fines pedagógicos, separar los niveles de análisis. Así que voy a presentar un primer esbozo de ello.

El primer aspecto, al menos tal como yo lo veo, es tener claro que no todos los economistas entenderán las cuestiones energéticas -y casi nada- del mismo modo. En economía hay una gran distancia -con muchos matices- entre aquellos que entienden que la economía es apersonal -los que hablan de Economia, como traducción de Economics- y los que creen que la economía son las relaciones económicas que se dan en un momento determinado en una sociedad determinada; los que hablan de Economía política (la economía que se da en la polis).

Más allá de ello, analíticamente, los economistas podemos emplear cuatro niveles de análisis: el micro, el meso, el macroeconómico y el sistémico. De las dos formas de ver la economía, la primera escuela se centrará fundamentalmente en el análisis microeconómico -el del individuo- y conciben el resto como agregación de las unidades micro, sin entrar en lo que implican las relaciones a nivel mesoeconómico o sistémico; los segundos centran su análisis en el sistema -en la sociedad-, para interpretar las relaciones económicas que se dan en los tres niveles “inferiores”.

Así, si trasladamos ambas visiones del mundo económico a la energía, tendremos el primer tipo de economistas que entenderá que la energía -al igual que la economía- es el resultado de la agregación de elecciones individuales de empresas (oferentes) o consumidores (demandantes). Mientras que, los de la segunda categoría, entenderán la energía como el resultado de unas relaciones -sociales y, por tanto, de poder- energéticas conformes al sistema vigente.

Para los que han ido leyendo mi blog, estará claro que yo pertenezco a la segunda escuela de pensamiento y, por ello, mi visión de la energía es más sistémica que microeconómica. A pesar de ello, considero que si el objetivo es valorar modelos energéticos posibles, en un caso como el de la energía que atraviesa todos los aspectos de nuestra vida, puede ser positivo buscar que hay de “utilizable” en cada uno de los cuatro niveles citados.

1) En el ámbito microeconómico que, cuando hablamos de energía, se centra mucho en el análisis de costes y beneficios (cuanto cuesta la energía solar en relación a la fósil, por ejemplo), entiendo, como argumentabaHermann Scheer que este debate, al menos tal como se hace, es estéril, pues se están comparando cosas incomparables. Comparamos como si fuera igual, producir electricidad con petróleo que viene del otro lado del mundo con infraestructuras desarrolladas en los últimos 150 años y una industria madura y consolidad, que producir directamente la electricidad en casa, con una placa de tecnología reciente y desarrollada por un sector naciente.

En cambio, sí que creo que un debate de costes cualitativo es útil. Tal vez no podamos saber cuánto más costosa es la electricidad generada a partir de petróleo que la generada a partir del sol, pero sí que sabemos que para producir electricidad a partir de petróleo se han de dar muchos más pasos (extraer petróleo, transportarlo desde el otro lado del mundo, refinarlo y convertirlo en combustible, quemarlo, convertirlo en energía mecánica y, luego en eléctrica) que si en una placa fotovoltaica la luz del sol se convierte directamente en energía eléctrica; como sabemos también que el petróleo se paga y el sol no.

Así, el análisis de costes cualitativo nos enseñaría qué partidas de coste nos podríamos ahorrar y cuáles añadir (por ejemplo los residuos) si se optara por un tipo u otro de energía.

2) El nivel mesoeconómico, en el caso de la energía nos indicaría cómo se organiza la producción y el uso final de energía y, por tanto, cuál será la cadena -de valor- energética y la estructura de la industria. Para un no economista, esto puede ser más difícil de entender, pero lo ilustraré con un ejemplo. En el momento que se opta por una fuente energética fósil, alejada del lugar de uso final; estamos optando por una industria energética monopolista -pues las barreras de entrada y la tecnología son elevadas- y transaccional; y estamos optando por producir, transportar y comercializar la energía internacionalmente, de forma centralizada. Es decir, damos un poder -económico y, por tanto, político- a los grandes conglomerados energéticos mundiales; otorgándoles el poder de decidir para quién producen y en qué condiciones.

Por el contrario si se opta por producir a partir de fuentes renovables, cercanas a los usuarios finales; el tamaño y el poder de la industria energética frente a los que la acaban empleando cada día, será menor o mucho más equitativo.

Económicamente -aunque no sólo- lo primero tiende a crear sociedades más desiguales y lo segundo sociedades más equitativas. Por tanto, considero que éste, el grado de monopolio que determinadas formas de producir y emplear la energía acarrean, es también un factor económico a tener en cuenta al valorar la política energética que se quiera implementar. Además, en este ámbito, también resulta relevante considerar si se desacoplan los lugares de gasto de los de inversión, o no.

3) En el ámbito macroeconómico, una buena forma de valorar las cuestiones energéticas es por los efectos que una determinada política energética, como política sectorial que incide transversalmente en todos los objetivos “deseables” de la política económica de un país, pudiera tener. Una vez más, pongo algún ejemplo. Es decir, cómo afecta el “modelo” del petróleo a la inflación, a la creación de empleo, al equilibrio externo, etc… y cómo incidiría otra forma u otro modelo energético en las mismas variables. Tal vez no se puedan obtener las cifras exactas, pero no cuesta mucho establecer algunas cuestiones -casi- evidentes. Por ejemplo, potencialmente la inflación empeorará con un modelo basado en el petróleo, pues los precios del crudo son muy volátiles y la industria tiende al monopolio; mientras que un modelo basado en fuentes renovables locales tenderá a mejorar la balanza comercial, ya que dejaremos de pagar la factura energética exterior. Comparaciones similares se pueden hacer para los niveles de empleo, la distribución de la renta o el crecimiento. De hecho, si se quiere tener una fugaz visión de ello, puede leerse la última parte de este artículo que yo misma escribí hace unos años.

4) Por último, es en el nivel sistémico donde el análisis se complica, pues de lo que se trataría de ver es si el modelo energético vigente se acomoda -si sólo miramos el ámbito estrictamente económico- a las necesidades del sistema de producción vigente. Por tanto, esta forma de ver el modelo energético nos permite analizar las crisis y los procesos de transición energética, ya que, desde este punto de vista, modelo energético entra en crisis cuando deja de adaptarse a dicho modelo de producción.

Desde mi forma de ver el mundo, es importante tener en cuenta este último punto, pues su corolario es que históricamente las crisis energéticas no se producen por una razón cuantitativa -el fin o el encarecimiento de una fuente-, sino por una causa cualitativa: la no adaptación entre el modelo energético vigente y el modelo productivo, y en general social, vigente.

Desde este punto de vista, dejo en el aire una última reflexión sobre el modelo del petróleo: llevamos casi 40 años hablando de la crisis del mismo; primero porque experimentamos un shock -cuantitivo- de oferta y después porqué pensamos que al quedarnos sin él -su cantidad- el precio aumentará hasta límites insostenibles. Sin embargo, lo cierto es que, mal que nos pese, el mundo del petróleo sigue aquí. A veces parece muy difícil decir el por qué, pero yo intuyo que simplemente se trata de que a nivel mesoeconómico genera unas estructuras de poder energético que se adaptan perfectamente con la tendencia a la concentración de la propiedad capitalista y que, desde un punto de su adaptación al sistema, en un primer momento su gran, maleable y barato flujo de energía se adaptó a la perfección al modelo de producción fordista y de consumo de masas en Occidente; mientras que ahora, la gran cantidad de excedente financiero que genera es ideal para lubricar los mercados de capital internacionales y financiarizar la economía la economía global con la ayuda de los fondos soberanos.

Pobreza energética, ¡suerte que España es un país cálido!

Hace unos días, a través del twitter, me llegó un informe de la Association for the Conservation of the Energy, titulado the Cold Man of Europe. Este informe empieza con la siguiente frase, fuel poverty is a major social crisis in the UK. There are over five million households in fuel poverty needing to spend more than 10% of their income on energy in order to keep warm. This number will increase significantly if gas prices rise as the Government expects.

Al leerlo me he ido a buscar los datos, pues lo que nos dice este informe es que en uno de los pocos productores de gas y petróleo europeos -además de carbón-, un porcentaje significativo de sus habitantes son pobres, energéticamente hablando. Es decir, están excluídos del uso que consideraríamos socialmente, “normal” de la energía.

Es cierto que desde inicios del Siglo XXI, la producción de petróleo y de gas en el Reino Unido ha decrecido sustancialmente, pero, a pesar de ello, según los datos de la Agencia Internacional de la Energía, en 2009, todavía tenían la capacidad de producir un 80% del total de la energía que se consumía en este país y, hoy en día, según los balances que ofrece la Agencia de Información Energética de Estados Unidos, la producción autóctona sería suficiente para cubrir el 63% del consumo nacional. Puede parecer poco, pero si se miran los mismos datos para España, en el 2009, contando la energía nuclear como propia, no llegábamos ni al 24%, y en la actualidad esta cifra es bastante similar.

Ni un país ni una economía es, a priori, mejor o peor por los recursos energéticos que posee, pero he querido realizar esta comparativa, porque podría servir de lección para España. Los datos que acabo de mostrar nos dicen que, a pesar de la riqueza fósil del Reino Unido, sus habitantes pasan frío. De ahí que concluya que no hay una relación entre riqueza en fuentes primarias de energia y bienestar energético de la población.

Esta es la primera lección que extraemos del informe, pues éste muestra que un país puede ser pobre energéticamente aunque sea rico en energía fósil e, incluso, “tenga” alguna de las primeras empresas energéticas del mundo como British Petroleum. Así que, en España, seamos muy cautos a la hora de apostar por producciones supuestamente nacionales, como las que, se especula, tendremos gracias al uso de la técnica del fracking en la Penísula o a la extracción de petróleo convencional en las Islas Canarias. De hecho, el contra-ejemplo del Reino Unido pone en tela de juicio esta creencia.

En realidad, no se ha de ser muy list@ para saber por qué dicha relación no se produce:  en el Reino Unido hay pobreza energética, porque en el gasto de las familias, la factura energética representa un porcentaje excesivamente elevado para -según el informe- 5 millones de hogares. Ante ello sólo hay dos explicaciones posibles; o la industria cobra unos precios abusivos o las personas perciben unas ingresos insuficientes. Ambas cosas podrían ser verdad en el Reino Unido, pero seguro que lo son en España.

Desgraciadamente en el informe citado no se habla de España, pero leo en las estimaciones de la Unión Europea que, aquí, casi un 1,9 millones de hogares son “pobres energéticamente”, lo que significa que, también, más del 10% de la población lo es. Estos datos son de un informe del 2010, por tanto, a día de hoy, con más de 6 millones de parados, la cifra se habrá disparado. A ello apunta el pionero informe realizado por la Asociación de Ciencias Ambientales.

Teniendo en cuenta las causas de la pobreza energética en Inglaterra, es facil asumir que en un contexto como el Español, esta pobreza silenciada, también irá en aumento, salvo que el buen clima nos salve de ello. De hecho, es extraño que no aparezcamos ya, pues según datos del Departamento de Energía&Cambio Climático británico, los españoles pagamos una factura eléctrica mucho más elevada que la de los británicos.

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Así, para España, la segunda lección de este informe es que si la pobreza energética no viene determinada por la cantidad de energía que se tenga, sino por la capacidad de los usuarios finales de acceder a la misma -lo que en economías “de mercado” como las nuestras, implica que la puedan pagar-, en esto, también, España va mal. Hoy ya, gracias, al extremo poder de monopolio de las compañías que operan en el país, los hogares  pagamos una de las facturas energéticas más elevadas (en términos absolutos y relativos) de la Unión Europea. Y, gracias a que importamos casi toda la energía primaria del exterior, el país paga una de las más abultadas facturas energéticas exteriores por importar crudo, gas y combustible nuclear. Sólo en hidrocarburos, según los últimos datos, en momento de crisis, unos 50.000 millones de euros.

Ya he comentado en otras entradas, el potencial que tendría convertir este gasto en combustible en una inversión, pero más allá de ello, hoy, no se ha de olvidar que esos miles de millones engrosan nuestro déficit exterior, y con ello -aunque sea indirectamente- nuestra deuda. Deuda que, ahora ya lo hemos aprendido, la pagamos recortando el trabajo, los derechos sociales y la vivienda de la población. Por tanto, de forma indirecta, por pagar nuestra factura exterior energetica, acabamos sin poder pagar la doméstica.

Una vez más, nada de esto tiene sentido -al menos “sentido común”. Por ello, si no queremos sumar la pobreza energética a todas las que ya vamos teniendo, este informe nos da pistas del camino a seguir:

1) no entrar en quimeras sobre una hipotética mayor autonomía fósil en España

2) acabar con un poder de los monopolios energéticos, que se traduce en continuos e injustificados aumentos en nuestra factura eléctrica

3) invertir en la creación de una nueva forma de producir -y usar- energía, en vez de gastar estérilmente miles de millones de dólares en el exterior que, acaban empobreciendo a los españoles.

Visto que no lo hacemos, no debe ser fácil, pero en un día como hoy, en el que la EPA ha vuelto a caer como un mazazo encima de nuestras consciencias, creo que ha llegado el momento de probar algo nuevo ¡Atrevámonos!

Monopolio natural e industria energética

En mi primer año en la facultad, teníamos una asignatura que se llamaba Teoría Económica I. Era una introducción básica a la teoría económica que, francamente, a pesar de lo que diré a continuación, estaba bien. En mi manual de entonces, que todavía conservo, se puede leer lo siguiente: cuando  discutimos los problemas que surgen de la monopolización de una industria y la respuesta  política estatal apropiada, es esencial contestar a la pregunta: ¿es la industria un monopolio natural? Este manual dice que el monopolio natural se produce cuando una sola empresa puede producir la cantidad total que se vende, a un costo medio menor que lo podrían hacer dos  o más empresas. Esto ocurre cuando se generan economías de escala. Este decir, cuando ante una elevada inversión inicial -un gran coste fijo-, cuantas más unidades se produzcan, más baratas resultan.

De ahí, se dice que son casos típicos de monopolio natural las comunicaciones, el transporte y la energía. En el mismo manual, unas páginas más adelante, respondiendo a qué tipo de política estatal debemos hacer, dice que si la empresa es un monopolio natural…romperlo sería contraproducente, puessólo necesitamos unos cables eléctricosSi tuviésemos dos o más empresas en estas actividades, estaría duplicando la inversión….del monopolio existente e implicaría una pérdida de recursos.

En resumen, a un alumno o alumna que entre en una facultad de economía se le explica que la industria energética, por requerir grandes inversiones iniciales, es inexorablemente monopolio natural. Por ello, mejor no hacer nada para evitarlo -en todo caso, regularlo-, ya que si hubiere más de una empresa energética o más de un cable, no sólo se encarecería innecesariamente el producto, sino que la sociedad derrocharía recursos que podría destinar a otras actividades.

Lo crean o no, que te cuenten esto es tu primer año de carrera cincela la mente. Incluso en un caso como el de mi generación en el que estudiamos una economía mucho más política, humana y transversal que la actual, difícilmente nos cuestionamos que los monopolios naturales no son un destino inapelable. En mi caso, me ha llevado más de 25 años, caer del caballo.

No discuto que si hay una industria en la que, por las razones que fuere, sólo se pudiere producir (bienes o servicios) a partir de unas inversiones iniciales muy elevadas, se generarían las dichas economías de escala; lo que me pregunto es sobre la premisa: la  inevitabilidad del monopolio natural en la industria energética.

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Formulado de otro modo, entiendo que una vez hemos construido una gran planta de generación eléctrica, una gran refinería, unos oleoductos que atraviesan medio mundo, unos cables que cruzan territorios enteros, una gran central nuclear, una presa como la de las Tres Gargantas en China, etc… cuanta más energía podamos generar, transportar o producir, más rentable -en sentido amplio- será la inversión; pero mi pregunta es si realmente ¿ésta es la única organización industrial posible para producir y distribuir la energía? Históricamente, la respuesta es no.

Si se analiza la historia de la energía se puede aventurar que la naturalidad del monopolio energético de innata tiene poco. Fundamentalmente es una historia que empieza en el último cuarto del Siglo XIX en Estados Unidos, cuando la Standard Oil, con Rockefeller a la cabeza, inicia la construcción “masiva” de oleoductos por el conjunto del país, y cuando General Electric, gracias a los conocimientos de Tesla, empieza la producción hidroeléctrica a gran escala, a partir de la central de las Cataratas del Niagara. Es decir, la industria energética se vuelve monopolio natural, a finales del Siglo XIX, cuando la forma de producir energía se convierte en centralizada: cuando se decide que desde único centro productor (o generador) se suministrará electricidad o combustible a los ciudadanos dispersos por el territorio, a los que se les puede hacer llegar, o no, un cable o un tubo.

La industria energética se consolida como monopolio cuando de forma natural (sic!), después de varios avatares de la historia -el Imperio colonial británico, la desintegración del Imperio otomano, los Acuerdos de Versalles, la Revolución soviética y Yalta, por citar algunos- la industria se internacionaliza, lo que obliga a invertir en grandes infraestructuras, que conecten los llamados países productores con los países consumidores; el monopolio siguiendo su naturaleza se refuerza cuando, en los años 1980s, se inician las grandes privatizaciones y se convence a los propietarios de pequeñas plantas generadoras, que lo “más natural” es que vuelquen la electricidad que antes alimentaba sus pueblos o fábricas a una red general; y, entiendo que, con esta misma lógica, si prosperan planes como el Desertec o RoadMap2050, también será “más natural”, generar la electricidad en el Norte de África para ser empleada en Alemania, que tener unas placas solares al lado de casa.

Puede que como economista sea una nulidad, pero, ahora lustros después, todo esto me parece muy poco natural, en el sentido de que “no hay otra”. De hecho, fuera de la economía, los que saben de esto, no cegados por el insoslayable monopolio natural, hablan de elección. Hablan de caminos posibles, pero no tomados (Armory B. Lovins); hablan de elección de tecnologías que favorecen el monopolio y la concentración de la propiedad (Lewis Mumford) o de tecnologías energéticas que evolucionan escogiendo las características que le permitirán interactuar con los poderes establecidos (Josep Puig i Boix).

De ello, hoy en esta entrada, sólo me interesa resaltar que mientras desde la economía hablamos de la inevitabilidad del monopolio natural de la industria energética, fuera de ella, de lo que se habla es de elección y de poder. Para mi, en mi estado mental presente, son “los otros” los que tienen razón, aunque admito que me ha costado más de 25 años barruntar que llamar monopolio natural a la industria energética es tan sólo, otro más, de los ardides lingüísticos en los que los economistas estamos demostrando un talento sin igual.

Chipre y la nueva geopolítica del gas

Esta mañana, me ha llamado mi buen amigo y colega Albert Puig, profesor de la Universitat Oberta de Cataluña (UOC), para comentarme algunos cuestiones sobre Chipre. Curiosamente, poco hemos hablado del euro y mucho del gas. Como soy un poco compulsiva, después de hablar con él, he empezado a recordar y a mirar mapas.

Al tiempo, me ha llegado un breve del Foreign Affairs, cuyo título es Trouble in the Eastern Mediterranean Sea. Este breve artículo relata del auge del gas que está experimentando el Mediterráneo Oriental. Cuenta que:

a) En los últimos años se han iniciado muchas perforaciones off-shore en las costas de Chipre, Líbano, Egipto, Israel, Siria y Turquía

b) Israel ha sido el principal beneficiario de esta fiebre del gas, y que ello ya ha añadido tensión a las siempre tensas relaciones entre el Líbano e Israel

c) Que, al firmar acuerdos Chipre con Israel, Chipre es el segundo mayor beneficiario de este auge, pues the island straddles Israel’s most likely gas export route to European markets. Cyprus also lays claim to its own gas deposits. The Aphrodite field, which is adjacent to Leviathan, may contain up to seven tcf of natural gas — enough to meet Greek Cypriot domestic consumption needs for decades to come.

d) Que, como es lógico, Turquía reclama la co-propiedad de estos potenciales yacimientos y que, por ello, upping the ante, Turkey has scheduled major naval exercises to coincide with drilling by Greek Cypriot contractors and has sent its own exploration vessels to disputed waters, threatening to drill on behalf of Turkish Cypriots

El mismo joven amigo, que en otras entradas, ha sido mi suministrador de información, hoy me manda un correo electrónico en el que me da otra buena pista, la del papel de Rusia en todo este juego. Como sabrán, hace un par de días saltó la noticia de que Chipre, ante el abandono de la Unión Europea, miraba hacia ella en busca de ayuda. En un artículo del Der Spiegel International, se explican muchos de los motivos de ello: la fuerte presencia de residentes rusos en Chipre, los vínculos -al igual que con Grecia- con la Iglesia Ortodoxa, el “salvar” los depósitos de los rusos en la Isla, y, lo más interesante: que una de las contrapartidas de la ayuda fuera que se le dieran los derechos de explotación de los yacimientos de gas a la empresa rusa Gazprom. Puede ser cierto, o no. De hecho, hoy Rusia lo ha desmentido, pero la mera existencia de todas estas quinielas es relevante, pues indica que en la esfera de influencia de Europa se abren posibilidades nunca imaginadas antes.

Hace unos días ya dije que estamos asistiendo al fin del atlantismo en las relaciones energéticas. Un efecto colateral de ello, es que pasen acontecimientos, que acaban produciendo alianzas que antes nunca concebimos. La llamada primavera árabe es un buen ejemplo de ello, y lo que ahora ocurre en Chipre, también podría serlo.

Aunque soy economista, no tengo muy claro porqué la Unión Europea ha optado de forma descordinada y patosa por una (no) actuación tan drástica en Chipre. Por lo pequeño de su economía, por lo lejos que está de la concepción dominante de lo que es Europa, la de Occidente, tiendo a inclinarme que es porque se pensó que un buen castigo ejemplar, mostraría la seriedad con la que “Europa” se enfrenta a la crisis y avisaría a aquellos que se están desviando del recto camino, que las consecuencias serían onerosas.

En otros tiempos, una torpeza de este tipo, no hubiera tenido mayores consecuencias geo-políticas, pues en ese mundo de ayer, para una isla como Chipre, la opción entre pertencer nominalmente a Europa o cualquier otro tipo de alianza o bloque regional, tenía una respuesta clara: Europa. Tampoco nadie se hubiera atrevido a cortejar a un país nominalmente europeo. Hoy si seguimos, las especulaciones que tenemos sobre la mesa, está claro que las cosas ya no son así.

Chipre es una economía pequeña, un país, por muchos considerado insignificante dentro de la Unión Europea, del que a veces he pensado que sólo está en la UE por dos razones: para que los jubilados del Norte se retireren o vayan de vacaciones, o para cerrar la puerta “en los morros” a Turquía.

Hace unos cuantos años, escribí en un artículo en el que decida que geo-energéticamente Turquía era parte del espacio europeo; argumenté que esta era una razón adicional para considerar seriamente el ingreso de Turquía en la UE. Nadie tenía porqué, pero está claro que los decisores en Bruselas no pensaron lo mismo que yo. Hoy, he recordado ese artículo, pues desde este punto de vista, la situación de Chipre, todavía es más cómica.

Europa lamenta constantemente tener que comprar al exterior energía primaria. Pues bien, parece que Chipre tiene gas, y qué se hace desde la Unión Europea, sentar las bases para que Chipre decida irse de ella, o para que alguno de los muchos novios que tiene este gas -Israel, Turquía o Rusia-, después de los ajustes impuestos a Chipre, se lo puedan quedar a precio de saldo.

Ello, en un conexto en el que:

1) Estados Unidos ya no parece preocuparse, al menos por ahora, por los hidrocarburos del Mediterráneo; no lo hizo en Libia, no lo hizo con el gas de Egipto; y, mucho menos lo hará, con un gas que Israel también pretende.

2) El gas del Mediterráneo oriental parece estar dando entrada a nuevos jugadores de fuera de la región, como son los qataríes, en el caso de Egipto, o podrían ser los rusos en el caso de Chipre.

3) La Turquía de Ergodán, que ya hace tiempo que se cansó de esperar y dejó de llamar a la puerta de Europa, se orientaliza, pues está mirando con buenos ojos organismos regionales como la Organización de Cooperación de Shangai.

En resumen, la Unión Europea se ceba con Chipre, en un contexto de deserción del tradicional aliado de Europa en el Mediterráneo; en un contexto de entrada de nuevos jugadores en él; y en un contexto de creciente deseuropeización de Turquía. Se mire por donde se mire, es una postura muy torpe, pues con ella y en ese contexto, lo menos que le puede pasar a Europa es quedarse fuera del ámbito de decisión del nuevo juego gasístico que se está abriendo en el Mediterráneo oriental; y lo de más que pierda para muchas décadas, sino para siempre, su influencia en esta zona del mundo.

Claro, para los que defendemos otros modelos energéticos, todo esto debería darnos igual, pero en esta maltrecha Europa lo que, siendo injusto, en el mundo de ayer, casi no hubiera tenido consecuencias, hoy puede ser el hecho que muestre, sin otra interpretación posible, el empequeñecimiento de una Europa que, paradojicamente y nominalmente, es la que, en el último siglo, ha ocupado más espacio en el mapa.

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Esta entrada no es mía. Algo falló, cuando la intenté rebloguear. El tiempo no me dio para la efémerides de los dos años de la tragedia del tsunami en Japón y la fatalidad de la planta Daiichi en Fukushima. Matías Nso, un blogero al que sigo, hizo esta entrada en behind the grids. Me gusta y refleja, no todo, pero buena parte de lo que siento. Aquí va el enlace 
http://wp.me/p1tnEs-51

Añado con motivo de esta efemérides, aunque sea un poco egótico, y sólo para quien no la hubiere visto en su momento, mi entrada de hace unos meses sobre La lección de la tragedia de Fukushima

Viviendo en el determinismo energético

Hay dos ejercicios excelentes que los académicos dejamos de hacer, porque no sólo no nos dan puntos para nuestro currículo, sino que la mayoría de nuestros colegas considera que son los propios de un o una profesora/a de segunda clase: las actividades propias de los tontitos, de los que no somos suficientemente buenos para publicar en las llamadas revistas de excelencia. Estos ejercicios son dar clases en el primer año, cuando los alumnos no están maleados por el dogma, o dar clases en cursos con alumnos provenientes de otras disciplinas, y dar conferencias divulgativas para el público en general. Es verdad que estas actividades no lucen, pero, como más lo pienso, más me convenzo que son una pieza clave del método científico, pues las preguntas de los legos interesados son los que -al menos en el ámbito de las Ciencias Sociales- te ayudan a ver si aquello que cuentas es, o no, absurdo. Es el mejor contraste, si se escucha lo que se te dice, para averiguar si has caído, como diría en gran John Stuart Mill, en la asunción de infalibilidad.

Tengo la suerte de impartir una asignatura sobre relaciones energéticas internacionales en un curso de alumnos con procedencia muy diversa. Ningún dia consigo acabar lo que tenía previsto explicar. Primero, pensé que era por que, yo, me enrollo como una persiana, pero después me di cuenta que el problema era otro: muchas de las cosas que les cuento no las entienden porque, aunque pasen y sean, no tienen sentido. Así que acabo pasando el resto de la clase, buscando la forma de explicar cuestiones que, una vez planteadas, atentan al -buen- sentido común de mis alumnos.

La noticia de la semana es la supuesta riqueza en hidratos de metano frente a las costas de Japón”.  Parece, según nos informó el El País, que después del accidente de Fukushima, como Japón que no tiene petróleo, su gobierno está muy interesado en extraer este tipo de gas de “sus” mares.

Fuente: Washington Post

Fuente: Washington Post

Confirma esta idea el artículo del Washington Post, del cual está sacada esta imagen, pues el titular deja entrever que Japón está muy esperanzado con esta fuente de energía del fondo de mar. Por lo que nos dice este artículo, no sólo Japón, sino diversos países, que ven un nuevo Eldorado en sus ya esquilmadas aguas territoriales. España, también, pues parece que este nuevo “oro negro marino” se halla frente a la costa de Cádiz.

¿Realmente los hidratos de metano son algo nuevo? Puede que un geólogo les diga que sí, pues su estructura es distinta de la de otros hidrocarburos, pero, mucho me temo que para la industria energética, el CH4 significa exactamente lo mismo que el resto de petróleos y gases. Desde que se inició el apogeo de la extracción de petróleo y gas encerrado en esquistos, pizarras y bituminosas, hemos entrado en una fiebre del oro, cuyo objetivo sólo parece ser que seamos capaces de extraer tipos de petróleo o de gas de continentes en los que se encuentran cautivos. El gas que está preso en el interior de una pizarra o, ahora, el metano marino que -como decía Javier Sampedro en un recomendable artículo de opinión en El País- se halla enjaulado en el interior de un dodecaedro formado por 20 moléculas de agua.

No soy ni geóloga ni ingeniera, pero estoy convencida que ser capaces de llegar al corazón de las pizarras, de los mares o al permafrost del Ártico, requiere un excelso conocimiento científico y un grado de desarrollo tecnológico muy elevado; como asumo también que cada nuevo tipo de extracción por fractura hidráulica (fracking) o, ahora de extracción del metano glacial submarino, es costosísima, se mire por donde se mire. Si es así, la pregunta es obvia ¿por qué nos emparramos en malbaratar el progreso humano y miles de millones en destrozar -vean este video- ecosistemas enteros del planeta, en vez de intentar alternativas?

Dice Javier Sampedro en su artículo que los hidratos de metano de los fondos oceánicos pueden revelarse como la gasolina del futuro, pero solo lo serán del futuro próximo. Si son una solución a la permanente crisis energética, son solo una solución provisional y miope, puesto que el uso de estos combustibles sería exactamente tan dañino para la atmósfera como lo son nuestros actuales tubos de escape. ¿Lo pillan? En esta frase, los términos nuestros y actuales son la clave. En nuestro mundo sólo hay dinero y tecnología para mantener las estructuras de poder que ya existen, no para crear otras. Queda implicito en lo que escribo, pero por si hubiere alguna duda, hay dinero para tecnología fósil, pero no para renovables; somos los más listos del mundo inventando formas de extracción de fuentes fósiles, pero no de captación del sol e invertimos ingentes cuantías en mega-infraestructuras energéticas transnacionales en vez de instalar pequeñas unidades de generación al lado de casa.

El creciente auge de los petróleos y gases no convencionales, de todo tipo y pelaje, sólo cambia dos hechos en relación al sistema anterior: a) la tecnología de extracción, y b) los territorios -productores- que encabezan esta extracción. El corolario de éstas es que: a) se mantiene intacta la estructura de la cadena -y de la industria- energética (al fin y al cabo, es un petróleo o gas que se “enchufa” a un fuelducto que le lleva a los mismos lugares de refino, producción, generación o comercialización que antes); b) se convierte la producción de energía -y por tanto el consumo- en algo todavía más exclusivo, si cabe, pues encarece y sofistica la extracción de crudo o gas; y, c) se cambia la geografía de los territorios productores; por ahora, en favor de los grandes de la OCDE y de las economías emergentes.

En definitiva, hemos entrado en una revolución energética que gasta lo mejor del talento humano e invierte dinero a espuertas en proyectos destinados a que el producir y el consumir energía sea igual que antes; a que se contamine, todavía más que antes; a que se refuercen las estructuras monopolísticas y a que se excluyan a los “pobrecitos” del Tercer Mundo del juego energético. Esto sólo cobra lógica recurriendo a conceptos tan poco científicos como las condiciones negativas del ser humano: la codicia, la maldad y el egocentrismo.

Prueben de impartir una clase explicando esto. Los alumnos -tampoco la gente de bien- no les creerán, pués dirán que no tiene sentido. Ellos son los que tienen razón. Nada esto tiene sentido, pues vivimos instalados en el absurdo y ocurre lo inexplicable.

Frente a esta triste realidad, un nutrido grupo de académicos e investigadores-no todos, ni mucho menos- ha optado por caer en el determinismo energético, el que la industria les ha transmitido como un mantra, el decir que si las nucleares no son posibles, la única alternativa viable -aunque no les guste- es lo que tenemos. Esto tampoco es ni una explicación ni una justificación razonada, pero como se adecua más al discurso dominante, al decirlo se creen infalibles. De hecho, si se dice con fuerza y convencimiento, la gente tiende a creérselo. Es normal, pues en una mente sana es más fácil aceptar que las cosas se hacen porque no queda más remedio, que admitir que se hacen por maldad. Pero, ante ello, y sinceramente, creo que si ni ellos ni nosotros tenemos argumentos “científicos” para justificar que una forma de producir energía es mejor que otra, lo más honesto sería decir que lo que ocurre ha dejado de tener sentido y que no lo podemos explicar. Cualquier otra cosa es un insulto a la inteligencia y, además, legitimará las actuaciones de la gran industria energética.