Carbón limpio: oxímoron energético

Les invito a que visiten las páginas del Clean Coal Centre de la Agencia Internacional de la Energía (IEA, en su acrónimo en inglés) o las páginas referidas a esta cuestión de la World Coal Association (WCA). En ambas encontrarán vídeos del tipo del que aquí les enlazo.

En este mundo energético en transición -como lo califiqué en mi anterior entrada- no puede ser casualidad que una de los principales asociaciones de la industria petrolera occidental, la IEA, y una de las principales asociaciones de la industria carbonífera, la WCA, lancen, a la vez, el mismo mensaje: hasta que no podamos tener un modelo energético basado en las renovables, la única solución es el carbón limpio. Así, para los integrantes del “mundo fósil”, el carbón limpio se presenta como la solución de tránsito –de transición- entre el petróleo y las renovables.

Las formas de obtener energía fósil limpia son diversas, pero todas tienen en común que: a) despojan de CO2 la producción de energía secundaria (combustible o electricidad), b) capturan el dióxido de carbono, y c) lo almacenan en depósitos subterráneos o submarinos. Para todo ello se requiere una sofisticada tecnología y unas considerables infraestructuras, que aúnen una central térmica, una planta química, una planta de alta tensión y un circuito de COductos que canalice y almacene el residuo.

Si todo esto se considera con una mirada crítica, se llega a la conclusión que el objetivo real, de lo que se engloba bajo en manto del clean coal, no es ser tránsito hacia otro modelo energético, sino preservar el actual, convirtiéndolo en aceptable para los ciudadanos del Siglo XXI. En mi opinión, las llamadas clean technologies, sólo son la forma de limpiar la imagen de la energía fósil, haciendo que “algo cambie, para que todo siga igual”.

¿En qué argumentos baso mi afirmación?

  1. Extraer el CO2 del petróleo y el carbón, como se puede intuir por el vídeo y las referencias que se presentan en esta entrada, es más costoso (al menos, a los conceptos de costes “habituales” de producir energía útil a partir de energía fósil, se le añaden otros dos el de la planta química y el del sistema de COductos y almacenamiento del residuo) que el modelo energético vigente. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurre con las renovables, este mayor coste no se presenta como un impedimento para su desarrollo e implementación. Es más, se pide su inmediata generalización.
  2. Invertir, ahora, en complejísimas instalaciones e infraestructuras de coste elevado, no se puede considerar una fórmula de transición, pues como ocurrió con las nucleares, se tardarán décadas en amortizarse y, cuando, finalmente ocurra, es muy fácil que, como acontece ahora, se argumente que “lo más barato” es alargar la vida útil de las centrales de carbón limpio. Es decir, que apostar por las clean coal technologies es postergar al menos para medio siglo el invertir en un modelo de fuentes renovables.
  3. Quién está presionando para que se presente como única alternativa “realista” un modelo basado en la energía fósil –limpia- es un grupo de interés compuesto por la industria energética Occidental de “toda la vida”, que, como es obvio, no tiene ningún interés en perder su posición dominante en el mundo. Este grupo es el de los grandes grupos carboníferos, como Rio Tinto –en veloz adaptación de sus estructuras, desde unas más propias del capitalismo manufacturero del Siglo XIX a las que se adaptan al capitalismo financiero-global del Siglo XXI- y el de los grandes conglomerados petrolíferos transnacionales que, después de su inmersión por el mundo del gas, están redefiniendo el “mundo fósil” de forma más amplia (petróleo, gas y carbón). La creación del Clean Coal Center en el seno de la institución, paradigma de los intereses de la industria petrolera occidental –la IEA-, o el hecho de que el Royal Bank of Scotland (propiedad en un 82% de un Gobierno –el Británico- que declara apoyar la energía limpia) haya financiado de forma preferente a grandes industrias del carbón, del petróleo y del gas (64 mil millones de Libras esterlinas) frente a la de las renovables (3 mil millones de Libras esterlinas), son indicios que la renovación de la industria energética fósil pasa por este tipo de “lavado” de imagen, que mantendrá intactas las estructuras del poder energético actual.
  4. Cualquier propuesta de crear energía fósil limpia, extrayendo CO2, se adapta a la perfección a la ideología económica dominante, que es la de la política ambiental-energética mainstream. La política que contabiliza la sostenibilidad del modelo en términos de emisiones de CO2, a los que se les asigna propietario, mercado y precio, y la que tiene como objetivo –como recordaba en mi entrada anterior- preservar el status quo del conglomerado petrocarbogasístico.

En el futuro haré nuevas aportaciones sobre lo que puede significar este resurgir del mundo fósil en pleno Siglo XXI, pero como aperitivo a ello, baste pensar, a partir de lo aquí escrito:

a)     que quién nos hace la propuesta son las grandes asociaciones representativas de la industria fósil internacional (IEA, WCA…);

b)    que frente a un modelo descentralizado de producción de energía, la única diferencia con el modelo energético actual, es la apuesta por complejas y tecnológicamente sofisticadas infraestructuras que separan y almacenan residuos, cuyos futuro y costes son difícilmente previsibles;

c)     que apostar por este tipo de tecnologías “limpias” es detraer recursos para otras opciones, no sólo limpias, sino, además, renovables y “locales”;

d)    que entre aquellos que apuestan por las clean coal technologies, como la gran panacea para combatir el cambio climático, se está gestando una extraña alianza que aúna lo más retrógrado y conservador de “cada casa”.

Ante todo ello, no se si tendremos que descartar de nuestro vocabulario la frase hecha de “más sucio que el carbón” o si lingüísticamente deberemos redefinir lo que es un oxímoron. Por mucho que nos empeñemos, el carbón no es limpio. Pero en una sociedad lingüísticamente tan sibilina como la nuestra, este es el término que emplearemos para justificar que el cambio de modelo energético tan sólo es adaptar la industria energética hegemónica decimonónica a los criterios del Siglo XXI. Hablar de carbón limpio es decir que la industria energética se ha vuelto políticamente correcta –limpia- y que sus estructuras se adaptan a esta nueva –y nefasta- fase del capitalismo. Si dudan de mis palabras, esperen a ver cómo proliferan las fusiones y adquisiciones en el sector del carbón, cómo evolucionan las incipientes plazas en las que se negocian sus contratos y los mercados de los derechos de emisiones de Co2…

Esquistos, transiciones energéticas y poder

A pocos días de la celebración de las elecciones legislativas en Argelia, llama la atención que la noticia más relevante sobre este país, sea la que esa semana publicaba Le Monde con el siguiente titular L’Algérie hésite entre le gaz de schiste et le soleil. La noticia en cuestión nos habla de las posibles inmensas reservas de gas de esquisto (gas no convencional) que se hallarían en el este y oeste argelino. Según informa el rotativo francés, unos 2.500 mil millones de metros cúbicos; casi tanto como las reservas recuperables de gas convencional (natural y licuado) que existen en Argelia.

¿Qué tiene de curioso esta noticia? Lo más curioso es que esta noticia coincide, prácticamente en el tiempo, con la que aparece en el The Guardian, titulada North Dakota: riding the oil rush. Sí, una fiebre del petróleo en pleno Siglo XXI que ha ocasionado que una pequeña localidad de 12.500 habitantes se transformara en un “moderno” campamento minero de casi 100.000 almas. Este remake de la “fiebre del oro”, acorde al signo de los tiempos, es tecnológico y va acompañado de una burbuja -o hipertrofia- financiera e inmobiliaria en la región. Más allá de ello, la noticia cuenta que esta calentura fósil se debe a la explotación de petróleo no convencional, que requiere una perforación horizontal o una fracturación hídrica de los esquistos (horizontal drilling or fracking) que es: a) tecnologicamente avanzada, b) medioambientalmente agresiva, c) hídricamente intesiva y d) económicamente costosa (es difícil encontrar una estimación fiable, pero oscilaría entre 13$/br. y 140$/br. En cualquier caso, unos costes mucho más elevados que los del petróleo o gas convencional)

En fin, que la cosa es curiosa, ya que indica que la burbuja que viene de América ha llegado a orillas del Mediterráneo. Y, en mi opinión, si ya es grave lo que con ello está ocurriendo en el otro lado del Atlántico -por cierto, dicho sea de paso, que las reservas “expropiadas” de Vaca Muerta en Argentina también son de este tipo-, más grave aun es que se piense, aunque fuere en broma, que la sed de gas y petróleo del mundo se puede saciar con la inexistente agua del desierto ¿Nos hemos vuelto locos?

La otra cara de la moneda de este tipo de noticias, son las que también ocupan los medios desde hace semanas. A modo de ejemplo, enlazo este artículo que indica el vivo debate que está teniendo lugar en los tres países -a mi modo de ver- políticamente más concernidos con lo que significaría un cambio de modelo energético: un Reino Unido que pierde su autonomía petrolera; un Japón traumatizado por el infortunio de Fukushima; y una Alemania desorientada entre una creciente “industria verde” y un sector del carbón que se cree renacer, después del parón nuclear decretado hace unos meses.

Ambos tipos de noticias, las que nos hablan de un resurgir de la industria fosil internacional -que, en muchos casos es Occidental- y las que nos cuentan multitud de propuestas de nuevas formas de producir y emplear la energía, son parte del mismo fenómeno. Es lo que el gran Armory Lovins, en una entrevista realizada por Yale Environment 360, reflejaba: Well, one system is dying and others are struggling to be born. It’s a very exciting time, but I think the transitions that we need in how we design vehicles, buildings, and factories, and how we allow efficiency to compete with supply, are well under way. Most of the key sectors are already at or past their tipping point

Aceptar que un sistema -un modelo energético- se está muriendo, permite entender algunas de los hechos más sorprendentes de la actualidad. El peregrino resurgir de los hidrocarburos -dominado por las empresas “occidentales”- y sus alianzas con la industria del carbón. Todo ello podría muy bien ser el canto del cisne de una industria extremadamente poderosa que se resiste a fenecer y que busca alianzas en “socios fósiles”; como, el sentir la proximidad de la muerte, explicaría también la agresividad de algunas campañas del lobby petrolero, especialmente el de Estados Unidos, que think-tanks articulados en torno a Americans for Prosperity, el brazo organizado del Tea Party, han iniciado una  belicosa campaña que ha llegado a comparar a los activistas verdes con terroristas “a lo Bin Laden”.

Muy bien pudiera ser que estas campañas, lubricadas por miles de millones que, por ejemplo, la familia Koch da gustosa para mantener su imperio fósil, sean sólo el signo de que el mundo energético está cambiando. Mi parte más optimista, así se lo cree; pero mi parte pesimista teme por todo lo que estos poderosos pueden llevarse por el camino. Como ya escribí en una entrada anterior -Propiedad privada, mercado y dogma- hay una creciente alianza entre “torquemadas” economistas, políticos y negacionistas del cambio climático que, apoyados por una caduca industria energética fósil, están iniciando una inquisición ambiental, sin otro argumento que el Dogma.

Hace un par de días, en clase, un alumno me preguntó si la única forma de cambiar de modelo energético era la guerra. Yo, le dije que no, pero, a veces, viendo el irredentismo energético que muestran algunos, me pregunto si a estos poderosos dogmáticos no les ocurrirá lo mismo que aquellos dioses que ya cayeron. El problema, como es bien sabido, es que cuando ello ocurrió, donde se desplomaron fue sobre nuestras cabezas.

Fugaz comentario sobre la expropiación en Bolivia

Cuenta Tito Livio que cuando los Sabinos, como respuesta al rapto de sus hijas por parte de los romanos, intentaron atacar la flamante Roma, el prepotente (el adjetivo es mio) Rómulo les espetó vana sine viribus iram esse (vana es la ira sin la fuerza). En resumen, los “pobres” sabinos tenían razón de quejarse de que sus vecinos con artimañas hubieran secuestrado a las, todavía “más pobres” sabinas, pero Rómulo ante ello antepone la fuerza de Roma: la de su razón, la de sus valores -las sabinas son afortunadas, pues han ido a parar al “buen” pueblo y si los romanos se comportan como deben, serán prósperas y felices-, la de su ejército y la de ser “el pueblo” mimado de los dioses. Esta metáfora funda buena parte de la soberbia imperante en las relaciones internacionales, pero no se puede actuar como Roma, cuando uno está en la situación de los Sabinos…

Escuché hace unos días al Ministro García Margallo en Radio Nacional. La entrevista me interesó bastante y, aunque no coincida en su idea de política exterior, como promoción de la marca “España”, su discurso me pareció cabal y coherente. A la luz de lo acaecido en Argentina, hace unos días, y en Bolivia, ayer, llevo toda la mañana pensando si no hemos pecado de soberbia en la proyección de “nuestra” marca.

En muchas de las opiniones y análisis que se han hecho desde España sobre lo ocurrido con RepsolYPF en Argentina, recordaba la frase de Rómulo, pues en ellas se trasluce que, a pesar de que los romanos -los españoles en Argentina- se han comportado como debían, las sabinas -los argentinos- no están contentas. Nunca sabremos si los romanos “se comportaron” con sus obligadas esposas, como tampoco acabaremos de dirimir nunca si Repsol se comportó con la consentida YPF, pero estoy segura que cada una de ellas cree en “su verdad”. Sin embargo, ante lo ocurrido, creo que en España deberíamos empezar a pensar, más que por qué no están contentos los argentinos -y, tal vez ahora, los bolivianos-, cómo es que ahora se atreven a manifestarlo, y antes no: ¿será que su ira ya tiene la fuerza? o ¿será que nosotros hemos perdido la nuestra?. Tal como veo el mundo, creo que ambas cosas ocurren a la vez: ellos son conscientes que existe un “mundo emergente” del que podrían formar parte, mientras nosotros somos la punta del iceberg de un mundo, el Occidental, sino en declive, en grave crisis económica y de valores.

Las reacciones, ante las sucesivas expropiaciones que el sector energético español acaba de padecer, dan una buena muestra de ello. En algún momento, ante lo ocurrido con RepsolYPF, tuve la sensación de estar viviendo aquellos años en los que las reivindicaciones sobre la españolidad de Gibraltar encendían nuestros ánimos -recuérdese qué tiempos eran aquellos. Hoy se nos dice que lo de Bolivia no es lo mismo. No es igual, pues no es lo mismo la generación que la distribución energética; no es lo mismo una buena parte del negocio de una empresa como Repsol, que el 1,5% del de Red Eléctrica Española; no es lo mismo los problemas internos de Bolivia que el populismo de la Presidenta Fernández, etc….

Está claro que no es lo mismo. Les doy la razón, pero hay un pequeño detalle que, yo como ciudadana española, quisiera que me explicaran: ¿por qué se monta un pandemonio  cuando se expropia una empresa energética privada, financiarizada -como ya dije en mi entrada anterior-, y cuya actividad en Argentina no afecta directamente a mi segurida energética? y ¿por qué no se monta lo mismo cuando se expropia una de las pocas empresas en las que todavía el Estado tiene, a través de la SEPI, participaciones? Es decir, los españoles consideramos que ¿es menos grave que se expropie lo que todavía es de todos los españoles, que lo que sólo es de unos pocos?. Aunque no podamos comparar el volumen de negocio, creo que el matiz es relevante.

Si queremos definir nuestra política exterior en términos de la “marca España”, no acompañándonos la fuerza de Rómulo, deberíamos pensar en qué queremos transmitir. En mi opinión, no están los tiempos para las soberbias. Un poco más de humildad y de fraternidad en “nuestra” marca sería más acorde a lo que somos -aunque no nos lo creamos-. Estoy segura de que si explicáramos que a los contribuyentes españoles que, día tras día se empobrecen, sí les viene de los beneficios que representan un 20% de un 1,5% del negocio de Red Eléctrica; el mundo que se siente emergente nos trataría con más cariño. Ya que no tenemos la fuerza, al menos razonemos la “justa” causa de nuestra ira. Entonces, tal vez, sin ser el pueblo mimado de los dioses, tendríamos opciones para ser el pueblo mimado por nuestros congéneres. Inter nos, son más simpáticos los pobres sabinos que el “chulo” de Rómulo….

Intentando entender la factura eléctrica (2)

Desde la anterior entrada de esta serie, no he averiguado mucho. Debe ser que no busco en los lugares adecuados. Para ser sincera, hoy, entiendo menos que hace unas semanas, pues cuando ya creo que lo comprendo, me asaltan nuevas preguntas para las que no tengo respuesta.

Según leo en la página del Ministerio de Industria Energía y Turismo, el 1 de julio de 2009 entró en vigor un nuevo sistema de tarifas eléctricas en las que coexisten las del mercado libre -el precio negociado directamente en el mercado mayorista- y la Tarifa de Último Recurso (TUR) a la que optan todos aquellos que tengan contratada una potencia inferior a 10KW. Es decir, la mayoría de consumidores domésticos.

Explica, esta misma página, que la TUR es una especie de tarifa de transición que se establece para garantizar que los pequeños consumidores no padezcamos los efectos adversos de la liberalización del mercado eléctrico. Es una tarifa que se puede actualizar trimestralmente, aunque se suela hacer semestralmente, y debería incluir, tal como apuntaba en la anterior entrada de esta serie, el coste de la electricidad, el margen de benefico y “el cajón de sastre” llamado tarifa de acceso.

En esta misma página del Ministerio se explican las grandes líneas de la liberalización eléctrica en España. El caso español es un híbrido entre dos modelos de “mercado” eléctrico: el totalmente liberalizado, en el que no hay tarifas reguladas, como sería el del Reino Unido y el de tarifa -regulada- aditiva, en el que el consumidor final paga por una tarifa que se calcula sumando todas las fases del proceso de generación, transporte y distribución -comercialización- eléctrica. En España, no somos ni lo uno, ni lo otro. Tenemos una parte del proceso liberada y otra regulada: mientras que la generación y la comercialización final están liberalizadas, el transporte y la distribución están reguladas.

De lo que voy entendiendo este esquema híbrido es el que explica tres cosas del funcionamiento de nuestro sistema eléctrico que son, al menos, curiosas.

1) La primera es que en este esquema de liberalización, de forma alambicada, un pequeño consumidor que se acoge a la TUR, tiene dos opciones:

a) contratar la luz a una comercializadora, supuestamente liberalizada, pero que por cumplir una “función social” sólo puede ser una de las cinco siguientes: Endesa energía XXI, S.L., Iberdrola Comercialización de Último Recurso, S.A.U., Unión Fenosa Metra, S.L., Hidrocantábrico Energía Último Recurso S.A.U., E.ON Comercializadora de Último Recurso, S.L.  Ello, sin perjuicio que empresas similares de Endesa, Iberdrola, etc… operen también como “comercializadoras en el mercado libre”.

b) contratar la luz a una “comercializadora del mercado libre” con la que pacte la TUR. Sin embargo si esta comercializadora no es una de las grandes, su supervivencia en el “mercado” no es fácil. En primer lugar porque si es una pequeña comercializadora, como, por ejemplo la prometedora Som Energía, tendrá que negociar unas condiciones -por ejemplo la obligación a adquirir un volumen mínimo de electricidad, lo puedan comercializar, o no- poco favorables en el mercado -de generación- mayorista, gobernado por las grandes empresas del sector; y, en segundo lugar, porque quien nos seguirá leyendo el contador y deberá pasar nuestros datos a la comercializadora, u ocupándose de nuestras averías, serán las empresas distribuidoras, que operan en el segmento regulado. Así, por ejemplo, en mi caso, aunque contrate la electricidad con Som energía, será la distribuidora de Endesa quien siga leyendo mi contador, pasando esta lectura a “mi” comercializadora y atendiendo las averías que se produzcan en mi instalación. Huelga decir las disfunciones que puede acabar acarreando esta situación. Máxime, si se tiene en cuenta que la relación es entre un monopolio -artificialmente- troceado y una pequeña cooperativa y consumidora.

Es cierto que este mismo consumidor podría no acogerse a la TUR, pero me parece que con lo complicado que ya es de esta forma, cualquier otra opción tarifaria sería más compleja. Además, desde mi punto de vista, como ciudadanos no deberíamos pasar horas y horas de nuestra vida para contratar y gestionar un servicio que es básico y fundamental.

2) Que el tan nombrado déficit de tarifa que los españoles estamos pagando se debe al desajuste que se da en un sistema de generación y suministro eléctrico en el que la fase de generación y comercialización final de electricidad están liberados y negocian los precios y, en el que la fases de transporte y distribución están reguladas y a las que administrativamente se le computan unos determinados costes -creo que los que pagamos en la tarifa de acceso. Sistema que, además, “institucionaliza” el déficit al ajustar, al final del periodo, la diferencia entre el coste real (del que entiendo debería ser la base de la negociación en el mercado libre y que fijan las eléctricas) y el fundado en las previsiones de coste de las tarifas de acceso que fija el Gobierno.

Previsiones déficit de tarifa 2010

Fuente: Energía y Sociedad a partir de datos del MITYC

En este aspecto, aunque entiendo, como bien explica la página de energía y sociedad que el déficit de tarifas es la diferencia entre el monto total recaudado por las tarifas de acceso a las redes (tarifas reguladas que fija la Administración y pagan los consumidores por sus suministros) y los costes reales asociados a dichas tarifas (costes de transportar, distribuir, subvencionar determinadas energías y otras actividades y servicios que según el Ordenamiento Jurídico están incluidos en las tarifas, etc.), no consigo entender qué hay exactamente en cada uno de estos conceptos ni por qué las cifras son sistemáticamente distintas ni por qué existiendo este déficit -salvo por una cuestión de creatividad contable-, las eléctricas siguen sin ver mermados sus beneficios y repartiendo dividendos.

3) Que la consideración de lo que es un monopolio en el sistema eléctrico español -aunque en este caso coincida con el resto de Europa- es más que discutible. Pues la forma que ha tenido el regulador de liberalizar y crear un mercado eléctrico es trocear en cuatro trozos lo que podría hacer una empresa -generar electricidad, gestionar la red, transportar la electricidad hasta nuestros domicilios o empresas y, por último comercializarla. Así, está prohibido que la misma empresa que genera electricidad pueda tener sus propios clientes, pero no lo está que existan cinco -si le añadimos la de último recurso- endesas o iberdrolas por citar algunas, distintas. Ello da la paradoja de que en, en España, en aras al libre mercado y la competencia, un pequeño productor hidroeléctrico, solar o eólico que pudiera comercializar su electricidad a sus vecinos o socios, de facto, es considerado un monopolio y, por ello, está prohibido; mientras se considera que cinco grandes empresas -sin lugar a  dudas monopolios-, con nombre similar y surgidas del mismo lugar, contribuyen a mejorar la competencia. Sobre este último aspecto, creo que para cualquier economista como yo, ha de sobrar cualquier comentario.

Repsol perdió una ficha en el casino petrolero global

La realidad se impone sobre los pensamientos. Nunca quise escribir sobre Repsol en este blog, como reconozco que no pensé que la anunciada nacionalización de YPF, en Argentina, fuera a producirse. Tanto es así, que sólo hace un par de días, de forma sesuda, lo argumenté frente a mis alumnos, a quienes mañana deberé dar explicaciones; ayer por la noche, cuando ya se había producido el anuncio en Argentina, socarronamente mandé un sms a algunos de mis amigos, diciendo que sólo se trataba de una partida de poker. Esta mañana, cuando me han despertado las radios pidiéndome opinión, me he quedado sin saber qué decir. Ahora, después de varias horas de reflexión, de recordar lo que ocurrió en la década de los 1990 con la adquisición de YPF y de la lectura del artículo YPF-Repsol y la guerra de los tahúres en el resumen semanal de Sin Permiso, empiezo a tener las ideas más claras.

Lo que hasta hoy se ha conocido como RepsolYPF es el resultado de la adquisición de YPF por parte de Repsol a finales de la década de 1990, Con esta adquisición la española Repsol pasó a ser una empresa energética verticalmente integrada -con actividad desde la extracción en yacimientos hasta la comercialización final- y pasó a ser considerada un “gigante energético”. Es claro que hay gigantes y gigantes, y RepsolYPF, aunque apareciera en la parte alta de las clasificaciones mundiales, nunca llegó a formar parte del selecto grupo de las “supermajors” privadas (ExxonMobil, ChevronTexaco, BPAmoco, Royal Dutch Shell y TotalFinaElf). Sin embargo, con ese hidalguismo propio de los españoles, nos creímos que nosotros también teníamos a nuestro campeón nacional: una compañía suficientemente fuerte como para asegurar las prioridades de la política energética española.

Parte de lo que hoy ocurre se debe a esa presunción, Repsol -y me consta, muy a pesar de algunos de sus empleados- hace tiempo que dejó de hacer política energética. De hecho, si la hubiera hecho, tal vez no hubiera adquirido YPF. Si se mira al accionariado de RepsolYPF se descubre que, salvo por PEMEX -y se debería relativizar-, sus principales accionistas son entidades y fondos financieros, amén de la inmobiliaria Sacyr -que, dicho sea de paso, entró después de una rocambolesca operación para salvaguardar “la españolidad” de Repsol. En ambos casos, por definición misma de su actividad principal, el objetivo de este tipo de propietarios es obtener la máxima rentabilidad en el plazo más corto posible de tiempo, pues eso es lo que reclaman sus gestores o accionistas. Ello es incompatible con el tipo de inversión y estrategia que requiere una empresa petrolera y, todavía menos, con la que requeriría una, como RepsolYPF, que debería ser la “punta de lanza” de la política energética -al menos en el ámbito de los combustibles- de España. En el caso de Repsol, esa necesidad de “los banqueros” de obtener beneficios inmediatos es la que propició la compra de YPF, como es la que impidió que se renegociaran -pausadamente- acuerdos como los que se perdieron en Argelia.

Desde una óptica financiera, YPF era un “bombón”, un saldo en plena despatrimonialización de la Argentina de los 1990. Unos activos que se podían separar, desguazar y vender a cachos, para obtener un beneficio inmediato, al mismo tiempo que Repsol se quedaba con los yacimientos, ya operativos, de YPF. A finales de los 1990 el precio del barril llegó a estar entre 15 y 20$ el barril. Desde entonces, este mismo se ha más que quintuplicado. Es decir, incluso teniendo en cuenta la inflación, unos pingües beneficios para los accionistas de RepsolYPF. En 2010, el principal renglón de beneficios de las actividades del grupo RepsolYPF, ha sido YPF. A pesar de ello, como hoy mismo declara la propia petrolera, la “ilícita expropiación de YPF no afecta la capacidad de crecimiento de Repsol fuera Argentina“. Si se matiza qué tipo de actividades, tiendo a pensar que ello es verdad. En la actividad energética de esta empresa, los yacimientos y el mercado argentino, no son lo más importante. Sin embargo, en la faceta financiera, Repsol pierde “su ficha del casino global”. Pierde aquella parte del negocio que más fácilmente se podía financiarizar; pierde aquella parte en la que bastaba que subiera el precio del crudo, para que sus accionistas se llenaran los bolsillos. Esta es la razón por la que Repsol se está desplomando en bolsa.

Esta es la gran paradoja a la que se enfrentan aquellas compañías energéticas, cuyos accionistas están más interesados en el máximo beneficio a corto plazo, en vez de en la producción de energía, pues en la cadena energética no hay nada con tanto potencial de beneficio inmediato como la venta de crudo de un yacimiento operativo. Basta un anuncio de inestabilidad en Oriente Medio -por poner un fácil ejemplo- para que los beneficios y los dividendos se multipliquen. Pero, claro está, de vez en cuando se ha de invertir en nuevos yacimientos o actividades. Tener que reinvertir esos beneficios, representa menores dividendos, y en el voraz mundo financiarizado de hoy en día, esta cuestión es anatema.

Podría ser que esa fuera la trampa en la que Repsol ha caído en Argentina. Ante la perspectiva de las nuevas actividades en Vaca Muerta, que según la consultora Ryder Scott triplicarían la reservas probadas de Argentina, puede que algún avaricioso accionista de RepsolYPF no haya querido hacer el esfuerzo de entrar en un negocio incierto -como todos los del sector-, pero que de dar sus frutos, al menos tardaría ocho años. Síntomaticamente, mi inefable Ministro de Industria, hoy, en Radio Nacional ha declarado que la expropiación de YPF era contraria a los intereses de los españoles, pues afectaría a todos los pequeños accionistas. Se que es verdad, pero ustedes me perdonarán, es la primera vez que escucho que un ministro de industria se preocupa más de los accionistas que de la industria energética española. Supongo que es el signo de los tiempos, pero como nuestro ministro no vigile, Repsol va acabar en manos de un gigante energético mayor.

Nada de lo que acabo de decir justifica la actuación de Cristina Kirchner, pues ella, junto a su marido fueron algunos de los principales avaladores de la operación Repsol-YPF, como también forzaron la entrada de socios “financieros” argentinos como la Familia Eskenazy. En mi opinión, esta expropiación-nacionalización se ha hecho de forma populista, pero no hay que negarle el mérito de haber sacado a la luz dos cuestiones que, cada vez más acompañan las nuevas relaciones geo-energéticas: a) el derecho de los consumidores de los territorios ricos en hidrocarburos a no ser excluídos del suministro energético final, b) el surgimiento de un nuevo tipo de empresa energética internacional -de las economías emergentes- cuyas relaciones con los gobiernos de los países productores son distintas de las “occidentales”. Estoy segura que si la explotación de Vaca Muerta sigue adelante, YPF buscará nuevos socios, pero tal vez lo que esté buscando es una alianza en la que se sienta más cómodo, aunque, en ella, se hablen distintos idiomas. Veremos.

¿Por qué en tiempos de crisis se abandona el ecologismo?

Uno de los titulares de portada de Le Monde del 8 de abril de 2012 es que la ecología está siendo la gran ausente de la campaña presidencial francesa. Encabezando la noticia se puede leer, desde 2009, la ecología es una preocupación menor de los franceses, y que una encuesta realizada por el IFOP muestra que sólo el 27% de nuestros vecinos lo consideran una cuestión prioritaria. Es cierto que el debate energético-ambiental en Francia está muy condicionado por su condición de potencia nuclear, pero tiendo a pensar que si hiciéramos esta misma pregunta en España, el resultado sería similar. Sino fuera así, ninguno de nuestros gobernantes se atrevería -y perdónenme si insisto, pero lo encuentro muy grave- a “vender” como solución de futuro un proyecto como el de Eurovegas que, entre otras cosas, de realizarse en Cataluña, implicaría acabar con lo poco que nos queda de Delta del Llobregat y con la actividad económica -agricola- de proximidad que todavía nos queda en Barcelona.

Aunque habría muchos contenidos posibles al término “ecologismo”, creo tal como se emplea en ese artículo de Le Monde, se refiere a política energética con contenido “verde”. Cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que el problema es que muchos de los movimientos ecologistas  se equivocaron en querer que se incluyera esa parte de contenido “verde”. En muchos casos se argumenta que un modelo de crecimiento basado en una industrialización y un consumo masivos es insostenible, por no ser respetuoso ni con el medio ambiente ni con el planeta. Dicho de otro modo, y caricaturizando, parecería que lo malo es que para producir acero y usar coches se requiera de energía “sucia”, pero que si la energía fuera limpia, el modelo sería sostenible. Hoy en día, estamos en la fase en la que ya podríamos tener coches considerados limpios (el eléctrico o el de hidrógeno), que tenemos electricidad verde del sol, el aire y el agua -en España, en 2010 un 34%-, etc…, pero las cosas de fondo no han cambiado; porque en la misma razón del éxito del discurso ecológico, está la facilidad de la huída del mismo en tiempos de crisis.

Buena parte del discurso ecológico mainstream plantea la opción verde como algo desideologizado, transversal e independiente de las relaciones de poder que se derivan de la industria energética. En este discurso, aunque sé que mucha gente no estará de acuerdo conmigo, se unen dos planteamientos “verdes” distintos.

El primero más en la línea de lo políticamente correcto que ve la cuestión del cambio de modelo energético como algo bueno y posible, pero muy caro. Siguiendo con mi caricaturización anterior, es pensar que el coche eléctrico es algo posible, pero: a) el de gasolina es más barato, b) en un momento de crisis apostar por el coche eléctrico, sería destruir las pocas industrias -y puestos de trabajo- que nos quedan. Por ello, la política energética “sabia”, ante la disyuntiva, es apostar por los -pocos- motores de crecimiento que todavía tenemos, antes que apostar por tener el mismo coche que antes, pero respetuoso con el medio-ambiente. Es plantear la política energética en términos de trade-off entre crecimiento y medio ambiente.

La segunda línea, aunque es similar a la anterior, es más catastrofista. Va en la misma línea discursiva del decir que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Es decir que el elevado nivel de crecimiento que la Sociedad Occidental ha tenido desde Yalta sólo ha sido posible gracias al extremo poder -y uso- energético del petróleo -y el uranio-, pero: a) la elevada contaminación ambiental del petróleo lo convierte en insostenible, b) el petróleo se acaba y no podremos seguir contando con él, c) en el mundo global, con la emergencia de grandes consumidores como China o India, esta opción es inviable. De aquí salen tres discursos: a) el más alternativo individual, tipo “nos hemos de ir a vivir al campo, con nada, como hacían nuestros abuelos”-aunque éste podría confluyendo con la del nuevo tipo de falsos libertarios de los que hablaba en la entrada “propiedad privada, mercado y dogma”-, b) el que abarca el espectro político central de la economía del decrecimiento, no como opción individual, sino pragmática ante la “fatalidad” de que no volveremos a tener nada parecido al petróleo, hemos de aprender a vivir usando menos. Es decir, pasados los “felices años” del petróleo, seguiremos igual, pero usando menos y mejorando la eficiencia energética, y c) el que algunos ámbitos empiezan a denominar ecofascismo (aunque todavía tengo que pensar mucho en este término), es decir una forma de ecocracia autoritaria como única forma de gestionar la creciente presión -demográfica- sobre unos recursos escasos.

Habría mucho que decir de todo ello, pero entiendo que si el discurso ecológico mainstream se mueve entre estos dos grupos de opciones ningún candidato, ni de Francia, ni de ningún país Occidental esté dispuesto a hablar de ecología. Habría mucho que decir de todo ello, pero en esta entrada lo que me interesa resaltar, es que, hoy, en plena crisis, ningún candidato a la presidencia de ningún país asumirá ningún objetivo energético medioambiental si éstos se plantean en términos de “se puede hacer los mismo de forma límpia o sucia”, pero es más caro -y destruye empleo- hacerlo de la primera forma. Como tampoco ningún candidato hablará de economía del decrecimiento, en plena recesión, pues sería un suicidio.

De las otras dos opciones posibles, una se excluye por si misma, ya que representa a los que “se apean”, a los que no se sienten, de partida, representados por ningún candidato y, por tanto, no acudirán a las urnas. La del ecofascismo, tal vez, en el caso de Francia, lo asumiera Marine Le Pen, vinculando emigración a exceso de consumo energético, pero, por definición, esos son los discursos que nunca se hacen de forma abierta.

Desde este punto de vista es lógico entender porqué ningún candidato a Presidente de la República francesa tenga propuestas “verdes”, casi ni la candidata ecologista, Eva Jolie, que, significativamente, desde que la crisis se manifestó en toda su crudeza, ha ido perdiendo posición tras posición en la escalada hacia la presidencia. La razón es porqué lo “verde” no se plantea como una alternativa al modelo que ya tenemos, como una opción económica de futuro. Ello no es culpa ni de los candidatos ni de 73% de los franceses que no lo ven como una opción prioritaria. Es culpa de buena parte de los 27% que sí que lo ven, incluyendo a la candidata Eva Jolie, que se han quedado en un discurso desidelogizado y aséptico sobre lo que significaría un cambio de modelo energético.

Lo lamento, pero voy a volver a Hermann Scheer. Él nos dice que el verdadero problema, para que se produzca un cambio de modelo energético es que el despliegue global tecnológico, infraestructural, organizativo, financiero, e incluso político, no es compatible con los requerimientos de las energías renovables. Desde este punto de vista, el reto de cambiar de modelo energético no es ni de disponibilidad de fuentes ni de costes, ni de tecnologías existentes. El problema de cambio de modelo energético es un problema de cambio de estructuras de poder. Éstas son las que hoy -y en Francia claramente el lobby nuclear- impiden que los ecologistas elaboremos discursos en los que se vea este cambio de modelo energético como una inversión de futuro, como las que ya he ido apuntando en mis sucesivas entradas a este blog.

En la situación de crisis actual, creo que la obligación moral de los ecologistas es mostrar que su vía, porque representa un cambio en las estructuras de poder actuales, es la opción válida para salir de la crisis. Si se sigue en la línea pactista de introducir un “toque de verde” en lo que ya hay, veo un negro futuro. Pues en tiempos de crisis, como sólo se ve como un “embellecedor” o como un freno al creimiento, el verde desaparece, porque sólo se ve, como eso, como un color que representa la esperanza, pero no la salvación de la realeconomik.

Si hablo de Francia, permítanme decirles que la situación actual me recuerda a la de la descolonización de Argelia. La visión de la época -incluso del Partido Comunista Francés, hasta avanzada la Guerra de Liberación (1954-1962). Candidato de cuyo partido, hoy, en Francia, también apoya la energía nuclear- era contraria a la independencia de Argelia. Hay un pequeño clip -muy mono- de los informativos franceses de la época que nos cuenta todas las desgracias que los franceses padecerían si perdían Argelia. Hoy, sabemos que ese discurso era el mantra del lobby colonial, pues soltar el “lastre” económico de Argelia, fue la mejor inversión económica de la Francia contemporánea. Estamos en las mismas, si Francia perdiera sus nucleares….

Intentando entender la factura eléctrica (1)

Visto que uno de los objetivos de este blog -ambicioso, lo sé- es acabar con la base del poder de los monopolios eléctricos, a la luz de las informaciones aparecidas esta semana sobre una nueva subida en la factura de la luz, he decidido iniciar una nueva línea de debate, cuyo principal propósito es el análisis de qué pagamos en nuestro recibo de la luz.

Me gustaría que la línea “intentando entender la factura eléctrica” fuera realmente interactiva y que en ella participaran todos aquellos y aquellas con información y opinión formada sobre esta cuestión. Por mi parte, me la estoy formando, así que iré volcando en las entradas sucesivas lo que creo ir aprendiendo que, por estar en abierto en la red, está sujeto a revisión y contrastación.

Lo que intuyo al iniciar este debate es:

a) lo que pagamos en nuestra factura va mucho más allá del “justo” pago por un suministro, por el contrario, estamos financiando el mantenimiento del sistema -de poder monopolístico- eléctrico actual

b) la factura no es transparente, pues si lo fuera, los consumidores tendríamos argumentos para optar por un sistema distinto de producción y suministro. En una sociedad democrática -y de mercado- la base de la soberania del consumidor es saber a quién paga y por que conceptos. Sino, no hay elección posible y, por tanto, no hay posibilidad de “forzar” un cambio.

Hoy, después de varias horas de búsqueda, he aprendido tres cosas.

1) De lo que pagamos en la factura de la luz, aproximadamente la mitad son costes del suministro energético y el resto tiene que ver con un “cajón de sastre” que se denomina tarifa de acceso.

Fuente: http://www.energiaysociedad.es

Si me fío de la calculadora de consumo de UNESA, la Asociación Española de la Industria Eléctrica, como promedio, si pagara 100 euros en mi factura de electricidad, el coste de la energía sería del 24,4%, el transporte de la energía desde la planta generadora a la red distribuidora del 4,8% y el coste de distribución hasta los consumidores el 15,7%. Por ello, entiendo que las tres primeras partidas del gráfico (coste+margen, transporte y distribución), representan en torno a un 45% de la factura se corresponde con el proceso de generación, distribución y comercialización de la electricidad. El resto, ya es más difícil de explicar. Empezando por la parte baja del gráfico.

  • Entiendo que los “otros costes” incluyen el extracoste de Baleares, Canarias y Ceuta y Melilla, la moratoria nuclear y otros costes asociados a esta energía y algunos -no todos- de los que se atribuyen a la gestión de la demanda. Esto puede representar entre un 7,4% de la factura (calculadora unesa) y un 11,5% (estimado a partir del coste total presentado en la previsión de costes de 2010 del Minsiterio de Industria, Turismo y Comercio).
  • Las “primas al régimen especial”, parte de las cuales son las primas a las renovables, representan en torno un 19,9% y casi un 30% del total (mismas fuentes que lo anterior).
  • Los “déficits de años anteriores” incluyen el famoso déficit de tarifa, que representa la diferencia entre la tarifa que fija el gobierno y el coste “real” de la electricidad, y que sistemáticamente resulta en un debe a las eléctricas -entre un 8,5% y un 10% de la factura.
  • Por último, las dos columnas que faltan incluyen, lo que pagamos a la Comisión Nacional de Energía (CNE) para que cumpla su función de intermediario en el complejo proceso que va desde que se paga la factura de la electricidad hasta el déficit eléctrico final. Además, de otros gastos, que incluyen también los de gestión comercial, no incluidos en “otros costes”.

A todo ello le hemos de añadir lo que los contribuyentes pagamos en impuestos eléctricos, 18% de IVA y 5,113% de impuesto específico de la electricidad, que según UNESA nos da un pago neto de 19,4%.

2) El famoso “déficit de tarifa”, que debería ser coyuntural, iba camino de convertirse en estructural, pues hay un desajuste entre lo que se considera que debería ser el coste de la electricidad (la tarifa) para el consumidores y lo que las eléctricas acaban, finalmente, facturando por este concepto. El Real Decreto Ley 6/2009 prevé el fin de este déficit para el año 2013, pero el déficit histórico ya se ha titulizado. El Real Decreto Ley 437/2010 culmina un proceso que se inició en 2003 y que ha permitido que se cree un mercado de títulos de déficit eléctrico. Es decir, que se produzca, según entiendo yo, la financiarización del déficit eléctrico.

3) Es extremadamente complejo entender-y creo que todavía estoy lejos de ello- la factura eléctrica para alguien, como yo, de inteligencia media y con estudios superiores vinculados con el ámbito de la economía. Sobre esto último creo que cualquier persona debería poder entender aquello por lo que paga, al menos en una sociedad que justifica sus políticas en aras a una supuesta soberanía del consumidor. Me he quedado de “una pieza” leyendo en las páginas de la OCU que “A diferencia de otros sectores como el de telecomunicaciones, los contratos de electricidad no se someten a ningún tipo de control o supervisión. De hecho, ni siquiera suelen estar disponibles en la página web de estas compañías para su revisión (…) Igualmente, las compañías comercializadoras no están obligadas a publicar o informar de las tarifas que aplican a sus clientes”

Hoy, en esta primera aproximación a la factura eléctrica, lo que entiendo es raro, raro….Entiendo que como ciudadana -consumidora-, pago por cosas que no se lo que son, por un déficit que no he generado y que quien me factura no tiene obligación de explicarme qué tarifa se me aplica. La broma es fácil lo se, pero intuyo que lo mismo le debió pasar Ministro Soria cuando se pensó que las primas a las renovables se pagaban con los Presupuestos Generales del Estado. Hoy, por una vez, le entiendo, al pobre…